Jueves, 22 Septiembre 2016 00:00 Punto de vista

Punto de vista

Recorrido por las catacumbas de la iglesia de Sicalpa en Chimborazo

Pedro Reino Garcés, Historiador

Sigo intrigado con una momia silenciosa que se cruzó en mi camino hace más de 20 años. ¿Sería la del doctor don Manuel Vallejo y Villandrando?   

Recuerdo que al mirarle su cara, mis ojos resbalaron como peñascos sobre los restos de esos pómulos que tenían tierra mezclada con olvido. Tuve un dolor parecido al que siente la luz cuando se choca con la testarudez. Descendí a las catacumbas de la iglesia de Sicalpa la Vieja.

Estaba a la diestra, debajo del altar mayor a donde bajamos por unas gradas de piedra, ocultas bajo una tapa grande de tablas con gonces chirriantes colocados desde 1602.

Todavía sus gruesos fémures parecían reclamar a los gusanos la carne blanca y jugosa de sus muslos redondeados que sostenían.

¿Qué más se puede decir al leer en el testamento?: “Iten declaro que por la piedad de Dios, ni antes de haber obtenido orden sagrada ni después de sacerdote he contraído amistad ilícita de que pueda haberme resultado hijo alguno natural o sacrílego que pueda pretender derecho alguno contra mis bienes. Declárolo así para que conste en todos tiempos. Por la experiencia que tengo, después de muerto un hombre, suelen maquinarse falsos testimonios, intentando y procurando tener parte en las herencias. Como esto ha sucedido con otros, lo intentase alguno después de mi fallecimiento, mis albaceas y herederos pongan todo esfuerzo posible en defender mi honor conforme a derecho. Declárolo así”.

Al mirar de nuevo lo que quedaba de su momia, trataba de encontrar las cenizas de su honor desintegrado. No quedaba nada de su carne, ni las evidencias del instrumento que delatara su virginidad.

“Quiero que mi cuerpo sea sepultado en la iglesia y santuario de Nuestra Señora de Sicalpa, donde tengo mi boyada y sepultura…”.

Es como si yo mismo hubiese vuelto a oír de labios de la momia, a la que bajé a ver en las catacumbas de la reconstruida iglesia de Sicalpa la Vieja. Vi varias momias expuestas. Estaban recostadas a los costados de los fríos murallones de piedra volcánica, debajo del templo, tratando de conciliar un extravagante sueño. Como les cuento, entramos por unas graditas  que estaban ocultas debajo del altar mayor.  Bajamos con el silencio taponado en nuestros labios, tras la lucecita de una vela que retrocedía su lumbre en dirección de la boca del sótano.

Ahí adentro, todos empezamos a sentir un miedo diferente, muy parecido a una sensación por la resurrección de cadáveres perversos.

Era una sensación de un peso oscuro que podía doblegar hasta a los más valientes. Algunas momias, a las que las vi titilantes en ese entonces, estaban envueltas en medio de lo que serían  unas  gasas y unas fajas, cual se si se tratara de niños alargados desproporcionadamente, y crecidos  con el espanto, estirados en las oscuridades de ultratumba.

Tenían las bocas entreabiertas llenas de telarañas a donde se decía que no entraban ni las ratas; y por donde se habría escapado el alma para nunca más volver.

El doctor Manuel Vallejo y Villandrando murió desconfiando hasta de los demás curas incompetentes. Sospechaba que se robarían las alhajas y las joyas con que el moribundo engalanó a sus vírgenes.

Dice que fue ‘Vicario Juez Eclesiástico del Convento de  Monjas Conceptas… Hijo legítimo del General y Gobernador de las Armas Don Miguel Vallejo Peñafiel y de doña Josefa Villandrando, vecinos que fueron de esta villa de Riobamba’. Su madre debió haber dejado un raro ‘vacío’ para que su padre se haya vuelto a buscar a una compañera para el resto de su vida. Esta fue doña Mauricia Cisneros.

Seguro que una de esas ‘reliquias’ que me mostraron en Sicalpa debe haber sido la larga momia del doctor Manuel Vallejo y Villandrando; muerto, quien sabe a más tardar, un año después de haber hecho este testamento, por 1778. (O)

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