Viernes, 14 Octubre 2016 00:00 Cultura

El artista lleva 54 años reinventándose

Bob Dylan rompe la tradición del premio Nobel de Literatura

Bob Dylan rompe la tradición del premio Nobel de Literatura
Foto: Internet

Robert Allen Zimmerman fue premiado por crear nuevas expresiones poéticas en la canción estadounidense.

Redacción Cultura

Sobre la mesa de un bar, un artista folk cierra el estuche de su guitarra creyendo que el futuro es tan incierto como la paga por las canciones que acaba de interpretar. En Estados Unidos, la música popular es una extraña manera de viajar sin que el tiempo pase, entre acordes de guitarra y aspiraciones escasas. Quizá por eso Bob Dylan dijo, sobre un escenario: “No tengo esperanzas de futuro y solo espero tener las suficientes botas para cambiarme” cuando tenga que volver.

Bringing It All Back Home, Highway 61 Revisited y Blonde on Blonde es la trilogía que lo convirtió en el trovador símbolo de un género cuyas composiciones, por tradicionales, parecen anónimas. El éxito —esa que considera mala palabra— no solo le sirvió como personaje de la cultura, sino que, a través de él, reinventó la música popular.

El psicoanalista inglés Adam Phillips y el escritor argentino Rodrigo Fresán dibujaron la modestia del genio recordando una escena de su vida que pudo calzar en una película: en el Manchester Free Trade Hall, un folkie saltó al escenario sobre el grito de “¡Judas!”. Sin despeinarse, Bob Dylan, fiel a su estilo, no puso la otra mejilla, sino que sorteó la afrenta indicándole a su banda que tocara ‘Fucking loud’, todo lo contrario a una declaración de principios; acaso una concesión.

El desalineado peinado de Bob Dylan además de ser un misterio para quienes querían verse como él, también era con lo que combinaba su ropa: chaqueta tipo sahariana, suéter de cuello de tortuga, pantalones pesqueros pitillo y pañuelos de seda de varios colores.

Phillips definió a la historia que narra en ‘Fucking loud’ como la de “alguien desilusionado por causa de la persona en la que se había convertido”. La noche en que le dijeron Judas, Bob Dylan estrenaba su impronta eléctrica incinerando las pestañas de los ortodoxos y, ahora, que le dieron el Nobel de Literatura, repite la proeza: innova.

Sin que él llegue a reír siquiera, con su humor tácito y elocuente, el mayor exponente de la música anglosajona, ahora deja que la Academia Sueca cambie sus botas. Cierra el estuche y continúa su camino.

El escritor argentino Fabián Casas dice en un texto de Letras Libres que hay algo en Dylan que lo excede, que no es del todo musical. Siente que el estadounidense supera el rango musical y su importancia es también conceptual.

Casas dice que “en cada una de sus transformaciones —cuando electrificó su música, cuando se hizo cristiano, cuando pasó de la canción radical, de protesta, a la canción hermética, surrealista— puso un mingitorio en el lugar menos esperado. ‘¿Qué es esta mierda?’, escribió Greil Marcus en una crítica famosa en la revista Rolling Stone con motivo de la aparición de Self Portrait en junio de 1970”.

Aquel autorretrato ventila los estados personales que ansía y lo muestran torpe. La crítica considera Self Portrait una extraña mezcla de versiones pop, rock y cortes en vivo mal grabados. Casi cada melodía está sobrecargada con coros de copia de seguridad, cuerdas y cuernos. Para Casas, Dylan siempre va hacia adelante y presenciarlo tocar en vivo es percibir cómo se trabaja contra la enfermedad de la nostalgia y de la retromanía.

Ese enigma del idioma español que es Raúl Zurita, cree en Dylan como un heredero de Shakespeare por “sacarle al habla común las resonancias más hondas y amplias, más cómicas y desoladoras, más oníricas y lúcidas”. Esa herencia —dice Zurita— que el castellano jamás ha podido reemplazar.

Dylan, además de su activismo, su personalidad confusa y de la reinvención de sus discos, es la posibilidad de regresar a la poesía por abrirse caminos con letras en la línea de Rimbaud, Verlaine y Baudelaire, y latidos similares a los de Ginsberg, Corso y Ferlinghetti.

Las casas de apuestas que año a año pronostican el ganador del Premio Nobel de Literatura no tenían a Dylan entre sus primeras opciones. Pero él, que aparece infiltrado en el mundo del folk y del rock, se repite en la lista de los posibles galardonados desde 2009 y, ayer, a pesar de las críticas, la Academia Sueca puso al mundo a resonar con las razones por las que el poeta merece el mayor premio de las letras. (I)

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