Lunes, 03 Octubre 2016 00:00 Punto de vista

Punto de vista

Trump rompe con la vieja doctrina neoconservadora

Juan Fernando Terán. Editor Jefe de Economía

Estados Unidos es un país cuya diversidad cultural desafía a las tipificaciones socio-económicas sencillas. A diferencia de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, ahora no se puede postular que exista un (o una) estadounidense ‘típico’. Esta ilusión solo podría surgir a través de la creación deliberada de símbolos.

Y eso es precisamente lo que hace Donald Trump, un candidato que interpela a los sentimientos de quienes quieren creer, con cierta angustia, que son los “auténticos estadounidenses”, un grupo relegado que tendría una misión histórica: colocar a “América Primero”.

Entre aquellos no se encuentran solo los blancos, anglosajones y protestantes. También están allí todos quienes podrían sentirse afectados por el desempeño de la economía estadounidense desde 1994, año en el cual el Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte entró en vigencia sin mayor resistencia por parte de una población que no podía (ni buscaba) tener conocimiento anticipado sobre sus eventuales consecuencias.

Trump se define a sí mismo como un ‘ganador’ y, desde esta condición postulada como innegable, habla para todos los ‘perdedores’ inconfesos.

Para hacerlo de forma persuasiva, el candidato está aniquilando algunos elementos de la doctrina ‘neocon’ que Nixon prefiguró, Reagan consolidó, los Bush perfeccionaron y Clinton toleró.

A diferencia de los adalides del viejo liberalismo republicano, “para que América sea grande otra vez”, Trump no propone como panacea a la apertura comercial, sino a la ruptura discrecional de las reglas del comercio multilateral. Tampoco plantea mantener a Estados Unidos como garante de la paz internacional... salvo que los aliados paguen por sus servicios policiales.

“Para que América sea grande otra vez”, Trump toma distancia de la libertad para escoger dónde invertir y en qué invertir, una posibilidad que, según argumenta el candidato, le ha permitido a China “dominar” a Estados Unidos, ahogarlo en deudas y llevarse sus empleos. A él no le convence a plenitud la apertura financiera como propuesta... excepto si los capitales regresan a su patria atraídos por los impuestos “muy bajos” que plantea como alternativa.

Mediante un discurso que podría parecer superficial y contradictorio para los sectores medios, educados y progresistas —e incluso para la vieja guardia republicana— Trump habla para quienes experimentan, sin importar su edad u oficio, el ocaso de la hegemonía económica y política estadounidense, un asunto debatido ampliamente desde hace décadas por la academia y los hacedores de políticas de seguridad. Con sus actitudes nacionalistas y xenófobas, Trump solo refleja una reacción primaria, pero poderosa a aquello. (O)

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