Miércoles, 02 Noviembre 2016 00:00 Punto de vista

Punto de vista

Para leer a Donald Trump

Maximiliano Pedranzini. Ensayista argentino

“Bueno, esto es democracia. Un millonario y un indigente girando en el mismo círculo” [Donald a Tío Rico al caer ambos en un remolino de agua, Tío Rico N° 106] Ariel Dorfman y Armand Mattelart, Para leer al Pato Donald, Siglo XXI, México, 1979, p. 123.

En 1972 sale a la luz el libro Para leer al Pato Donald, escrito por el argentino-chileno Ariel Dorfman y el belga Armand Mattelart. Un libro fundamental para el pensamiento crítico que estaba surgiendo en los albores de la década del ´70, considerado por los mismos autores como un “manual de descolonización”. En efecto lo es y vamos a ver por qué. La preocupación central de esta obra es el corpus literario producido por Walt Disney para el mercado latinoamericano, teniendo como base teórica para su análisis al marxismo. La creación de las historietas de Disney en plena Guerra Fría ha funcionado como fuente de producción y reproducción de la ideología dominante del imperialismo norteamericano, siendo, además, conscientes de la realización de esta tarea. Esto se repite en el actual contexto global si consideramos que estamos en un escenario de Guerra Fría reinaugurado después de la caída de las Torres Gemelas en 2001. Aquí la figura del magnate inmobiliario y actual candidato a presidente de EE.UU. Donald Trump se nos presenta como corolario de ese largo proceso cultural de derechización e instrumento político de esta ideología dominante que perdura incólume, ahora con una mirada global. En tal sentido, leer al Pato Donald, es consecuencia, leer a Donald Trump, como índica -a modo de analogía- el título de esta nota:

“¿Es preciso añadir que no se trata de tomar el caso Donald como si fuera el único enemigo? Donald es la metáfora del pensamiento burgués (...)” (A. Dorfman y A. Mattelart, Para leer al Pato Donald, ob. cit., p. 6). Asimismo, Trump se constituye en la metáfora contemporánea del pensamiento burgués norteamericano que se expresa en los atriles de la política.

“Soy rico porque siempre fabrico mis golpes de suerte”. [Tío Rico en Tío Rico, N° 40] (A. Dorfman y A. Mattelart, Para leer al Pato Donald, ob. cit., p. 101). Sin duda, esta es una frase que diría el propio Trump. El empresario neoyorquino, nacido en 1946, no escapa a la influencia ideológica de su homónimo avícola. Más bien, es un producto social nato de la corporación fundada por Walt Disney.

Ahora bien, Disney funciona aquí como una metáfora del imperialismo norteamericano, de EE.UU. como sociedad política donde Donald Trump es quizá la expresión más descarnada que habita ese mundo. Pero en este caso, la figura de Trump no aparece como parte de un mensaje subliminal, críptico que hay que leer entrelíneas como el risueño pato de blanco plumaje. Por el contrario, su discurso agresivo muestra a cuerpo entero la naturaleza ideológica de su pensamiento, de lo que hará si llega a Washington. No oculta nada, sino que expone con rudeza y tono altisonante la concepción que tiene la minoría burguesa y ciertos sectores medios de la sociedad. En una conferencia, hace algunos años, Mattelard advertía que las palabras producen realidad y desencadenan actos. Trump es un ejemplo contundente de este patrón y funciona como vector de la ideología dominante que es, en rigor, su propia ideología.

La idea medular del discurso de campaña de Trump que lo llevó al lugar en el que hoy está ha sido su visión hacia los inmigrantes latinoamericanos que cruzan la frontera del sur del país. Su marcada xenofobia y desprecio hacia los inmigrantes “latinos” en pos de preservar el “american way of life” (el modo de vida del norteamericano), logró afianzar su apellido en el interior del Partido Republicano, haciéndolo despegar del habitad de los negocios del que ha estado cómodo antes de tener pretensiones de presidir los destinos de la principal potencia imperialista del mundo por cuatro años. Pero la cuestión no pasa por preservar el modo de vida norteamericano, sino porque Trump se plantea como el portavoz del “american dream of life”, es decir, “el modo en qué los EE.UU. se sueña a sí mismo” (A. Dorfman y A. Mattelart, Para leer al Pato Donald, ob. cit., p. 151).

Este es un fragmento de la respuesta que se hacen los autores en la conclusión a la que arriban en su libro: “¿El Pato Donald al poder?” Esto es lo central en esta carrera por suceder a Barack Obama. Veamos la siguiente referencia sobre de la visión de los inmigrantes y extranjeros que nos lleva a parangonar un Donald con otro: “Para Disney -escriben Dorfman y Mattelart-, los pueblos subdesarrollados son como niños, deben ser tratados como tales, y si no aceptan esta definición de su ser, hay que bajarles los pantalones y darles una buena zurra. ¡Para que aprendan! Cuando se dice algo acerca del niño-buen-salvaje en estas revistas, el objeto en que en realidad se está pensando es el pueblo marginal. La relación de hegemonía que hemos establecido entre los niños-adultos que vienen con su civilización y sus técnicas, y los niños-buenos-salvajes que aceptan esta autoridad extranjera y entregan sus riquezas, queda revelada como la réplica matemática de la relación entre la metrópoli y el satélite, entre el imperio y su colonia, entre los dueños y sus esclavos.” (A. Dorfman y A. Mattelart, Para leer al Pato Donald, ob. cit., p. 58).

Este marco referencial también abarca a los migrantes y refugiados sirios que huyen del conflicto bélico y la invasión generada por EE.UU. y que desencadenó en una década y media un desastre humanitario de gran magnitud que ha comenzado a tocarle la puerta a Occidente. Dicen al respecto: “En busca de un elefante de Jade, Mc Pato y su familia llegan a Inestablestán, donde ‘siempre hay alguien disparándole a alguien’ (A. Dorfman y A. Mattelart, Para leer al Pato Donald, ob. cit., p. 74).

Inestablestán en la historieta del Tío Rico escrita a finales de los años 50 representa a Vietnam. Hoy sería el Medio Oriente. Respecto a la cuestión de los refugiados Trump ha planteado expulsarlos de EE.UU. Veamos este diálogo entre el sobrino y su tío Donald que marca la verdadera esencia de un pensamiento precursor al manifestado por Trump: Sobrinito: “También les dio la gripe asiática”. Donald: “Siempre he dicho que nada bueno nos puede venir del Asia”. (A. Dorfman y A. Mattelart, Para leer al Pato Donald, ob. cit., p. 75). Recalcitrante como las palabras vertidas por el magnate durante toda la campaña. Esta es la matriz ideológico-cultural más potente donde abrevaba la subjetividad de personajes como Trump y que es transversal a la sociedad estadounidense. Así -como afirman Dorfman y Mattelart- “hay una multitud de hechos cotidianos que revelan el malestar de un sistema.” (A. Dorfman y A. Mattelart, Para leer al Pato Donald, ob. cit., p. 71). Y uno de esos hechos cotidianos latentes en el corazón de la sociedad norteamericana es la inmigración.

La única esperanza, según Donald, es “la buena y vieja armada, símbolo de la ley y el orden” (A. Dorfman y A. Mattelart, Para leer al Pato Donald, ob. cit., p. 76). La visión del simpático pato será la misma que tendrá Trump apenas asuma como “líder del mundo libre”: belicoso como el último republicano que pisó la Casa Blanca. Que no quepa la menor duda. Igual que si asumiera Hillary Clinton. A fin de cuentas, el que gobernará los destinos del país del norte es el complejo militar-industrial y los candidatos a la presidencia representan únicamente la mascarada civil y democrática de este perverso sistema imperial. La cosa no cambiará de lo que viene haciendo la gestión de Obama, solo se profundizará en contra de los pueblos del Tercer Mundo.

En una entrevista pública realizada en 2009 por el periodista chileno Andrés Hax, Dorfman aseguro que: “Si no hubiera habido Bush, no habría Obama”. Hoy, reafirmando esta sentencia, decimos que “si no hubiera habido Obama, no habría Trump”. Es casi imperativo viéndolo desde la propia lógica estadounidense. Bien agregarían Dorfman y Mattelart.: “Es justamente para saber cuánto de Pato Donald queda todavía en todos los estratos de la realidad (...). Mientras su cara risueña deambule inocentemente por las calles de nuestro país, mientras Donald sea poder y representación colectiva, el imperialismo y la burguesía podrán dormir tranquilos” (A. Dorfman y A. Mattelart, Para leer al Pato Donald, ob. cit., p. 159). Así está diseñada esta lógica. Este es su carácter, su espíritu ideológico y cultural. Por eso existe un Donald que aspira a la presidencia, porque preexiste esta concepción enraizada en el sentido común, en la subjetividad tanto individual como colectiva. Un imaginario social cultivado con esta lógica cultural se traslucirá inevitablemente en el campo político. No hay debate que valga, por más retórica que se use y propuestas que se intenten explicar. Persistirá esta matriz por sobre todas las cosas, porque el sistema así lo tiene establecido.

EE.UU. es Disneylandia y Trump el pato adorable de este paraíso que se ofrece como la garantía para recuperar el sueño perdido y reconquistar la grandeza de la nación americana. Disney como el Destino Manifiesto, se emparentan terroríficamente en dos cosas: 1) los dos, desde la fantasía, colocan a EE.UU. como el amo y señor del mundo; y 2) ambos son doctrina. Esto es lo peligroso. (O)

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