"Enfrenté al monstruo del Dakar y lo vencí"

- 20 de enero de 2017 - 00:00
El piloto Sebastián Guayasamín junto con algunos de los trofeos y medallas que ha conseguido en su carrera.
Foto: Álvaro Pérez / El Telégrafo

El piloto Sebastián Guayasamín cuenta el testimonio de su participación en el rally más importante del mundo.

“La sensación de llegar a la meta del Dakar fue indescriptible. Venía con un cansancio acumulado, que todavía no se me pasa. Son 15 días de maltrato y estrés. Todos los días se sufre, pero a la vez llegas y te percatas de que cosechas el objetivo.

Llegué y me sorprendió mi esposa, que había viajado desde Ecuador para estar ahí. A partir de ese instante empiezan a llover los mensajes de cariño, los abrazos, el champán.

Estaba emocionado, cansado, feliz. Empecé a pensar qué voy a hacer de aquí en adelante. Existen sentimientos encontrados, pero el matiz que tiene todo es lindo. Ver la bandera de Ecuador en el rally más exigente del mundo es una felicidad que no te la quita nadie.

Son cinco años desde la primera vez que fui a correr a Argentina profesionalmente, desde entonces he aprendido muchas lecciones. Ser el primer piloto de un país en el Dakar es duro, porque no tienes con quién conversar ni a quién preguntar cómo hacer las cosas.

En el automovilismo hay mucho celo. Existe información, pero quieren cobrarte por ella; no es que como amigo te dan un consejo. Básicamente hemos tropezado, nos hemos levantado, volvimos a tropezar y nos levantamos de nuevo. Con toda la fuerza hemos encarado el 2017 con todo el conocimiento y ahí está el resultado.

Formé un equipo para participar en 2013 y luego en 2014. No nos fue muy bien y debimos hacer unos ajustes importantes al equipo. Sabíamos que había tres áreas que debíamos mejorar: tener un vehículo más preparado, contar con una asistencia más comprometida y un copiloto con más experiencia.

Trabajamos en esas áreas y los resultados fueron inmediatos. En 2014 salí campeón en el certamen argentino; era la primera vez que un extranjero lo ganaba. Fue algo importante, pero el objetivo no era ganarlo, la cosa era estar en el Dakar.

Con eso en mente corrí en 2015. Tuvimos inconvenientes con el vehículo, porque no estaba planificado correr en él, construimos uno nuevo que -por problemas logísticos- nos lo entregan después del Dakar.

Ese periplo nos pasó factura y aprendimos que realmente el auto era la pieza del rompecabezas que nos faltaba. Vinimos desarrollando el auto desde 2015 y al Dakar no puedes ir a correr con un riesgo tan alto, con la plata que cuesta. No estuvimos en 2016 y encaramos 2017 con el acelerador a fondo, sabiendo que contaba con el apoyo de Mauro Lípez que es mi copiloto argentino, con quien tenemos tres años de trabajo. Toda esa experiencia de venir luchando, creciendo y también tocando puertas, finalmente llegamos a la meta que era el objetivo principal.

Definitivamente este Dakar fue uno de los más duros de la era sudamericana. La prueba tuvo un cambio de director de carrera y asume uno de los campeones más laureados de motos, Marc Coma.

Él sabe todo lo que necesita esta carrera y lo difícil que siempre es. Empezamos en Paraguay a 45°, con una humedad del 100%, eso da una sensación térmica de más de 60°. Luego pasamos a Bolivia a 0° y a 4.600 msnm con nieve; incluso se cancelaron etapas por la injerencia del clima, luego llegamos a La Paz.

Después empezamos el regreso por Uyuni y finalmente terminamos en la pampa argentina, en el desierto de Catamarca, con más de 45°, no tan húmedo, pero con un calor seco que te desgasta.

En 15 días pasamos del calor extremo con humedad de la selva, subimos a la altura con el frío intenso y volvimos al calor tremendo. Después ya no sabes qué ponerte; empacas para el frío, el calor, para la playa y es un deterioro grande. Eso también es un desgaste para el motor, porque pierde potencia en la altura y cuando hay mucha agua empiezan a afectarse los sistemas eléctricos. Este Dakar tuvo de todo lo que se puede imaginar.

Tuvimos una primera parte del Dakar en la que las cosas nos salieron como las planificamos. No hubo  mayores sorpresas. Veníamos a tiempo y bien, hasta que llegamos a La Paz.

Apenas salimos de la capital de Bolivia se corre la etapa maratón, que consiste en que no tienes asistencia mecánica en esos días; llegas al campamento y los únicos que pueden arreglar el auto somos nosotros mismos: piloto y copiloto.

Empezamos a sentir un poco las dificultades. En el frío y altura debíamos arreglarlo solos e hicimos lo que pudimos, porque no tienes los repuestos ni las herramientas necesarias. Salimos y completamos las etapas. En la penúltima tuvimos problemas con la dirección hidráulica, que fue un inconveniente de los tres últimos días.

Por el cansancio de nosotros y el  desgaste del vehículo comenzamos a tener problemas cerca de la meta. Te visualizas ahí, pero sabes que tienes que hacer kilómetro por kilómetro para poder llegar. La segunda etapa fue muy difícil. Por un desperfecto mecánico tardamos seis horas en solucionarlo; llegué a las 06:00 y a las 08:00 estaba de nuevo en carrera. No era un Dakar, sino una de esas noches que no se terminan nunca.

La intensidad del Dakar es abrumadora, pasas 15 días dentro de un mundo donde todos están locos. Toda la gente que nos ve desde afuera dice: ‘Estos locos pagan lo que cuesta para sufrir’. Uno nada contracorriente porque la gente no entiende por qué le dedicas tanto esfuerzo a una cosa que para otra gente no puede ser tan importante, pero para nosotros es la vida.

Preparamos un año la carrera, te juntas con todos estos 450 competidores y tienes la presión de los horarios, de los tiempos, de la parte mecánica. 15 días después vas a seguir despertando a la mitad de la noche, soñando que continúas en carrera. Me da un poco de nostalgia porque me tocará esperar un año.

Par mí, el Dakar se traduce en esa necesidad del ser humano de explorar, de conquistar, de hacer estas travesías. Esta carrera da esta oportunidad, porque no es una competencia de autos, es de sobrevivencia, de constancia, de madurez, de tener la mente fuerte. Este desafío es un ‘monstruo’ con el cual decides ir a pelear y terminas venciéndolo. Me encantan los retos; si es fácil el camino, no me gusta, sino por donde es más difícil. Mi vida es una meta, un objetivo que logré cumplir.

Pienso que después de lo que conseguí habrá más pilotos en la vitrina y no solo en mi rama del Dakar. Esto le da una oportunidad a los conductores en otras áreas. Yo suelo dar charlas en ese sentido. Siempre trato de estar en las Vueltas a la República para compartir lo que sé.

Lo que a mí me faltó fue alguien que me diera la mano y tal vez no me habría demorado cinco años en terminar; sin embargo, pese a las dificultades en el camino, tengo la bendición de correr a ese nivel y cumplir las metas que me he trazado. Por eso deseo compartir todo lo aprendido. No puedo ser egoísta y no dar la mano a mis compatriotas para que puedan surgir”. (I)

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