Miércoles, 28 Septiembre 2016 00:00 Cultura

Entrevista / carlos franz / escritor chileno con nacionalidad española

"Donoso era un hombre que comunicaba su inseguridad"

"Donoso era un hombre que comunicaba su inseguridad"
Foto: Daniel Molineros / El Telégrafo

El ganador de la II Bienal de Novela Mario Vargas Llosa habla sobre la forma en que el autor de El obsceno pájaro de la noche conducía sus talleres literarios.

Redacción Cultura

En el Encuentro Internacional de Creadores y Críticos Literarios ‘Novela Latinoamericana para el siglo XXI’, el escritor chileno Carlos Franz, reciente ganador de la II Bienal de Novela Mario Vargas Llosa, escuchó una especie de añoranza anómala: Ecuador no ha vivido tragedias que nos impulsen a inscribirnos en la memoria.

El autor de Si te vieras con mis ojos (Alfaguara, 2016) reaccionó ante esa percepción: “Quien ha vivido en el exilio económico –como la ola de migrantes que fueron de Ecuador a Europa– también escribirá, sus familias contarán sus historias porque, aunque no es lo mismo que ser perseguido o amenazado, deslucidos estaríamos si todos los países necesitaran de una guerra para tener una buena literatura. La literatura no tiene por qué depender de las tragedias nacionales”.

¿Qué papel juega el territorio chileno en sus narradores?

Los narradores chilenos hemos tenido, hasta cierto punto, la ventaja de no contar con una tradición narrativa tan fuerte como la argentina. No teníamos a nuestras espaldas a un Borges o un Cortázar. Esto permite desarrollarte con más libertad. La gran tradición literaria chilena era, sin duda, poética. Ellos se hicieron cargo de esta suerte de mistificación del territorio, que posee cosas extraordinarias en Pablo Neruda y Gabriela Mistral o, incluso, en poetas abstractos y experimentales como Vicente Huidobro. Pero no es menos cierto que eso es conceder que nuestros países son más un paisaje que una cultura.

La narrativa nuestra, en cambio, es una narrativa de cultura y no del paisaje. Estoy hablando de las últimas 3 o 4 generaciones, claro, porque del mismo modo que hubo un indigenismo en Ecuador, hubo un criollismo y costumbrismo en Chile, hace unos 60 o 70 años.

¿La poesía chilena es trascendental para la sociedad?

Como ocurre en todas partes, la importancia social de la poesía ha disminuido. Es un género que se ha arrinconado y generó un fenómeno de círculo vicioso, en el cual la poesía tiene menos importancia, se lee menos y los poetas empiezan a escribir para sí mismos, volviéndola hermética, críptica. Es un riesgo muy serio de la poesía contemporánea y no sé cómo se puede salir de eso. Le ha pasado esto a otras artes, como a la música clásica, que en un momento fue patrimonio de un público más o menos amplio, y hoy es la música selecta, para un grupo reducidísimo de melómanos, de gente que sabe mucho de música. El resto, no la comprende.

¿Qué formas de supervivencia tiene la escritura en nuestros tiempos?

Está más viva que nunca, lo que han cambiado son los soportes. Puede que el libro de papel, como lo conocemos hoy, las revistas y periódicos, con más seguridad, vayan disminuyendo su espacio. Yo me siento muy cómodo en la galaxia de Google como en la de Gutenberg. Leo, en mi Kindle, libros electrónicos, navego mucho por internet, me parece que tenemos lo mejor de ambos mundos, una oportunidad de gran riqueza en el libro de papel y la cultura naciente de los medios digitales. Hay un cambio de plataforma, de soporte, pero no lo será esencialmente ni en la escritura ni en la lectura. Aunque hay quienes dicen que la lectura en la pantalla es distinta porque uno está asediado por otros estímulos y eso disminuye la concentración, se leería de otra manera, un poquito más flotante, pero sospecho que no es tanta la diferencia. Leer un periódico en un bus también está lleno de estímulos, de cosas que pasan alrededor, que distraen y uno se concentra en el artículo. Creo que las diferencias se exageran.

¿Pero el papel suele ser mejor soporte para la memoria?

No siempre. Los archivos digitales son permanentes, los otros, difíciles de alcanzar. Cuando yo era más joven que ahora, si uno quería un periódico antiguo, pues iba a consultarlo a la Biblioteca Nacional, a las diferentes hemerotecas o al periódico mismo, donde tenían una sección para eso. Ahora, en cambio, todo eso puede estar a mano.

Usted, que se ha formado en talleres literarios, ¿cómo definiría el método que usaba José Donoso?

El método de Donoso era, en primer lugar, una ausencia aparente de método. Él se sentaba y escuchaba más de lo que hablaba. De repente, dejaba caer ciertas intervenciones, que no eran juicios de valor sobre los cuentos que estaba escuchando o fragmentos de novela, sino que eran como preguntas. Donoso era una especie de psiquiatra, con ese tipo de atención flotante que, de pronto, se posa en algo y quiere profundizar: a dónde va esta historia, por qué ese personaje es como ese (otro). Ese tipo de cosas eran muy iluminadoras porque a uno le mostraban qué nos faltaba en nuestros respectivos proyectos.

Aparte de eso, Donoso, por supuesto, comunicaba sus entusiasmos. Nos decía “sería bueno que leyeran tal cosa, tal otra”. Pero yo nunca sentí que hubiera en él una especie de magisterio. Y si lo había, era un magisterio tan lleno de dudas–porque era un hombre muy inseguro, comunicaba su inseguridad–, que, más bien, su ejemplo era el de jamás tener certezas y poner en duda nuestras vanidades literarias.

¿Él nunca se mostró como una referencia para sus alumnos?

Él nunca ponía una obra suya como ejemplo. Al contrario, lo que hacía, a veces, era usarnos de público crítico para sus obras en proceso. Entonces leía algo que estaba escribiendo y, con mucha inseguridad y atención, recibía las sugerencias.

¿Ustedes lo veían con reverencia por el autor que era?

Un poco, eso era inevitable. Pero también lo veíamos con la irreverencia propia de escritores muy jóvenes que tienden a mofarse del escritor mayor, en parte por envidia, en parte por inseguridad. Nos reímos un poco de él y, además, él lo sabía.

Usted ha hablado de que actualmente hay “escritores ficticios” que –por evitar “polémicas literarias”– deja de nombrar, ¿qué vicio evita en la escritura?

La literatura no se distingue de las demás artes, y una regla fundamental, entre comillas, del arte es el trabajo. El arte debe darte la impresión honesta de que ha requerido mucho trabajo, probablemente el trabajo de una vida. Diría que una narrativa deshonesta es aquella que ha sido hecha desde una cierta facilidad, apelando a los instintos más básicos del público, el melodrama, el escándalo, pero sin profundizar. Lo cual también es legítimo, la literatura de distracción, diversión y evasión ha existido siempre.

Lamentablemente, en nuestros medios, y en España, hay una confusión entre uno y otro. En el mundo anglosajón, en cambio, uno va a una librería y ve que hay un lugar para la novela seria y otro para las novelas rosas o romances; ninguno se llama a engaño. En nuestras estanterías vemos aspiraciones innecesarias, aunque el escritor que quiere tener un éxito de ventas debería conformarse con estar en la percha, que ya es mucho. (I)

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