Miércoles, 05 Octubre 2016 00:00 Cultura

Hobsbawm: "Nación sin pasado es un término en sí contradictorio"

Es conocido por su trilogía sobre las tres edades: La era de la revolución, La era del capital y La era del imperio.
Es conocido por su trilogía sobre las tres edades: La era de la revolución, La era del capital y La era del imperio. Ilustración: El Telégrafo

El historiador británico falleció el 1 de octubre de 2012 y su pensamiento, influenciado por el materialismo histórico, no ha perdido vigencia.

Maximiliano Pedranzini. Ensayista argentino

Hace algunos días se cumplió un nuevo aniversario de la muerte del extraordinario historiador británico Eric Hobsbawm, fallecido el 1 de octubre de 2012. La vigencia de su pensamiento -influido por el materialismo histórico- es menester para reflexionar concienzudamente sobre el derrotero -mundial y regional- que recorre el tren de la historia y que avanza en nuestro presente sin detener su marcha.

Entre sus obras más notables constan: Rebeldes primitivos (1959), La era de la revolución, 1789-1848 (1962), La era del capital, 1848-1875 (1975), La era del imperio, 1875-1914 (1987), Historia del siglo XX (1994), y otras.

Su último libro, publicado antes de su muerte y que sin duda es una quimera (por lo menos en lo que respecta al nombre), fue Cómo cambiar el mundo (2011). Un sentido de la voluntad revolucionaria intacto que se traduce en este sugestivo título, en el que hace una revisión histórica del marxismo desde sus orígenes hasta nuestro presente, y de la figura de Karl Marx “hoy”. No obstante, su obra póstuma, que resultaría -por el momento- ser su obra definitiva es Un tiempo de rupturas, publicada en 2013.

Sin embargo, lo que nos convoca en este caso son sus interpretaciones sobre el nacionalismo, abordado en cuatro trabajos fundamentales: La invención de la tradición (1983), Política para una izquierda racional (1989), Naciones y nacionalismo desde 1780 (1990) y Etnicidad y nacionalismo en Europa hoy (1992).

Este último está basado en una conferencia brindada por el historiador en la American Anthropological Association de EE.UU. y publicado posteriormente en la revista Anthropology Today, en febrero de 1992. Este artículo luego sería incluido en la compilación titulada La invención de la nación, coordinada por el lingüista argentino Álvaro Fernández Bravo, en 2000.

Hobsbawm aporta al estudio del nacionalismo una perspectiva innovadora al relativizar con sesgo crítico el rol de las élites dominantes en el proceso de formación de los Estados nacionales, al mismo tiempo que cuestiona la noción clásica de nación, partiendo de que estas son una invención del Estado moderno: “(…) el nacionalismo antecede a las naciones. Las naciones no construyen estados y nacionalismos, sino que ocurre al revés”. (Eric Hobsbawm, Naciones y nacionalismo desde 1780, Crítica, Barcelona, 1998, p. 18).

Y para ello, la historia es la materia prima esencial para su elaboración, ya que “Nación sin pasado es un término en sí contradictorio. Lo que hace a una nación es el pasado, lo que justifica a una nación ante las otras es el pasado, y los historiadores son las personas que lo producen”. (E. Hobsbawm, Etnicidad y nacionalismo en Europa hoy, en Álvaro Fernández Bravo, La invención de la nación. Lecturas de la identidad de Herder a HomiBhabha, Manantial, Buenos Aires, p. 173).

Lenin decía con lúcida sensatez que “precisamente en interés del éxito en la lucha contra toda clase de nacionalismos de todas las naciones, propugnar la unidad de la lucha proletaria y de las organizaciones proletarias, su más íntima fusión en una comunidad internacional, a despecho de las tendencias burguesas al aislamiento nacional. Completa igualdad de derechos de las naciones; derecho de autodeterminación de las naciones; fusión de los obreros de todas las naciones; tal es el programa que enseña a los obreros el marxismo, que enseña al mundo entero la experiencia de Rusia”. (V. I. Lenin, El derecho de las naciones a la autodeterminación, Progreso, Moscú, 1980, p. 62).

En tal sentido para Hobsbawm, el nacionalismo sigue siendo, todavía, un principio básicamente “político”, y afirma que “la unidad política y nacional debería ser congruente”. Sostiene que los fenómenos asociados a la construcción de las naciones “no pueden entenderse a menos que se analicen también desde abajo, esto es, en términos de los supuestos, las esperanzas, las necesidades, los anhelos y los intereses de las personas normales y corrientes, que no son necesariamente nacionales y menos todavía nacionalistas”. (E. Hobsbawm, Naciones y nacionalismo desde 1780, ob. cit., pp. 17, 18, 19).

Una definición más que precisa que nos ayuda a reflexionar sobre la siempre intrincada “cuestión nacional”, sobre todo para el contexto de Nuestra América. Sin duda podemos afirmar que Hobsbawm fue un historiador marxista-leninista como ha habido pocos.

En la última década, los gobiernos de la región se han posicionado ideológica y políticamente bajo el signo del nacionalismo. Pero no cualquier nacionalismo. Un nacionalismo de corte popular cuyas raíces nacen de las tradiciones emancipatorias que van desde la conquista de América pasando por las luchas por la independencia de nuestro continente en el siglo XIX y el proyecto de Patria Grande concebido por Bolívar, San Martín y Artigas.

A partir de este pasado se forja nuestra identidad como pueblo y como nación latinoamericana, retomando como horizontes en esta nueva época de lucha el socialismo y la liberación nacional.

Es bajo el sol de la integración y la unidad donde nuestras naciones han venido caminando y que vemos en este presente como esto es puesto en jaque nuevamente por las clases dominantes y el imperialismo balcanizador.

Bien reflexionaba Hobsbawm al respecto: “Si (…) tienen alguna imagen histórica del orden internacional de un futuro socialismo mundial, ciertamente esta no es la de un mosaico homogéneo de Estados-nación soberanos grandes o -como podemos ver ahora- principalmente pequeños, sino la de algún tipo de asociación o unión organizativa de naciones”. (E. Hobsbawm, Política para una izquierda racional, Crítica, Barcelona, 1993, p. 100).

Por esta razón, los movimientos de liberación nacional -como dice Lenin- cumplen un papel taxativo, ya “que ayudan a que aparezca en escena la verdadera fuerza antiimperialista” (V. I. Lenin, Tesis sobre la cuestión nacional, junio de 1913, en Obras completas, tomo XIX, Akal, Madrid, pp. 477, 478). En rigor, lo que sigue marcando a fuego el itinerario de nuestra historia es la tensión entre la liberación y la dependencia.

A varios años de su deceso, el legado intelectual de este gran historiador sigue presente, hoy más que nunca. El mejor historiador de este último tiempo, sin ninguna duda, que se preocupó, no solo por comprender profunda y minuciosamente el capitalismo y los vaivenes del corto siglo XX -como solía denominar a la centuria anterior-, sino por otros aspectos fundamentales de la historia como fueron el nacionalismo y la cuestión nacional. Hobsbawm ha dejado traslucir con sus obras que la historia es el único camino posible para salir del oscuro laberinto de la desmemoria, pero para ello hay que saberlo peregrinar. (I)

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