“Si tú sacas a las mujeres de una feria del libro, no hay feria”

- 08 de Junio de 2017 - 00:00
Giuseppe Caputo, escritor colombiano y Director de contenidos culturales de la Feria Internacional del Libro de Bogotá.
Foto: Marcos Salgado / El Telégrafo

El autor de Un mundo huérfano fue seleccionado como uno de los 39 mejores escritores de ficción de América Latina, menores de 40 años, del Hay Festival.

Un buen día de trabajo para Giuseppe Caputto equivale a tres cuartos de página, no más. Su proceso de escritura es lento, pero rigurosamente trabajado, lo que se manifiesta en el estilo de Un mundo huérfano, una novela en que la prosa está mediada por la poesía y la fragmentación. Esta obra narra la historia de un padre y de un hijo que viven en un contexto lleno de adversidades económicas y en una soledad radical. Ellos, desde su precariedad afectiva y material, sobreviven desde su mutuo amor.

Caputto, quien es director de contenidos culturales de la Feria Internacional del Libro de Bogotá (Filbo), ingresó en la última lista del Bogotá 39 del Hay Festival,  que selecciona a los mejores escritores de ficción menores de 40 años de América Latina. Por su paso en Quito como invitado en la Feria del Libro de la PUCE, el barranquillero habló de sus intenciones literarias.

En ocasiones, las listas canonizan y excluyen, pero en otras ayudan a revelar nuevas promesas de la literatura, ¿cómo se siente al formar parte de Bogotá 39?

Uno no pide ser parte de una lista, pero me siento agradecido con quienes leyeron mi trabajo y lo valoraron. En esa lista están amigos que conozco y aprecio su obra, como Juan Cárdenas, Emiliano Monge, Samanta Schweblin  o Juan Manuel Robles. Lo bueno de una lista es que siempre va a generar nuevas listas y los nombres que quedaron fuera se vuelven interesantes, como que adquieren un carácter místico. Pero de la selección Bogotá 39 me sorprende la falta de mujeres. Si bien esta lista es una carta de navegación inicial, una propuesta de lectura y pensando en mi trabajo en la Filbo, si tú sacas a las mujeres de una feria del libro, no hay feria, no hay programación cultural.

¿En qué medida beneficia o limita llamar a cierta literatura de mujeres o literatura gay?

Quizás lo que está detrás de esta pregunta es si la vida de una mujer o de un gay es distinta, y yo creo que sí. No es lo mismo ser un gay en el mundo, que un heterosexual. En ese sentido siento que la literatura muestra que no hay un solo color, sino muchos, y me parece que el problema no pasa en que yo le ponga o no el adjetivo de gay a una novela, sino que quien la vaya a leer piense que eso no le va hablar porque es algo que no le incumbe. Creo que la limitación no está en el adjetivo, sino en la aproximación al adjetivo, en la forma de lectura. Pero para mí, por ejemplo, sí hay una diferencia radical entre Severo Sarduy y Mario Vargas Llosa, entre Marosa di Giorgio y Carlos Fuentes. Entonces, me interesa lo que me oriente hacia otro tipo de estéticas.

¿Estéticas anómalas, fuera de la convención?

Lo queer, por ejemplo, no  pasa necesariamente por la orientación sexual, sino por una estética, por una sensibilidad. Puede haber novelas muy convencionales y normativizadas en las que dos gais se besen y no pasa nada con la estética. Pero mira la obra de Marosa di Giorgio, ella tiene una estampita que es como la de una Virgen María que baja del cielo, llena de miel y rodeada de abejas, y  se enamora de una mariposa gigante del tamaño de un árbol. Esto es mucho más raro, más queer, que dos hombres besándose.

El escritor español Jorge Carrión definía a los libros de los autores de Bogotá 39 como transgéneros,  en tanto caminan entre el ensayo y la novela, entre la crónica y la ficción, ¿siente que su propuesta se inscribe en esta lectura?

No me interesan las fronteras entre los géneros. Sí me interesa mucho la hibridez y la libertad de poder apelar a cualquier género. Geoff Dyer es el gran ejemplo de esa hibridez. Él tiene una obra que bien podría ser de ensayos personales, diario, crítica cultural o memoria. María Moreno trabaja en la misma línea, en Black Out.

¿Cree que hay un momento en la literatura actual donde se apela más por esa hibridez?

Los libros que más me han gustado han estado siempre en esa hibridez, así que no lo veo como un boom o como una tendencia de ahora. David Trinidad, por ejemplo, escribió Peyton Place: A Haiku Soap Opera. Él vio esa serie e hizo para cada episodio un haiku. La totalidad del libro es una reflexión sobre el propio oficio de lo que estaba haciendo, sobre la telenovela, el melodrama, la naturaleza artificial, la tradición de los haikus y la actuación. A Herta Müller la leo como si hiciera poesía en prosa, uno no sabe si lo que lee de ella es un diario, registro o un testimonio. Algo que trato de transmitir en mis clases es que se deje de pensar en términos de decálogos. Pienso que siempre vas a encontrar un ejemplo maravilloso en un texto que rompa alguna regla. La literatura es un terreno de gozo, libertad y felicidad y no debería ser un territorio de reglas ni de burocracias, porque los libros terminan convirtiéndose en productos iguales, literalmente.

¿Qué tipo de lecturas aplica en sus talleres de escritura para alcanzar ese resultado?

Muestro ejemplos de autores que hicieron cosas maravillosas como George Perec, en Tentativa de agotar un lugar parisino,  que es como un inventario aparentemente impersonal de lo que él ve en una plaza. Siempre enseño Frankenstein, para que aprecien el relevo de voces y, sobre todo, el  monólogo de la criatura. Muestro estos textos para que piensen en cuál sería la consecuencia política, ética y estética de las formas que se usan. Porque el uso del ‘nosotros’ o de la primera persona es un gesto político. El tambor de hojalata, de Günter Grass, tiene cambios de voces –de la primera a la tercera persona– permanentemente que le da diversos matices a la obra. Presento esos ejemplos para que se piense que el fondo es la forma y la forma es el fondo.

Los estudios literarios cada vez más conjugan otras disciplinas, ¿hasta qué medida considera que ese tipo de diálogos son provechosos para la literatura?

La teoría me inspira y me da ideas, pero lo que no me gusta de la academia es que, a veces, terminan convirtiendo a la novela en una caja de herramientas para hacer un ejemplo de una teoría. Es como que la novela deja de ser autónoma para ser instrumentalizada por la academia. Pero también hay casos en que hay novelas que son medianas, no muy buenas y que mejoran en la lectura por la teoría. Lo que prima en la academia es un discurso retórico, y lo que me interesa es la emoción estética. (O)