Miércoles, 18 Enero 2017 00:00 Cultura

Esculturas, entre la memoria y el turismo

Esculturas, entre la memoria y el turismo

Desde 2014, se han instalado 13 figuras históricas y populares en Guayaquil. Es parte de la regeneración urbana.

Redacción Cultura

El poeta modernista Medardo Ángel Silva creció en un chalé de la calle Juan Pablo Arenas desde donde miraba al cementerio, cerca de lo que ahora es el Parque de la Madre. Según relata el también poeta guayaquileño Luis Carlos Mussó en una de las publicaciones de las obras completas de Silva, este iba siempre con chaqueta negra de casimir, pantalones de rayas y corbata muy derecha.

En su tránsito cotidiano por la ciudad que, como Mussó, algunos llaman ‘el puerto más austral del Caribe’, Silva  se detenía en Aguirre y Chile, el edificio de El Telégrafo, donde trabajaba. Allí pasaba dos o tres horas diarias y, cuando no estaba escribiendo, tocaba la pianola en los bajos de Aguirre 425, entre Chile y Chimborazo; o estaba en la casa de Rosa Amada Villegas, su pretendida, quien vivía en la calle Morro —ahora Rumichaca— y Quisquís.

Quizás, Medardo Ángel Silva, entre sus quehaceres cotidianos o como un viandante más, cruzaba la Catedral de la ciudad, frente al Parque Seminario, donde ahora aparece sentado con los lentes rotos —robados por chamberos, según versiones oficiales— y leyendo con su chaqueta y pantalones anchos El alma en los labios.

Esta es la segunda estatua del poeta. La primera está frente a la iglesia de San Agustín, en un parque que tiene su mismo nombre y que, aunque está más cerca de su hogar y de la casa de su amada ‘Rosita’, no tiene tanto dinamismo como la que está en la entrada del Parque Seminario, cuyo principal atractivo son las iguanas y, por lo tanto, tiene mayor afluencia de gente. Desde este punto, quienes solo reconocen de El alma en los labios la voz de Julio Jaramillo, ahora también saben quién fue su autor.

Más allá de establecer rutas de personajes relevantes –como hizo el Instituto Cervantes con el quiteño Alfredo Gangotena, como se piensa hacer con el Macondo de Gabriel García Márquez en Colombia, o con Juan Rulfo en México–, el Municipio de la ciudad, a través de la Fundación Guayaquil Siglo XXI, dentro de sus planes de regeneración urbana, combina la remembranza de sujetos históricos o populares con estatuas dinámicas. En algunos casos, estas incluyen actividades como el juego al pepo entre niños.

Las estatuas están insertas en el centro regenerado de la ciudad y, solo a veces, tienen concordancia con sus espacios fundacionales y habitables.

Desde las primeras figuras instaladas en 2014, en la calle Panamá, estas rompen con la idea tradicional de las estatuas como monumentos distantes a las prácticas de habitar el espacio público. En cambio, se presentan como personajes vivos y fotografiables, tal y como sucede en los museos de cera. El sentido de estas figuras tal vez esté más asociado con el eslogan de la Fundación: ‘construimos la nueva historia de Guayaquil’.

Al igual que la escultura de Medardo Ángel Silva, en el último semestre de 2016 se instaló también la figura de Pedro Carbo, que en concordancia con su memoria histórica, está afuera de la Biblioteca Municipal, institución que fundó con el mismo entusiasmo con que promovió la creación de la Junta Universitaria del Guayas, que devino en el surgimiento  de la Universidad de Guayaquil.

A pesar de que la calle que atraviesa la biblioteca lleva su nombre, su figura, al igual que la de Silva en el parque cercano a lo que fue su hogar, no interactuaba con la memoria urbana. Sus retratos están en la parte cerrada de la Casona Universitaria: a la entrada y en el Paraninfo del mismo lugar, junto con José Joaquín de Olmedo, Vicente Rocafuerte, Gabriel García Moreno, Solano, Maldonado o Aguirre Abad.

Cuando el historiador Elías Muñoz Vicuña publicó a través de la Universidad de Guayaquil un compendio de las obras de Pedro Carbo lo consideraba un homenaje merecido a un hombre que soñó en pleno siglo XIX con el ingreso de la mujer a la universidad y la creación de una facultad de Ciencias Políticas para políticos más preparados. Tal vez su figura a la entrada de la biblioteca puede mover un instinto de los habitantes por leer los ensayos de quien Muñoz consideró un sujeto de muchos sueños “que ni siquiera pudo intentarlos”.

De Vicente Rocafuerte se dice que casi no vivió en la ciudad, pero tiene uno de los monumentos más visibles, en la plaza que abre el paso a la iglesia San Francisco, diagonal a la escultura reciente del fotógrafo análogo.

Según el testamento de Baltazara Calderón, con quien se casó, su vivienda habría estado más cerca del actual Municipio, en la calle Sucre. En la propuesta de regeneración de la Fundación Siglo XXI, Vicente Rocafuerte está en la esquina de las calles Roca  y Panamá. “Aquí está siempre mi pana Patricio Vicente Rocafuerte”, dice un transeúnte, mientras abraza a la estatua.

En la calle Boyacá, entre 9 de Octubre y Vélez, está en un banco ‘el hombre de la campana’, Julio Espinoza, un hincha barcelonista que murió en 2007. León Varas, en su paso precipitado por el centro de la ciudad no lo reconoce, sino hasta que se entera de su apodo. “De esos hinchas ya no  hay —dice—. Él unía a las barras, no las hacía pelear”. En ese punto del centro se encuentran los fanáticos de Barcelona cuando el equipo gana, pero  ‘el hombre de la campana’ vivió hacia el suburbio, en Sucre y la Octava.

Según el arquitecto José Nuñez, de la dirección de Planificación Urbana Estratégica y Arquitectura sustentable del Municipio porteño, se han aprobado 19 estatuas de este tipo en todo el centro ‘turístico’ de la ciudad.

Hasta ahora se han instalado 13 con materiales variables como el bronce o la fibra, con acabados y patinas similares al que se aplica al bronce.  Entre las que integrarán este nuevo circuito temático está una figura de Julio Jaramillo, cerca del museo de la música que lleva su nombre, un lotero en la Plaza San Francisco y el Rey de la galleta, en la 9 de Octubre,  entre Escobedo y Pichincha. Los costos, dice Núñez, “difieren según su tamaño, complejidad y el prestigio que los diferentes autores estimen valorar. Las de bronce se han valorado en promedio entre $ 10.000 a $16.000 y las de fibra de $ 6.000 a $ 9.000”. (I)

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