El voluntariado, una acción social donde convergen amor y empatía

- 27 de marzo de 2017 - 00:00
Es posible entender por voluntariado la acción social empática, comprometida, sensibilizada, participativa y solidaria.
cortesía del MIES

La solidaridad con el prójimo fue de corte paternalista primero y luego se institucionalizó como beneficencia. En lo ambiental no se refleja ese apoyo.

En los medios económicos y empresariales es común hablar de productividad como la búsqueda del mayor rendimiento realizando el menor esfuerzo. Cuando los mercados se vuelven más exigentes, la racionalidad económica lleva a obtener el máximo de rentabilidad mediante el uso más eficiente del capital y el trabajo, solo para producir valor. Eventualmente, los sujetos económicos se obligan a competir, lo que a corto plazo condiciona comportamientos agresivos.   

Si preguntáramos a los mismos sujetos si saben cómo aumentar la “productividad de la solidaridad”, probablemente la respuesta sea negativa. Vivimos aferrados a ese tipo de egoísmo que se orienta únicamente a satisfacer el propio interés. Una pulsión que nutre la ambición, la envidia, la desconfianza, la irritación y todos esos fervores que nos atan a las cosas materiales.

No es fácil nutrir las cualidades del altruismo, la benevolencia, el cuidado, la bondad, la gratitud; se erosionan los ambientes afectivos y amorosos que sustentan la empatía y la felicidad. Hay que aprender a aumentar “la productividad de la solidaridad”, esto es, enriquecer a la sociedad con valores y virtudes.

Una expresión fundamental de la solidaridad es la práctica del voluntariado. La acción social voluntaria nos viene acompañando desde antaño. Tanto el cristianismo como el Islam, por ejemplo, “consideraban que ayudar a los demás era un medio para alcanzar la vida eterna”. Dando de beber al sediento, de comer al hambriento, o visitando a los enfermos, se servía al prójimo y se abría el camino a la salvación.

Desde un principio, el voluntariado fue explicado desde la comprensión de la situación infortunada en la que viven las otras personas, las comunidades.

Por mucho tiempo, las desgracias que afectaban al prójimo fueron causa de procederes caritativos. Esta actuación estableció acciones voluntarias de corte paternalista, que tomaron influencia social cuando los grupos en posiciones de poder institucionalizaron la beneficencia.

Por otra parte, ha sido escasa la acción voluntaria dirigida a restaurar los daños provocados en el ambiente natural.

Esa noción tradicional paternalista de la acción voluntaria, reducida a caridad y filantropía por parte de los ricos, se ha vuelto inadecuada para lidiar con las incertidumbres propias de esta época.

El terremoto de Manabí ejemplifica con claridad este argumento. Tampoco sirven las relaciones voluntarias subsumidas por el clientelismo, desde la fórmula egoísta de “dar bienes para recibir lealtades”. Tampoco crean dignidad las relaciones de voluntariado guiadas por los recetarios del mercado; se abandonan los derechos humanos y los de la naturaleza.

El liberalismo siempre ha propuesto un “altruismo” voluntarista -una “solidaridad mercantilizada”- inducida por los poderes públicos.

Alguien dijo que “todas las cosas bajo el sol florecen cuando prevalece la armonía”. La interacción armoniosa define al vínculo que posibilita encontrar los adecuados equilibrios para lidiar con las diferentes situaciones de carencia, exclusión o vulneración, y así conquistar felicidad, paz y salud.

La falta de armonía en la vida es normal; nos permite emanciparnos tomando consciencia de uno mismo. Pero cuando el desequilibrio físico, social, moral o ambiental viene de improviso, o se mantiene creando impotencia y afectando los derechos humanos o del ambiente natural, se demandan actitudes empáticas, prácticas altruistas y acciones solidarias.

Ese compromiso voluntario que ofrece capacidades, servicios, recursos, tiempo de cuidado, etc., es dignamente reconocido por el espíritu del sujeto afectado en sus derechos, y que recibe estos beneficios.  

La incertidumbre que permea los tiempos actuales exige fundar una nueva cultura de voluntariado, que implique maximizar las relaciones cotidianas de cuidado y solidaridad.

Se requiere una acción voluntaria que posibilite la proximidad y reciprocidad; el aprendizaje conjunto entre quienes ofrecen su esfuerzo responsable y quienes reciben la tarea que restaura armonías.

El voluntariado es una realidad heterogénea y cambiante, en el tiempo y el espacio. Es recomendable crear arreglos público-privados que operen de forma complementaria, en constante ajuste; que incluya conversaciones interculturales, diálogo de saberes, asistencias virtuales, información oportuna, capacitación constante e inteligencia en la toma de decisiones, pero también el cultivo de valores éticos dirigidos a cambiar las actitudes indiferentes, los egoísmos polarizados.

Hay que redefinir al voluntariado ampliando y multiplicando las relaciones de empatía y solidaridad en todos los rincones de la sociedad. Es posible entender por voluntariado la acción social empática, comprometida, sensibilizada, participativa y solidaria respecto a la situación de vulnerabilidad social o ambiental, privación o falta de derechos de ciudadanos y ciudadanas existentes en la comunidad, el territorio, el país, el mundo.

Se debe incluir el ambiente natural en el voluntariado, que también se lo expresa de manera altruista, gratuita y libremente, asumido por parte de personas, grupos o instituciones que dedican parte de su tiempo a acciones sociales, buenas prácticas de desarrollo sustentable o de Buen Vivir, buscando conquistar o restaurar las armonías sociales y subjetivas. (O)  

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