Jueves, 28 Septiembre 2017 00:00 Cultura

La Artefactoría termina un ciclo de encuentros

De izquierda a derecha: Marcos Restrepo, Xavier Patiño, Paco Cuesta, Jorge Velarde y Marco Alvarado.
De izquierda a derecha: Marcos Restrepo, Xavier Patiño, Paco Cuesta, Jorge Velarde y Marco Alvarado. Foto: Alfredo Piedrahíta / El Telégrafo

La muestra ¿Es inútil sublevarse? La Artefactoría: arte y comentario social en el Guayaquil de los 80 cumplió un año.

Redacción Cultura

Hace un año se inauguró en una de las salas del Museo Antropológico y de Arte Contemporáneo (MAAC) la muestra ¿Es inútil sublevarse?, La Artefactoría: arte y comentario social en el Guayaquil de los ochenta. Durante ese tiempo se impusieron en el museo imágenes y archivos que intentaron contar la historia del arte en Guayaquil y sus modos de ruptura, desde inicios del siglo pasado.

A través de un mural que aparece en primer plano, a la entrada de la muestra, se contextualiza la manera en que surgió en los 80 la agrupación La Artefactoría, integrada por Xavier Patiño, Marco Alvarado, Paco Cuesta, Marcos Restrepo, Flavio Álava y Jorge Velarde. Este grupo conectó al país con otras prácticas similares en el continente y, al verlo en retrospectiva, constituye una ruptura entre el arte moderno y el contemporáneo.

En el mural rodeado de militares, proclamas de izquierda y recortes de prensa, aparecen cuadros de nombres conocidos, como los de los integrantes de la Sociedad de Artistas y Escritores Independientes (SAEI). Entre ellos están Alba Calderón o Galo Galecio. En el mural, aquella historia finalmente decanta en la evolución (o involución) de una época, donde la institucionalidad cultural se percibe caduca, populista y oportunista.

El caos en esta pieza se delata en  la conjunción de señales, como la portada de una revista de Pancho Jaime, con su autorretrato embigotado, de lentes y gorra mientras luce la banda presidencial bajo la leyenda ‘Gran guevada ser presidente’.

Frente a esta gran pared una foto lo resume todo: Elsa Bucaram, la exalcaldesa de Guayaquil (entre 1988 y 1991), aparece sonriente mientras a sus espaldas hay cientos de pelotas que después lanzaría desde el balcón municipal a una multitud de gente, donde algunos murieron por conseguir aunque sea un pedazo de ‘política pública’.

“Las inmensas necesidades de estos grandes grupos de migrantes (campesinos que llegaron a la ciudad) —cuya mano de obra la industria no lograba absorber— serían explotadas por líderes populistas como Assad Bucaram y, posteriormente, por Abdalá Bucaram y su hermana Elsa, quienes ganaron la alcaldía de la ciudad”, explica el historiador Carlos Icaza sobre aquella época.

El 24 de mayo de 1989, bajo el gobierno local de Bucaram, se inauguró la exposición Caníbales.  En esta participaron Álava, Alvarado y Patiño con una serie que montaron en el Museo Municipal de Guayaquil, lugar escogido intencionalmente por los artistas como parte del concepto de la exposición. “Sus deterioradas salas reflejaban la debacle política y la corrupción del gobierno municipal de la familia Bucaram, síntoma de nuestra condición de caníbales y una realidad dentro de la cual el arte luchaba por mantenerse vigente”, dice la gestora y curadora de la muestra, Matilde Ampuero, sobre ese tiempo.

Después de 35 años de haber funcionado como grupo, bajo la tutela del historiador Juan Castro, La Artefactoría volvió a la escena para plantear  una interrogante que no se agota: ‘¿Es inútil sublevarse?’.

“Todos éramos jóvenes y éramos como la gente que ahora se interesa por el arte. No había muchas alternativas. Uno tenía que elegir entre la polaridad: o eras aniñado y no tenías nada en la cabeza; o te ibas para la izquierda. En ese tiempo irte para la izquierda era realmente donde podías ir, ahora ya no hay ese poder ir. Eso, para mí, es el quiebre. Te das cuenta de que el muro cae, que Cuba no fue lo que es, que todo se suaviza en nombre de la izquierda, que pones una gota roja en un mar y se hace rosada; es esa no opción absoluta que tienen los jóvenes ahora”, dice Ampuero.

Ella fue quien hizo la curaduría y articuló el retorno del grupo, cuyos protagonistas subsisten, en su mayoría, como docentes de una de las instituciones académicas que se fundó bajo el eslogan de ‘emblemática’ –durante el gobierno de la llamada ‘Revolución Ciudadana’–: la Universidad de las Artes. La excepción es Paco Cuesta, quien es productor de televisión.

El montaje de esta muestra, que estará abierta hasta el próximo domingo 8 de octubre, demoró —según Ampuero— cientos de trámites burocráticos, esperas y diversos modos de financiamiento, como los Fondos Concursables que ganó la curadora para hacer el catálogo de la exposición. La muestra, después de un año de su inauguración, cerrará con una cifra que supera las 25.000 visitas.

La mayor parte de los espectadores fueron alumnos de distintas instituciones del país. Con este cierre se presentará hoy, a las 19:30, un catálogo que registra un poco más de la historia que evoca la muestra.

La Artefactoría comprendió, a través de sus acciones como ‘Arte en la calle’, lo que dice el cronista Jorge Martillo Monserrate: “La vida de Guayaquil está en las calles jugando como una niña que busca pepitas de oro, ahí donde cae el arcoíris”. (F)

El catálogo reúne textos de Matilde Ampuero, Carlos Icaza y Jorge Martillo.

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