Hernán Rodríguez Castelo asumió la historización de la literatura nacional

- 22 de febrero de 2017 - 00:00

El crítico y escritor dedicó más de medio siglo de su vida a documentar las distintas facetas de las letras locales. Su biblioteca, ahora vacante, alberga memorias de todos los tiempos.

Candidato recurrente al Premio Nacional de Cultura Eugenio Espejo, de Hernán Rodríguez Castelo puede decirse lo que de Borges sobre el Nobel de Literatura: al no dárselo, perdió el premio y no él.

Y ahora perdió definitivamente, pues el crítico literario, nacido en Quito en 1933, falleció anteayer, según palabras de su hija, tras subir, como todos los lunes, a la cruz del Ilaló, almorzar ahí y recibir la paz del viento y los árboles.

Rodríguez Castelo deja tras de sí una enorme obra no solo como crítico, sino sobre todo por ese hito sentado en la cultura nacional con la colección Clásicos Ariel que, según la Comisión Internacional del libro, “cumplió de modo ejemplar los ideales propuestos lanzando en millares de ejemplares, al alcance de las clases populares, las obras mayores de la cultura y la literatura nacionales, lo cual ha significado el comienzo de una nueva etapa en la historia del libro ecuatoriano”.

Aquel trabajo lo convirtió en un pionero que llenó los vacíos que enfrentaban los lectores de literatura ecuatoriana. Quienes buscaban literatura nacional en los setenta debían pasar horas de consulta y lectura en la Biblioteca de la Casa de la Cultura porque no había acceso a los libros. Cecilia Ansaldo, crítica y docente que en ese tiempo estudiaba Literatura, dice que Rodríguez Castelo “llenó el vacío de libros con el cual luchamos algunas generaciones de estudiantes de literatura y qué mejor que acompañarlo de sus prólogos donde esgrimió una profunda valoración literaria, bastante a solas”.

Miembro de la Academia Ecuatoriana de la Lengua desde 1974, sus conferencias —como la que pronunció en el centenario de Thomas Mann, en la Casa de la Cultura Ecuatoriana—, su asistencia a congresos y coloquios —como el Latinoamericano de Literatura de Fráncfort, 1976—, y comentarios de obras clásicas —como el que dedicó a Yo el Supremo, de Augusto Roa Bastos—, son solo algunos testimonios del fructífero trajinar de quien la escritora guayaquileña María Paulina Briones califica como “el más grande crítico ecuatoriano del siglo XX”.

Asumida como definitiva, su ausencia generó varias reacciones entre amigos y admiradores, como el escritor Jorge Dávila Vázquez.

“Con Hernán Rodríguez Castelo se va la más alta cifra de la crítica y la bibliografía ecuatorianas de su generación. Trabajos suyos como los prólogos de la Colección Ariel, sus estudios sobre la literatura colonial o en torno a nuestro arte contemporáneo; sus diccionarios y sus antologías, son parte de nuestra historia literaria de todos los tiempos. No digo el manido paz en su tumba, porque sé que en una otra vida debe encontrarse afanosísimo, estudiando las literaturas de los espíritus caídos y no también”, dice Jorge Dávila.

El escritor guayaquileño Mario Campaña comentó desde España sobre Rodríguez: “Hernán entendió como pocos en el Ecuador lo que es ser un investigador, un intelectual, un sabio. Por eso vivió como vivió; por eso la vida monástica que tuvo, de entrega completa. En nuestros países un hombre como él solo se produce posiblemente una vez cada 40 o 50 años. Nos costará encontrar otro Hernán Rodríguez Castelo en nuestra historia contemporánea. Yo le debía mucho. Fue el primero en valorar mi libro Cuadernos de Godric”.

Incluido en su obra La orilla memoriosa, de próxima aparición, el escritor Luis Carlos Mussó se lamenta de no haber alcanzado a darle un ejemplar de esta obra y lo recuerda como un “referente obligatorio para comprender nuestra literatura clásica”.

“Lo formidable de su lucidez —dice Mussó— se ha reflejado, en parte, en su obra crítica. Hizo una reescritura de nuestros clásicos a través de su lectura. Y siempre tuvo una mirada desplegada hacia las nuevas propuestas literarias”.

Quedan sobre la mesa de su biblioteca el trabajo que venía gestando sobre la literatura del siglo XIX y que, seguramente, tenía muy avanzado. Murió de un infarto por la tarde, después de darle su última visita a las montañas con las que siempre anhelaba encontrarse.

Rodríguez Castelo tendrá una misa hoy a las 10:00 y luego será enterrado en Jardines del Valle, en Sangolquí. (I)

Lectura estimada:
Contiene: palabras
Visitas:
Enlace corto: