Lunes, 10 Octubre 2016 00:00 Punto de vista

Punto de vista

Menos Habermas y más Gramsci para Colombia

Luciana Cadahia, catedrática universitaria

Cada vez que escucho a algún intelectual decir que ya no tiene sentido hablar sobre América Latina constato  la ideología de los noventa corriendo por sus venas, el dispositivo neoliberal operando sin ningún tipo de fisuras. Y este sentimiento nace de constatar una y otra vez cuán hermanadas están nuestras historias, cuán dependiente somos los unos de los otros al momento de construir nuestros procesos políticos y narrativos. Por citar un ejemplo, ¿acaso  la guerra de baja intensidad en Colombia no tiene grandes afinidades con la que se instaló en México y la que está tratando de implementar Macri en Argentina?

Podríamos decir que en cada país latinoamericano encontramos distintas narrativas que buscan borrar las memorias que nos hermanan. Entre estos múltiples relatos que sostiene la ideología neoliberal está la narrativa de una Colombia separada de Latinoamérica. Lo curioso es que esto se sostiene como un signo de distinción y vergüenza a la vez. Entre estos dos polos emocionales contrarios observamos cómo de un lado se construye la ficción de asumir a Colombia como uno de los pocos países latinoamericanos que nunca interrumpió su democracia. De ahí nace todo ese haber masianismo chato que tiene atrapada a gran parte de las élites intelectuales, las cuales miran con ínfulas de superioridad al resto de sus países hermanos. Pero, del otro lado, aparece una y otra vez un sentimiento de vergüenza hacia el pueblo, como si este fuera asesino, ignorante y muy a gusto con la histórica violencia que lo acecha. Creo que estos dos sentimientos, distinción y vergüenza, son el resultado de una gran distorsión histórica. No es casual que las élites sientan la distinción y el pueblo sienta la vergüenza. No es casual que tanta gente querida, ante los resultados del plebiscito, haya escogido la palabra vergüenza para describir su estado de ánimo. Y ese sentimiento no es otra cosa que un triunfo de las élites. Y es un gran triunfo porque es otra forma de desarticular a un pueblo y destruir cualquier lazo de solidaridad colectivo, es un sentimiento moral que cortocircuita cualquier reflexión histórica, política o económica. Es un sentimiento que te impide pensar cómo llegamos al punto en que un pueblo elige continuar la guerra.

Tras los resultados, muchas personas llegaron a decir que eso pasa por creer en la democracia y en el voto. Pero no nos confundamos, para alguien como yo, que nació en dictadura y sabe lo que es la interrupción de la democracia, también sabe que ese razonamiento no conduce a ningún lado. El problema no es que haya democracia, el problema no es que la gente vote, el problema no es el pueblo. Como siempre, el problema son sus élites. Nunca, pero nunca hay que despreciar al propio pueblo. Esa siempre será la mayor de nuestras derrotas y el gran triunfo de nuestros enemigos. Jugando con palabras fáciles, habría que pedir menos Habermas y más Gramsci para Colombia. (O)

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