Jueves, 09 Febrero 2017 00:00 Cultura

5.000 libros esperan la llegada de más lectores

Una de las colecciones más solicitadas es la Enciclopedia Británica, cuyos ejemplares están en buena condición.
Una de las colecciones más solicitadas es la Enciclopedia Británica, cuyos ejemplares están en buena condición. Foto: William Orellana / El Telégrafo

La biblioteca pública Augusto Alvarado Olea ofrece talleres de lectura y ortografía para estimular a los niños.

Redacción Cultura

Todos los días, de lunes a viernes, desde hace 24 años, Delia Paredes Mariño cumple una rutina que la deja complacida: dirigir y organizar la biblioteca pública Augusto Alvarado Olea, de la Sociedad de Artesanos Amantes del Progreso.

Allí, en medio de 5.000 libros de las más variadas asignaturas, hace grandes esfuerzos para que los estudiantes se olviden de que existe Wikipedia y acudan ellos mismos a consultar los libros, a  ver si es cierto que el escritor Ernest Hemingway se suicidó o si Aníbal surcó los Alpes con un séquito de elefantes una primavera 200 años antes de Cristo.

“Desde que comenzó el auge del internet las visitas han decaído, pero no solo aquí sino en todas partes. Antes, cuando trabajaba en la Biblioteca Municipal, teníamos que atender colas larguísimas de alumnos, tantos que hasta cerrábamos las puertas. Ahora, para no morirme de soledad y tristeza, he tenido que tomar algunas iniciativas”.

Una de ellas son los talleres de lectura comprensiva, de cuentos y de ortografía que dicta a los estudiantes de la escuela Luis Vernaza, la cual alberga a 300 alumnos de educación básica, aproximadamente, y que es regentada por la sociedad.

“Las actividades forman parte de su rutina diaria de estudios”, asegura Delia Paredes, quien resalta, con entusiasmo, que ha encontrado mucho talento en algunos de los chicos.

Veinte visitantes a la semana recibe la Biblioteca

Aunque califica de exitosa su iniciativa -la cual contempla cursos vacacionales de invierno para todo público a partir del mes de abril-, reconoce que la asistencia de personas a la biblioteca tiene índices que, en verdad, dan pena: 20 personas por semana, es decir, cuatro visitantes por día.

La ‘mayoría’ de ellos son estudiantes universitarios, sobre todo de Medicina, que van en busca de enciclopedias como la Espasa Calpe, de 1924, y la Británica, de 1906, ambas con todos sus tomos completos y en perfecto estado.

“También vienen investigadores, historiadores, incluso llegaron unos españoles”, comenta Paredes, quien solo cuenta con un ayudante para todas sus labores.

La biblioteca, cuyos primeros libros fueron donados por su fundador, Augusto Alvarado Olea, se nutre de adquisiciones, para lo cual cuentan con un presupuesto -no da cifras precisas, pero también reciben donaciones de exalumnos.

De acuerdo con la bibliotecaria, desde las 13:00 hasta la 17:00 es cuando hay mayor afluencia. Para estimular todavía más la lectura, Paredes creó hace 8 años el Banco de Préstamos de Libros.

“Cualquier persona puede venir, ver el libro de su preferencia, y prestarlo solo dejando su cédula de identidad. Nosotros le cogemos los datos, dónde vive y su teléfono. Luego de 5 días puede renovar el préstamo si aún no ha culminado con su investigación”.

“Allí leíamos como si estuviéramos en casa”

El sitio de mayor concurrencia de la biblioteca fue cuando funcionó, desde su fundación en 1943, en las calles 10 de Agosto y García Avilés, diagonal al antiguo edificio de diario EL TELÉGRAFO.

De allí hubo de trasladarse hasta el actual local de 10 de Agosto entre Esmeraldas y José Mascote, un edificio que data de 1970 y en donde tiene sus oficinas la Sociedad de Artesanos.

Según Delia Paredes, el cambio se debió a que, en horas de la tarde, el sector se volvía peligroso y los estudiantes eran asaltados. “Una vez a nosotros mismos se nos robaron una copiadora”, dice resignada.

A pesar de estos motivos, no faltan quienes evocan con nostalgia el antiguo local de consulta. Personas como Sara Basurto Vera, actualmente de 70 años y quien se graduó de contadora en el Mercantil, recuerda que el lugar resultaba propicio para el estudio, porque era pequeño y acogedor.

“Allí leíamos como si estuviéramos en casa; era tranquilo, mucho más íntimo que la municipal, adonde iba mucha gente”.

Luis Carlos Mussó, escritor guayaquileño, recuerda su olor a madera antigua, como si se tratara de un orden de otra época.

“Cuando llovía me encapsulaba allí en busca de libros viejos, que allí me los prestaban. Iba en busca de mitología griega y de poetas como Leopoldo Lugones, cuyos versos copiaba a mano”, comenta el vate. (I)

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