Punto de vista

Una actriz de Yuyachkani se confiesa

- 07 de Septiembre de 2017 - 00:00

La historia de un grupo de teatro es siempre una suma de procesos diversos y confluyentes. El resultado suele ser una acción en la que todos se encuentran, pero al interior permanecen las huellas íntimas del recorrido personal. En los siglos XVIII y XIX los actores escribían sus memorias, hoy, cuando los personajes han permitido que sea el propio actor el que hable, el testimonio del proceso suele aparecer directamente en escena. El cuerpo del actor deviene entonces territorio recuperado para la reflexión en torno a una identidad íntima, que se posiciona como parte del colectivo. Trabajo paradigmático en esa línea el espectáculo Confesiones, de la actriz de Yuyachkani Ana Correa, bajo la dirección de Miguel Rubio, da cuenta del crecimiento profesional y humano del desarrollo de una conciencia estética y ética en el teatro.

Varios personajes confluyen en esta autobiografía, pertenecen a las obras de creación colectiva Encuentro de zorros (1985), Santiago (2000), Cambio de Hora (1998) Hasta cuando corazón (1994) y Sin título, técnica mixta (2004). Son 46 años del emblemático grupo de teatro peruano y son también diversas maneras de posicionarse en relación con los temas y con el contexto en el que nace cada rol. La puesta nos confronta con la historia toda de Perú y con la memoria de la actriz que vuelve a pasar por el cuerpo y por el corazón cada instante vivido. El tiempo se dilata y accedemos a la trasescena, al camerino, al lugar de la metamorfosis, hay un adentro y un afuera de la escena y un modo de pensar eso que somos: seres en devenir, en diálogo.

Todo conmueve en esta obra, pero quiero destacar el modo en que la actriz ha accedido y procesado sus fuentes y la evolución de las estrategias de abordaje de los temas, que van desde la construcción de un modelo social, concepto que recuerda al de gestus, desarrollado por Bertolt Brecht, hasta llegar a la concepción de cuerpo como soporte de archivo, a través del cual aparecen los más silenciados, los invisibles, los excluidos. Ese cambio de enfoque en las puestas de Yuyachkani ha tenido que ver, sin duda, con el modo en que la acción política ha ido cambiando durante las últimas décadas en Perú. La guerra, la violencia extrema, la búsqueda impenitente de la justicia y la verdad, han transformado al país y a sus ciudadanos y también al teatro.

Cuerpo-territorio de mujer, acción-archivo y teatro-documento se conjugan en esta puesta-curaduría que sabe ser manifiesto político, tratado de actuación, fe de vida y poética escénica que funciona como conjuro de todo lo terrible y como canto de celebración de la vida. Confesiones habla desde un espacio conquistado con la voz situada de una peruana. Una mujer que es actriz, madre y ciudadana, pero también una intelectual conectada con el pensamiento crítico nuestro  americano, del cual por cierto no podría hablarse con seriedad dejando de mencionar los grandes aportes hechos desde el teatro a la reflexión sobre nuestro continente. Entre los grupos más destacados, Yuyachkani, cercano a sus cinco décadas, ha sabido de manera excepcional permanecer en el desequilibrio, en el riesgo y evadir todas las fórmulas. De ello da cuenta Confesiones, de ello habla en escena Ana Correa. (O)

 

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