Lunes, 26 Septiembre 2016 00:00 Cultura

Entrevista / Alejandra Costamagna / escritora chilena

"Me interesa la narrativa que desacraliza el pasado"

"Me interesa la narrativa  que desacraliza el pasado"
Foto: Daniel Molineros / El Telégrafo

Para la autora de Animales domésticos, la literatura actual se caracteriza por su heterogeneidad, como la de Rodrigo Rey Rosa, Myriam Moscona y Álvaro Bisama.

Redacción Cultura

Si hay algo que caracteriza a la novela latinoamericana contemporánea, según la escritora chilena Alejandra Costamagna, es la heterogeneidad. En la ponencia que la autora de Animales Domésticos (2011) presentó en Quito, en el Encuentro Internacional de Creadores y Críticos Literarios que se desarrolló en el Centro Cultural Benjamín Carrión, dijo que en el mapa de la narrativa regional conviven “el minimalismo y las alegorías torcidas de Mario Bellatín; el cruce de la historia del arte con la crónica íntima en María Gainza; la articulación genealógica que cruza presente y pasado, realidad y ficción, sueño e historia en Myriam Moscona; el ejercicio autobiográfico que repasa las formas de la violencia en Marta Dillon; los delirios breves y sin anécdota central de César Aira (...)”, y así.

Pero también, estas y otras narrativas replantean el pasado de violencia que les antecede y convierten a la memoria en una forma de ficción. Quizás, la muestra más clara de este panorama son las tres obras que Costamagna eligió en su disertación para analizarlas detalladamente: El material humano, de Rodrigo Rey Rosa; Tela de sevoya, de Myriam Moscona; y Ruido, de Álvaro Bisama.

¿Por qué hay esa insistencia en la literatura actual por volver al pasado y hablar desde ahí?

Las formas de hablar del pasado se habían vuelto un poco obsoletas y, de alguna forma, la memoria se transformó en un objeto, en un monumento, en algo oficial. Frente  a eso surge un grupo de novelas, o a veces de relatos que son fronterizos en su género, que plantean la cuestión de la memoria como algo vinculado con el presente. Tal vez el desafío es cómo volver a narrar las historias, ese pasado reciente de las dictaduras en el Cono Sur, desde un lugar que vuelva a hacer sentido, que sacuda, que huya de la grandilocuencia de la solemnidad cuando se habla de estos temas. Me interesa la narrativa, como la de Mariana Eva Pérez (autora de Diario de una princesa montonera. 110% Verdad), que desacraliza el pasado.

Muchos de los autores que menciona en su ponencia se caracterizan por jugar con los géneros, por hacer de la escritura una excusa y no un fin, ¿a qué cree que responda esto?

En parte tiene que ver con las fronteras porosas geopolíticas. Eso va repercutiendo en que las identidades se vuelven menos cerradas, más móviles, más indefinidas. Creo que tiene que ver con factores que son mucho más grandes que la literatura, pero que finalmente repercuten en que se descentra todo, y ahí es cuando hasta los géneros definidos rígidamente dejan de tener ese sentido, y se empiezan a mixturar, a hacerse más híbridos y a vincularse entre ellos. Y es ahí, también, donde  veo que se produce una comunidad muy rica de expresiones, en que las artes visuales se juntan con la literatura, la poesía, el ensayo, la crónica...

¿Cree que este momento está hecho para perdurar?

Es muy fácil que todas estas tendencias, como la misma literatura de los hijos o las escrituras del yo, rápidamente sean absorbidas por el canon, por la academia, por la prensa, por los mismos escritores, y se vuelvan modas que se repiten. Entonces esto me parece bien en la medida que se justifique por una necesidad real de expresión. Y creo que hay cosas muy interesantes que se trabajan ahora, como el manido tema de la literatura del yo. Y ahí pienso en toda la literatura de César Aira, en la que pone en tensión esta especie de desfile de egos, de estar hablando de sí mismo. Y es desfigurando al propio ego que él logra torcer este tema.

¿Es peligroso caer en el canon?

Creo que todos los cánones son encasilladores, reducciones, instancias de hegemonía. Aunque a veces pueden ser de contrahegemonía y también suelen reducir las cosas. El contracanon rápidamente se convierte en una cosa oficial. Pienso que está bien mirar el canon desde la perspectiva de estar muy atentos a lo que no está incluyendo. Tal vez el canon sirve para eso: para distinguir con sospecha lo que está quedando fuera.

Por lo general, son las mujeres las ausentes...

Sí, pero hay que tener en cuenta que muchas veces la literatura de las mujeres entra en una especie de canon mercantil, que es un lugar de mercado superapetecido. Pero bueno, hay casos como en el boom donde no hubo mujeres, aun cuando hubo excelentes escritoras de la misma época, como Elena Garro o Clarice Lispector. También hay que considerar que, de pronto, la academia canoniza muchas literaturas que empiezan a ser como políticamente correctas y ahí podrían entrar las mujeres, pero entran también en una categoría que reduce las posibilidades de lectura de sus textos.

¿Cómo siente que ahora se lee a dos de los autores canónicos más grandes de su país, Pablo Neruda y Gabriela Mistral?

Me parece interesante lo que ha pasado con Gabriela Mistral en el último tiempo. Se la ha empezado a conocer desde otros lugares, desde la prosa, desde las cartas. Son un material maravilloso y también aportan a esta discusión que había sido polémica sobre su identidad sexual. Se la mira desde otro lugar que no es el de la madre-profesora de Chile, que estuvo dedicada a la literatura infantil, que se tendía a volverla inocente, y que se la ubicaba con muy poco poder de transgredir cosas. Y con Pablo Neruda todavía no pasa eso porque sigue siendo una figura tutelar. Quizás esto tiene que ver, y estoy haciendo una apuesta de pensar en voz alta, en que esté vivo a los 102 años Nicanor Parra. Esto hace que toda esa otra forma de la poesía, que es la antipoesía, siga teniendo un peso muy grande.

¿Y qué pasa con Roberto Bolaño, tan recurrente en los jóvenes?

Pienso que Bolaño, de alguna manera, aunó vanguardia y tradición, y lo hizo en un momento en que la narrativa había llevado como a un extremo el tema de la desesperanza. Era un momento en que había una suerte de nihilismo en los temas y también una prosa que empezaba a volverse un poco sosa. Bolaño da una nueva energía a esa prosa, que la vincula con la poesía. Su narrativa se alimenta un 80% de poesía, y trabaja el tema de la desesperanza desde dos ópticas: por una parte están los fracasos de las vanguardias en lo literario y, por otro, está el fracaso de los proyectos y utopías políticas del continente. Bolaño se vuelve mucho menos localista, a pesar de que sentimos que habla de Chile. (I)

Conjunto de relatos publicados en 2011, donde destaca el cuento Yo, Claudio.

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