Viernes, 06 Octubre 2017 00:00 Sociedad

La Unesco advierte que faltan 69 millones de maestros para alcanzar las metas educativas de 2030

La mayor parte de docentes en el país tiene de 35 a 44 años de edad

La mayor parte de docentes en el país tiene de 35 a 44 años de edad
Fotos: EL TELÉGRAFO

Dos educadores cuentan lo que significa ser profesor. Ellos, que son parte del gremio de 144.000 integrantes, forman a 3,5 millones de menores.

Redacción Sociedad

En Ecuador, 144.000 hombres y mujeres se dedican a la enseñanza. Ellos se encargan de la formación de 3,5 de niños y adolescentes del sistema público.

La mayoría de los pedagogos tiene entre 35 y 39 años de edad (31.505) y le sigue el grupo de 40 a 44 años (30.589).    

La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) en este mes destaca el Día del Docente.

El lema de este año es ‘Enseñar en libertad, empoderar a los docentes’. Este último constituye, según la Unesco, la prioridad en las estrategias de desarrollo.  

Según la entidad internacional, el mundo necesitará 69 millones más de catedráticos para universalizar la enseñanza hasta 2030.

Fander Falconí, ministro de Educación, informó al inicio de sus funciones que el presupuesto anual de esa cartera es de $ 3.000 millones. El 75% se destina a los sueldos de los pedagogos.

En el país se discute la Ley Orgánica de Educación Intercultural (LOEI). Entre las principales demandas está la modificación en el escalafón docente para aumentar sus ingresos. (I)

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Maricela Parra, Escuela Fiscal Princesa Toa

“Mi encuentro con la cátedra fue casual, pero quiero ejercerla hasta jubilarme”

La catedrática Maricela Parra labora en una de las instituciones rurales. Ella, para llegar al plantel, ubicado en el cantón Mejía (Pichincha), tiene que hacer transbordos en carro y moto. Foto: Miguel Jiménez / EL TELÉGRAFO

De lunes a viernes, la profesora de primaria, Maricela Parra, viaja desde Santo Domingo de los Tsáchilas hasta la comunidad Pampas Argentinas, en Tandapi.        

El bus interprovincial la deja en el kilómetro 70 de la vía Alóag-Santo Domingo y espera un colectivo que la traslada hasta la entrada de la comunidad. En ese lugar su medio de transporte cambia. La mujer, de 28 años, sube en una moto que llega hasta la puerta de la Escuela Fiscal Princesa Toa, un centro educativo pluridocente de esa localidad.

Desde abril de este año Parra se encarga, simultáneamente, de la formación de 15 niños que cursan el cuarto, quinto, sexto y séptimo año de educación general básica.

En un espacio de 40 metros cuadrados, Parra separa a los niños por año de formación. Víctor Flores, de cuarto año, dice que su grupo es afortunado porque cuenta con una pizarra exclusiva, mientras que los de quinto, sexto y séptimo comparten una.

La docente es ingeniera comercial, pero no ejerce esa profesión. Mientras revisa las sumas de fracciones de sus alumnos revela: “Me equivoqué de oficio”.

Su encuentro con la docencia fue una casualidad. Hace cuatro años se unió al colegio a distancia José María Vélaz. Lo hizo como asesora de proyectos de los estudiantes. Ese fue el inicio de la profesión que ejercerá hasta jubilarse.

A pesar de tener el conocimiento necesario, la maestra se capacita a diario. Lo hace para aprender técnicas pedagógicas que le permitan mejorar el proceso de aprendizaje. Uno de los recursos a los que apela son los videos, principalmente para Ciencias Naturales.

Ella, quien es madre de una menor de un año y medio, asegura que la paciencia es clave para enseñar. Prepara sus clases con una semana de anticipación.

Ayer, durante la clase de cultura estética, los alumnos confeccionaron una tarjeta para Kerly García, quien saldrá de la escuela, pues sus padres cambiarán el lugar de su residencia por razones laborales. Kerly abraza a Parra; la pequeña de 11 años anota el número de celular de su docente en un cuaderno pequeño. Promete que le escribirá para contarle cómo le va en su nuevo establecimiento educativo. A las 10:10, los niños salen al recreo. Parra se une a un improvisado partido de fútbol y al término del encuentro pide a sus alumnos que se laven las manos para ir a un pequeño comedor.

Cada semana una madre de familia se encarga de preparar comida para los 29 niños que estudian allí. (I)

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Diego Caiza, docente de la Unidad Educativa Don Bosco (La Tola)

“El reto de enseñar radica en despertar interés y creatividad en los alumnos”

Los paralelos donde Diego Caiza dicta clases de informática o programación (en Quito) trabajan en un proyecto robótico que se presenta al finalizar el año lectivo. Foto: Mario Egas / EL TELÉGRAFO

En su niñez ser docente no era su anhelo, pero con el paso del tiempo la vinculación como voluntario en las colonias vacacionales fue el inicio de la profesión que ejerce desde hace 20 años. Es Diego Caiza, maestro de informática y programación de la Unidad Educativa Don Bosco (La Tola).

‘El profe’, como lo llaman sus alumnos, sube a uno de los cuatro laboratorios de computación de la institución. Antes de que sus alumnos ingresen al aula, Caiza revisa la operatividad de las máquinas y limpia el pizarrón para iniciar la cátedra.

El ‘plus’ de sus clases, dicen sus alumnos, es que son dinámicas y útiles.

Cada año elaboran un proyecto individual o grupal en el que ponen en práctica lo aprendido durante el periodo escolar.

Las creaciones no se limitan a ser parte de una vitrina o del repositorio del plantel. “Estas trascienden”, expresa Kimberly Valdés, estudiante de tercer año de bachillerato.

Años atrás, los chicos del último año de secundaria instalaron un sistema automático de seguridad en las principales puertas de la institución. Por medio de la huella digital se abren las oficinas administrativas del colegio. Otras creaciones (aplicaciones y prototipos) han participado en concursos nacionales e internacionales.

Aunque el docente no se formó en la facultad de pedagogía, su conocimiento y predisposición le permitieron ocupar un puesto en el centro que actualmente labora.

En 1996, mientras cursaba el tercer semestre de mecánica industrial, se acercó al Colegio Don Bosco para ofrecer sus servicios. Al inicio dictaba clases en la primaria, recuerda Caiza, quien cada día realiza un recorrido de una hora para llegar desde su casa hasta su trabajo.

En las clases los chicos no son obligados a guardar o esconder su celular. Justamente, él usa el dispositivo para enseñar alguna funcionalidad de ese aparato.

Él instauró una fase de proyectos para los cursos a su cargo. Los chicos de primero de bachillerato trabajan en la construcción de una revista digital en la cual emplean conocimientos de Word y diseño. Cada periodo escolar la revista se imprime para el estudiantado.

Los del segundo año aprenden a dar mantenimiento a los computadores. También consiguen máquinas viejas para arreglarlas. Una vez que están, nuevamente operativas, son donadas a escuelas pequeñas. Esta fue una de las iniciativas que el docente implantó en el colegio. Otra de sus acciones es el reciclaje de elementos tecnológicos. (I)

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