Punto de vista

Ubú Rey en el trópico y la retórica del triunfo

| 04 de Septiembre de 2017 - 00:00

Coherente con la línea de investigación que lleva adelante Nelda Castillo, la actriz y directora de El Ciervo Encantado, Triunfadela, explora un conjunto de imaginarios que hacen parte de la memoria de los cubanos vivos, donde quiera que se encuentren. Más allá de símbolos o estereotipos, interesa a la creadora sacar a la luz esas marcas psicofísicas que han dejado en el cuerpo-mente nacional la retórica triunfalista de “actos, asambleas, marchas, concentraciones, reuniones, homenajes, aniversarios, desfiles, conmemoraciones, galas”, prácticas que, con signo propio, encuentran equivalentes en todas las sociedades latinoamericanas.

Sin dudas, el uso y abuso de un discurso que presupone la realización del éxito, la victoria, independientemente de las condiciones objetivas, ha acabado por crear una profunda grieta entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que se declara y lo que se piensa. Pero, más allá del discurso mismo y del andamiaje ideológico al que este hace referencia, la intervención escénica se instala en el ámbito de comunicación performativa, y estudia los modos en que es leída esa tradición cívica —y también épica—, que hoy suele ser percibida, fundamentalmente por los más jóvenes, como testimonio de un pasado remotísimo, palabrería vacía y sin sustancia.

De ahí que resulte muy interesante el modo en que se complementan en la puesta el documental Taller de Línea y 18, del cineasta Nicolás Guillén Landrián, rodado en 1971, en la fábrica, ahora en ruinas, que se ubica frente a la sede del colectivo cubano. Censurada en su momento, la película revela un discurso patafísico, en sentido que dio al término Alfred Jarry, que conecta perfectamente con ese avatar de Ubú Rey construido por la actriz Mariela Brito, quien nuevamente ofrece muestras de su excelencia y su capacidad de metamorfosis.

Es significativo también cómo la pieza construye el vínculo con el público. Los espectadores están también en la escena, participan, forman parte, razón por la cual, pese a que interviene una sola actriz, sus creadoras no consideran la propuesta como unipersonal.

Y es que basta referir a los espectadores del Fiartes-G con carteles en las manos, vitoreando y gritando vivas para entender el modo peculiar en que opera la performance. Por una parte se ficcionaliza la participación y por la otra se construye una acción concreta que deviene en experiencia real para todos.

La obra deviene así una especie de cámara al vacío en el que se evocan sucesos y sensaciones. La reflexión crítica, brechtiana, va más allá de la historia reciente de la Isla y las maneras en que esta ha sido registrada, para abordar el modo en que la retórica ha ido conformando el conjunto de comportamientos en inercia que hoy prevalece. Como en otros espectáculos, El Ciervo Encantado pone el dedo en la llaga al mostrar con todo rigor la ingeniería del “brillo en el ombligo”. A ello se suma la peculiar habilidad para asumir y procesar la tradición cubana del teatro bufo, su capacidad para reconfigurar y repensar lo social a través de tipos y estereotipos y también sus estrategias de diálogo con el pasado, presente y futuro de la nación. (O)  

 

 

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