Martes, 14 Febrero 2017 00:00 Cultura

Enrique Madrid evoca poesía con la acuarela

Enrique Madrid prefiere que no lo encasillen en un tipo de escuela pictórica, porque “lo limita”.
Enrique Madrid prefiere que no lo encasillen en un tipo de escuela pictórica, porque “lo limita”. Foto: cortesía Enrique Madrid

El artista orense habla de su trayectoria y de un incesante aprendizaje artístico que “nunca acaba”.

Redacción Cultura

El pincel de Enrique Madrid se desliza con soltura y convencimiento entre el rostro de Jesús, Tomás de Aquino, el ‘Che’ Guevara y Don Quijote en una nueva misión para este artista orense nacido en El Cambio, en 1964.

Instalado en un taller improvisado al que no le faltan sus tubos de óleo, su caballete y una luz necesaria, Madrid parece estar a gusto, pese a ciertos contratiempos: ha pasado medio año desde que culminó el Salón de Machala -del cual él fue su organizador-, pero aún la Municipalidad de Machala no le cancela lo acordado.

Pero ahora está allí, dispuesto a seguir aprendiendo, convencido de que lo suyo no es una opción sino un destino inevitable, consecuencia de un pasado que trae a la memoria con poco esfuerzo.

“Yo nací en la parroquia El Cambio, que no era la parroquia urbana que es en la actualidad, sino un pueblito que estaba en medio de una gran bananera. Se llama así porque en esa época se hacía allí el cambio de rieles para el tren: los unos que iban para Puerto Bolívar y los otros hacia la parte alta de la provincia”.

El entorno bananero

Aunque salió de esa especie de Aracataca a los 3 años rumbo a Machala, cree que el ambiente rural dejó huellas en su sensibilidad estética para apreciar la realidad. Una sensibilidad que habría de expresarse ya en los primeros años de la escuela, en donde era requerido por sus maestros para que ilustrara sus trabajos.

“En esa época no tenía plena conciencia de la existencia de la pintura como lenguaje artístico”, precisa Madrid, para quien la verdadera puerta al arte se la abrió el teatro, en la misma ciudad.

Se había matriculado en un colegio “sin nombre”, formado con estudiantes sobrantes del colegio 9 de Octubre, en donde algunos alumnos inquietos tenían un grupo de teatro y al cual él solía ver con mucha atención e interés.

“Usualmente no salía al recreo, prefería quedarme en el aula dibujando. Y este grupo también se quedaba ensayando. Un día me dijeron: nosotros no aceptamos mirones, así que mejor intégrate”.

Ese fue el inicio para acercarse al arte porque, por ejemplo, conoció lo que es una escenografía y a gente decisiva, como el teatrero César Santacruz, fundador del Teatro Ensayo de Quito.

Junto con él destaca la presencia de Víctor Murriagui, un pintor modernista que se asentó en Machala y propició toda una experiencia artística valiosa de la que muchos sacaron provecho.

“Me nutrí de esa atmósfera, nos convertimos en grandes lectores de literatura, mucha poesía y dramaturgia. Había una relación dinámica entre las artes”.

Miniexposiciones en Quito

Conservando esos vínculos a los que llama interdisciplinarios, a fines de 1983 se trasladó a Quito a la Escuela de Artes para confirmar si todo ese impulso inicial que no solo lo había aproximado a la pintura sino a la poesía, al teatro y a la música, tenía aliento suficiente para seguir.

“Fue muy importante haber desarrollado toda una serie de recursos técnicos figurativos en Machala. Yo llegué a Quito con un buen nivel, buen dibujante, buen acuarelista. Llegué directamente a sobrevivir de mi trabajo”.

Esa sobrevivencia se sustentó en la confección de pequeñas acuarelas estampadas en tarjetas, las cuales realizaba al aire libre, observando el paisaje urbano.

“En Quito comencé a comparar mi producción con otros artistas, a observar los movimientos artísticos -como el neofigurativismo de José Luis Cuevas-, todos esos lenguajes. Aunque a veces renegaba por el ejercicio académico que era tan intenso que no me dejaba tiempo para pintar”.

Debido a esa limitación, cuenta que la carrera la hizo en 10 años, ya que por un lado estudiaba y por otro se dedicaba a pintar a su gusto. En esa misma escuela, cuyos salones dedicados al arte lo deslumbraron, tomó la curiosa iniciativa de hacer miniexposiciones en las pequeñas carteleras o vitrinas colgadas en las paredes, inspiradas en paisajes de Quito.

“Entonces me empezaron a conocer como un artista que, pese a ser estudiante, tenía buen nivel. Me sugerían que participara en los concursos. Uno de ellos fue para artistas noveles no mayores de 30 años, organizado por el Municipio capitalino. El jurado lo integraron Guayasamín, Kingman y Villacís. Y lo gané”.

El recurso de la acuarela y su posibilidad de evocación poética fueron parte medular de ese trabajo ganador -titulado Yunta- y que estuvo inspirado en un poema del peruano César Vallejo.

Decidido a no dejarse encasillar o a militar en un lenguaje específico, Madrid continuó su periplo artístico en Cuba, aprendiendo con Lupe Álvarez; luego en Berkeley (EE.UU.), del 2000 al 2009, en donde estudió la figura humana, grabado y acuarela.

Llegaron más premios, entre ellos una primera mención del Salón Mariano Aguilera, del cual no prefiere dar detalles, pero cuya evocación le marca el rostro.

En consideración a este trajinar, a Madrid se le encargó la dirección del Salón de Machala, al cual lo revitalizó mediante la ejecución de varios proyectos de largo alcance, como las curadurías pedagógicas para vincular a la comunidad con el arte. (I)

ENLACE CORTO

Especial multimedia

Especial multimedia

Cultura

Google Adsense

 

Promo-galeria