Viernes, 09 Junio 2017 00:00 Cultura

El método para la reportería es “el fino arte de merodear”

Sinar Alvarado, escritor y periodista. dicta talleres de periodismo narrativo y literatura.
Sinar Alvarado, escritor y periodista. dicta talleres de periodismo narrativo y literatura. Foto: cortesía de María Gabriela Méndez
Luis Fernando Fonseca

Un asesino serial estremecía a San Cristóbal desde las páginas de la crónica roja, en 1999. Los restos de varios hombres fueron hallados en las afueras de esa ciudad venezolana y Dorancel Vargas Gómez, llamado el ‘Comegente’, fue señalado como autor de los crímenes. Comió carne humana y lo confesaba sin remordimientos debido a la enfermedad mental que lo aqueja.

En 2004, Sinar Alvarado (Valledupar, 1977) viajó varias veces a Táchira para investigar el entorno de Vargas, publicó una crónica sobre los homicidios en la revista Gatopardo y ganó el Premio de Periodismo de Investigación Random House Mondadori para escribir el libro Retrato de un caníbal, sobre el mismo personaje, con quien tuvo un encuentro en la cárcel donde cumple su condena. Entonces, Dorancel le hizo una pregunta siniestra al periodista, quien recordó todo en el hotel donde se hospedó durante su última visita a Quito, en 2015.

¿Qué sintió cuando le preguntó si también había matado a alguien?

Recuerdo que sentí mucha ansiedad y miedo antes de hablar con él, pero una vez que entré y empezó la conversación, me concentré y me dije que tenía que olvidarme un poco del personaje para hacer mi trabajo. Así se hacen las preguntas que hay que hacer y te enfocas mejor. Además, él demostró rápidamente que no era un hombre peligroso para mí en ese momento, en ese escenario.

¿Le satisfizo su testimonio?

Ya en el diálogo, me di cuenta de que era un tipo que no me iba a servir para la reportería, su discurso estaba completamente ido de la realidad, yo no podía dar crédito a sus palabras. Se contradijo muchas veces, no tenía idea del tiempo, del espacio, de los nombres. Ahí empecé a convencerme de que no era un victimario prototípico, sino una víctima más, un enfermo mental que fue abandonado por su familia, porque se volvió violento y peligroso, incluso para ellos; y empezó a vagar, a caminar por las calles hasta convertirse en un indigente. Yo lo tenía que investigar. Ver las anomalías que vivió en la justicia venezolana, incluso, descuidos en el sistema penitenciario, inconsistencias que fueron colaborando para ponerlo en una situación en la que cometió los homicidios y terminó convertido en un indeseable.

¿Puede describir el camino que siguió para investigarlo?

En los talleres lo digo: si uno hace la tarea, si está ahí, haciendo lo que Gay Talese define como método, “el fino arte de merodear”, las cosas empiezan a ocurrir. Yo busqué empecinadamente a las hermanas de Dorancel (5) y no hubo forma, no las encontré, hasta que llegó un momento en que fui por sus hermanos (encontró a 2, de 5), muy lejos.

Estoy seguro de que si hubiera logrado tocar las puertas de las mujeres, ellas me hubieran botado a patadas. De hecho, escuché historias de un camarógrafo a quien un cuñado de Dorancel, esposo de su hermana, lo golpeó y sacó a trompadas de una casa en una entrevista. Después me di cuenta de que estas mujeres vivían en zonas urbanas, donde los periodistas amarillistas que lincharon moralmente al personaje las asediaron. Pero ningún reportero de televisión fue adonde yo fui, al monte, donde los hermanos no sufrían el acoso de la prensa y, por tanto, no estaban predispuestos con los periodistas.

¿Cómo abordó a los familiares de quienes fueron sus víctimas?

Fue muy delicado. Nunca había escrito crónica roja ni este tipo de periodismo. La mayor parte de mi experiencia, hasta ese momento, había sido en política y judicial. Ese tema de abordar a gente que sufrió desgracias que a uno no le caben en la cabeza fue de las cosas más difíciles, sin duda, pero me ayudó mucho el lugar donde esto ocurrió, por el tipo de gente, que en Táchira es muy amable, muy educada, gente que difícilmente te va a cerrar la puerta en la cara. Hay una decencia promedio ahí que hace que hasta los policías sean más amables. En otro lugar del país hubiera sido más difícil. También vi que la mayoría de los familiares de las víctimas era gente de clase baja o media baja que tenía una especie de resignación ante la tragedia. Con mucha entereza y dignidad habían asumido lo que les pasó.

¿De qué forma llegó al hogar de dos de sus hermanos?

Encontrarlos fue la mayor dificultad, no aparecían por ninguna parte, hasta que al final encontré en su expediente (dos libros grandes) las declaraciones de varios de sus familiares y otros testigos. Con sus números de cédula consulté en la página del Consejo Nacional Electoral de Venezuela y supe dónde votaban. Así descubrí que 3 o 4 de sus hermanos votaban en una región de Los Llanos. Entonces, busqué cerca de allí, hasta llegar a un caserío muy pequeño. Ellos vivían en el campo, junto a un río en el monte, en medio de la nada.

¿Cómo lo recibieron?

Entonces yo ya vivía en Bogotá (su actual residencia) y llegué a la casa de uno de los hermanos de Dorancel. Fue un viaje muy largo y él me vio de arriba abajo, como incrédulo. Había llegado solo, con un señor que me llevó en una embarcación de madera a través del río. Para sorpresa mía, cuando le expliqué a este hombre —muy parecido a Dorancel, pero con bigote— lo que iba a hacer ahí me preguntó si había tomado café y me invitó a sentarme en su casa.

Cerca vivía otro hermano, que tenía como más autoridad entre ellos, y hablamos con él también. Cuando empecé a explicar qué hacía yo ahí, casi que me mandó a callar y me llevó al patio de la casa, aparte, donde me dijo que su esposa no sabía nada. Mantuvieron en secreto la historia, pese a que fue un caso ruidoso en todo el país.

Finalmente, cuando terminó una entrevista larga, como de cuatro horas junto a los dos, una de sus esposas se acercó, porque ellos se descuidaron, y me dijo, en la cocina: “Ellos creen que yo no sé, pero sí sé”. Ahí vi que era un tema muy delicado en la familia.

 ***
Mientras trabajaba en periódicos, Sinar Alvarado cubrió las noticias del parlamento venezolano durante 6 meses de 2004. Allí conoció a Nicolás Maduro, quien entonces lideraba la bancada del chavismo junto con su segunda esposa, Cilia Flores.

“Él era un operador político ahí adentro, muy hábil para manejar al oficialismo —recuerda Sinar de quien se convirtió en el sucesor de Hugo Chávez—. No llegué a conocerlo tanto, pero conversamos varias veces y era un tipo accesible. Lo que vemos del Maduro público hoy, como presidente, es un personaje que se ha dedicado a construir porque no es el que yo recuerdo”.

¿En qué cambió?

A veces es patéticamente parecido a Chávez. En su vano intento por llenar sus zapatos, tiene que actuar como él; no sé si por sugerencia de sus asesores o por decisión propia. Y toda imitación es vulgar, una falsificación del original. Ahora, Maduro se ve muy mal, no tiene carisma, intenta hacer los mismos chistes, habla como Chávez y él no es así. Lo hace en televisión porque tiene que aparecer cada semana...

Se ha dicho sobre Maduro que es una víctima de los medios, pese a que aparece en todos...

Una gran conspiración internacional para desprestigiar a Venezuela es irreal e innecesaria, el país se desprestigia solo. Basta que más o menos se sepa la verdad de lo que ocurre ahí, como está sucediendo cada vez más. Se volvió anecdótico y hasta humorístico, por ejemplo, el tema de la escasez de papel higiénico, pero es real. Y lo más dramático es que uno puede vivir sin ese papel, pero no puede vivir sin comida, y hay una escasez grave de alimentos en Venezuela.

Hay desinformación, entonces...

Las grandes razones que están detrás de eso —de las largas filas que la gente tiene que hacer para conseguir alimento, con controles a través del número de cédula, por día— son cosas que deben explicarse. Porque lejos de convertir a Venezuela en una potencia agrícola, como Chávez prometió —a través de una supuesta reforma agraria que fue un fracaso por la gran cantidad de confiscaciones—, lo que pasó es que lo que había de aparato productivo, en lo industrial y agropecuario, se fue al piso.

Venezuela ahora solo produce petróleo, es un país que depende de tener dinero suficiente de eso —que lo tuvo durante un tiempo, ya no, por eso la crisis— para comprar todo lo que hay que comprar y que ya no se produce ahí. (O)

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