Jueves, 20 Abril 2017 00:00 Cultura

Entrevista / sebastián oña álava / escritor ecuatoriano

"La escritura es algo que se fuga siempre, incluso en el punto final"

"La escritura es algo que se fuga siempre, incluso en el punto final"
Foto: Marco Salgado / El Telégrafo

Editorial Turbina publica la primera novela del autor quiteño, quien reside en Buenos Aires, donde hace un doctorado sobre Rey Rosa y Castellanos Moya.

Redacción Cultura

Una bomba que ha caído en la selva ecuatoriana ha dejado “dedos y pellejos quemados, así como pedazos de mandíbulas con dientes y plástico, mucho plástico, derretido y pegado a todo”. También, esa bomba ha provocado el inicio de la desafortunada historia del periodista de crónica roja Johnny Peguche, quien asistió al lugar de los hechos para cubrir la tragedia, pero salió enamorado de una mujer con quien deberá sortear todo tipo de desastres.

Ese es el trasfondo de Chop suey, la primera novela del escritor quiteño Sebastián Oña Álava, que se presentará hoy, a las 19:00, en el auditorio del Fondo de Cultura Económica. Este es el tercer libro de la Colección Turbulencias, de la editorial Turbina, en la que también se han publicado Pararrayos, de Daniela Alcívar Bellolio, y Fiebre de invierno, de Marilyn Bobes.

Luis Borja será quien haga la presentación de esta novela concebida como una “orgía de horror”. El autor de la obra actualmente reside en Argentina y está haciendo su doctorado en Letras, en la Universidad de Buenos Aires, donde investiga sobre la posguerra centroamericana en las narrativas de Rodrigo Rey Rosa y Horacio Castellanos Moya.

¿De dónde y cuándo surge la idea de escribir esta novela en la que hay “dosis generosas” de sangre?

Había vuelto a escuchar death metal y me obsesioné un poco con esa música, sobre todo con ‘Cannibal Corpse’; eso me ayudó a crear un ambiente. Hace algunos años vivía en Almagro, un barrio de Buenos Aires, y para llegar a casa caminaba mucho alrededor del Parque Centenario y creaba imágenes que luego las escribía. Un día -yo casi solo leía a Juan José Saer en esa época- me senté frente a la máquina y escribí la descomposición de un viejo en una bañera. Luego pensé que alguien debía contar eso, había que inventar una historia.

La estructura de los capítulos y el tono narrativo varían en cada página, ¿cómo es su proceso de escritura?

Cada uno de los capítulos fue escrito de un tirón. No se trató de algo concebido como un experimento, pero así fue saliendo. Entonces fui jugando con los puntos de vista de los personajes entre capítulo y capítulo pensando en que, al final, es casi una sola voz la que se mantiene, ya que hay pocas referencias sobre quién narra. Esa fue la idea y de ahí salió el tono que me parece se mantiene a lo largo de la novela: un tono medio esquizoide, un relato coral de varios presos de una sola incertidumbre.

¿Qué referentes han marcado su trabajo?

Los referentes son muy diversos. En literatura, uno muy presente a lo largo de mi vida ha sido El Satiricón, al que no releo hace más de quince años. Está La piel del caballo, de Zelarayán, un clásico argentino que tengo muy presente. Las novelas, cuentos y poesía de Daniel Sada a quien conocí hace no más de cinco años. Y mucha poesía, entre ella, la de Jorge Leónidas Escudero y Arnaldo Calveyra que han estado muy presentes en mí en estos últimos años. Los medios de comunicación me han ayudado mucho, también.

¿Cómo concibe la escritura? ¿A qué autores siempre acude?

La escritura para mí es un ansia expresiva, algo que no acaba de decirse, que nunca puede terminar de escribirse, que se fuga todo el tiempo, incluso en el punto final. De esa imposibilidad nace una comunidad entre escritor y lector: la escritura, la lectura, que son algo indivisible. Trato de volver a ciertos autores como Onetti o Piñera constantemente, aunque ahora que lo pienso, hace mucho que no vuelvo a ellos si bien los tengo demasiado presentes. ¿Qué he traído a este viaje a Quito? Viaje al fin de la noche y Las flores del mal, dos clásicos a los que he vuelto, ahora, extasiado.

Hay una intención en Chop suey por difuminar los bordes de los grandes relatos con los íntimos a través de la ironía, algo que hace falta en la literatura local...

Si pienso en una novela como Rojo y negro, que admiro mucho, no pienso en su estructura, porque es una arquitectura que no me resulta atractiva de recrear, más allá de la división en capítulos. Ahora bien, si pienso en el Ulises o el Arco Iris de la gravedad, novelas que se fragmentan y disipan en infinidad de detalles y narraciones, mi atención como lector se enfoca en tratar de dar cuenta de esas escrituras, de esas particularidades. Los tres son grandes relatos, pero no pertenecen a la misma época. Entonces, pienso que los bordes se quiebran no tanto en la concepción de la novela total, sino en concebir la novela como un imposible, un intento por acercarse a lo inacabado.

De ahí que la ironía permita oponerse a las presunciones de absolutos estéticos en la narrativa y cualquier concepción de arte sublime. La mía es una novela que habla todo el tiempo de la muerte: para huir de la solemnidad me corro a la ironía.

¿Cómo percibe el entorno de la literatura ecuatoriana?

La literatura ecuatoriana pasa por un gran momento. Hace casi un año que Daniela Alcívar Bellolio sacó dos libros, uno de cuentos y uno de ensayos, que le dieron un giro sumamente interesante a la literatura del país. Está por salir el libro de poesía de María Auxiliadora Balladares que me parece va a ser también una obra impactante. Hay escritores excelentes como Gabriela Ponce, Jorge Izquierdo, Fernando Escobar Páez, Esteban Mayorga o Esteban Poblete, y poco a poco surgen nuevas editoriales con nuevas propuestas: un gran panorama. Pero como toda lista es arbitraria e injusta, me he remitido a unos pocos quiteños, más o menos jóvenes, que he leído últimamente.

¿Cómo ha definido su residencia en Argentina a su narrativa?

Pienso en la literatura como la posibilidad de narrar la experiencia (si bien esto, a estas alturas, hay que tomarlo con pinzas). Partiendo de la interrogante primera que conlleva en sí una pregunta retórica: ¿es posible todavía narrar la experiencia? Sí, no. Entonces: ¿qué se narra, qué de mi vida está ahí, en la novela? Desde esa incertidumbre, mis doce años en la Argentina están presentes en Chop suey, aunque aparentemente no hay una relación visible desde la trama o el lenguaje. Mi Biblioteca (mundial) a estas alturas es Argentina; me sería imposible despegar la lectura de ciertas obras y de ciertos autores que conocí allí, de la escritura de mi novela.

 Me fue posible escribir Chop suey por la distancia que mantenía con Quito, por el deseo de apropiarme de un lenguaje que se me escapaba y al que quería retener. (I)

Portada de la novela

La obra fue publicada por la Editorial Turbina, en la colección Turbulencias.

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