Miércoles, 23 Noviembre 2016 00:00 Cultura

Entrevista / damián tabarovsky / escritor argentino y editor de mardulce

"Mis novelas son como un contragolpe a la época"

"Mis novelas son como un contragolpe a la época"
Foto: Miguel Castro / El Telégrafo

El autor de El amo bueno estuvo en Guayaquil, donde habló sobre su obra y la situación editorial en la región.

Redacción Cultura

El argentino Damián Tabarovsky prologó Débora, el cuento del lojano Pablo Palacio, en Ediciones Hurtado, publicado en Buenos Aires, en 2004. Se considera un seguidor de su obra. Sin embargo, dentro del universo de la literatura local contemporánea ha leído poco, pues el mercado librero de Ecuador le parece distante. La semana pasada, durante su estadía en Guayaquil, a propósito de la realización de Libre Libro, una feria de editoriales independientes organizada por la Universidad de las Artes, trajo material de Mardulce –editorial argentina que dirige– en la maleta y cambió libros por un poco de lo que se publica en el país.

Dentro de la colección del sello Mardulce figura El amo bueno, un libro de su autoría, en el cual los protagonistas son tres perros que cavan un túnel en el jardín de una casa sobre la calle 14 de Julio (la fecha de la revolución francesa). En ella su escritura funciona, a decir de Tabarovsky, como un contragolpe a una época del progresismo.

¿Cómo piensa la novela, de la cual constantemente se anuncia su muerte como género?

Como un lugar de experimentación donde a una causa le pueden seguir varios efectos, o donde un efecto puede ser el resultado de múltiples causas, o que una pequeña causa puede producir grandes efectos. Pienso la novela lo más alejado posible de una relación de causa-efecto lineal como se pensó en la novela tradicional o arquitectural. Esto es al revés, como si fuera un rizoma subterráneo, como una red donde un punto puede tocar con otros. Me interesa que la novela tenga una relación con el ensayo, con la reflexión en el interior. Que no se entienda como la novela ensayística, también de forma tradicional, que consiste habitualmente en una narración que, en algún momento, hay un punto, viene una reflexión (que es la parte ensayística), viene otro punto y sigue la narración. Es al contrario: narración con reflexión los pienso imbricados, en un solo movimiento, donde no se pueda discernir el inicio de lo narrativo y el fin de lo ensayístico.

¿Cómo piensa el rol de los personajes dentro de ese circuito?

Los personajes para mí son puntos de pasaje discursivo. Así como hay la figura del monólogo interior, acá sería lo opuesto, es la figura del monólogo exterior, algo que habla, que viene de afuera, a veces se superpone con el personaje, con el narrador. Hay una tercera voz que es quien habla y lleva todo el tiempo la trama. Las voces compiten, se superpone un discurso con los otros y quien habla finalmente es la narración misma. No me interesa una profundidad psicológica ni  descripciones físicas, prácticamente eso nunca aparece en mi obra.

En su obra los roles comunes de los personajes cambian. ¿Por qué en su novela el amo es bueno?

El amo bueno no aparece nunca. Aparece la crítica al amo bueno. Uno está acostumbrado al amo malo, que por definición es malo porque tiene poder. Hay una alegoría-discusión de lo que fue América Latina en los últimos 10 años en los que tuvimos amos que eran buenos, pero que se comportaban como amos. Esa tensión está permanentemente.

A mí lo que me interesa con respecto a la narración es que, si la novela hubiera muerto, habría muerto la posibilidad de narrar, significaría que no se puede narrar porque ya todo ha sido narrado. Yo no pienso en esos términos. Pienso que deberíamos narrar la no narración, que también es una narración. Narrar que ya no se puede narrar como antes, narrar las historias que ya no se pueden contar como antes. Contar la historia de la negatividad si se quiere, de las peripecias de decir no. Mis novelas van en esa dirección.

¿Cómo responde esa búsqueda a la época que vivimos?

Tiene que ver mucho con nuestra época, que es de la sobrenarración. Todo se ha vuelto discurso y todo se ha vuelto narrativo. La televisión está cargada de novelas, el discurso de la política es narrativo y hay grandes narraciones binarias: el discurso de la salud se divide entre sano y enfermo; los medios de comunicación tienen el discurso del ganador y el perdedor. Los grandes discursos de nuestra época son narrados y se reducen a lo binario, a dos. A mí me interesa lo contrario: buscar otras formas narrativas, que amplíen el horizonte, que introduzcan una vacilación, una variedad, no solo si estamos sanos o enfermos, si somos loosers o winners, quiero las dos cosas a la vez. Los discursos de una época parecen que no son plenos de ganadores o perdedores. Yo intento que la novela sea un contragolpe, como en el tenis. Había un jugador estadounidense que se llama Andre Agassi, él necesitaba que el otro golpee para hacer un contragolpe más fuerte y así ganaba. Yo me imagino la novela como un contragolpe frente a la época.

En su ensayo Literatura de izquierda cita a Maxime Du Camp, el editor de Gustave Flaubert. Cuando dice que toda la literatura puede dividirse entre los miopes y los présbites. ¿De qué lado está usted?

Tengo una presbicia tremenda en esta época de mi vida. Me pienso como présbite y miope, algo barroco, no por lo recargado que es lo más obvio, sino el barroco que obliga a ver dos cosas al mismo tiempo. Mientras que la perspectiva tradicional, anterior al barroco renacentista sostiene que la visión lleva  hacia un solo lugar, lo barroco permite ver dos cosas a la vez, no hay una jerarquía como la perspectiva.

Lo barroco lleva a pensar dos cosas al mismo tiempo sin que entren en contradicción, sería como ser miope y présbite a la vez, que no es lo mismo de lo que se pensaba con Flaubert. Ahí lo que dice sobre su miopía es que cuando uno acerca la lupa a un objeto se deforma, una pequeña hormiga intrascendente se convierte en monstruosa. La presbicia no ve con claridad. A mí me interesa pensar la posibilidad de hacer las dos cosas a la vez.

¿Qué tan posible es?

Es como una utopía literaria. La literatura parece haber renunciado a dos cosas: a pensar la utopía y a pensar lo político que no es lo mismo que la política. Esta es otra hipótesis de Literatura de Izquierda. La política es muy fácil para la literatura: basta componer como personaje a Rafael Correa, a Cristina Kirchner, o a Hitler, pero eso no convierte en política a una novela. En cambio, lo político de la literatura, lo que a mí me interesa y que creo que está un poco olvidado, es pensar qué palabras elegimos y qué palabras descartamos. Cómo se organiza una frase y qué frase sigue a otra frase. Esas son decisiones de micropolítica. No es lo mismo decir cristal que vidrio. Una no es mejor ni peor que la otra, pero si elegimos una u otra, vamos por caminos distintos. Eso vuelve política la literatura. (I)

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