Punto de vista

La serenidad llega al aceptar esta transición

| 14 de Enero de 2017 - 00:00

Envejecemos desde el mismo instante en que empezamos a existir, aunque es casi inapreciable. Todos comenzamos a envejecer en el seno materno, aunque no nos demos cuenta; luego un niño de 3 años cumple rápidamente los 6, uno de 6 los 12, y uno de 12 llega finalmente a los 18.

A medida que vamos cumpliendo años y experimentando cambios, la perspectiva del proceso de envejecer también va cambiando. Mientras que cuando se es niño parece que el tiempo no pasa nunca con la suficiente rapidez, para el joven adulto va demasiado rápido, de manera que le queda poco espacio para la serenidad.

En este momento, algunos saben exactamente lo que quieren, y desean seguir adelante con gran rapidez. Otros aún están buscando y preferirían dar la vuelta cuando llegan a este punto (temo hacerme viejo, me dijo un veinteañero).

Al final la pubertad se supera con una gran crisis vital al producirse las primeras decepciones al ver en qué se traducen en la realidad aquellas potenciales relaciones y actividades. Esto provoca lo que se conoce como la crisis del cuarto de vida (Quarterlifecrisis, Abby Wilner y Alexandra Robbins, 2001).

En este primer cuarto de vida ocurren muchas cosas. Se puede experimentar casi de todo y todas las experiencias tendrán utilidad en el transcurso de los años. El paso hacia el segundo cuarto de la vida se presenta como un cambio rápido, y solo bien avanzada la tarde, más o menos alrededor del 30 cumpleaños (…) Esto no está vinculado con los años concretos, puesto que el momento de aparición de esta crisis puede variar bastante de una persona a otra, pero se presenta con la formulación de la siguiente pregunta: ¿qué planes se pueden realizar aún?

El tiempo presiona cuando se trata de poner en práctica proyectos largamente acariciados como, por ejemplo, fundar una familia o alcanzar una meta profesional. La presión interior es mucho más fuerte que la exterior en relación con conseguir finalmente compromisos y establecer una relación con uno mismo, con los demás y con el mundo para trabajar en la realización de ideas y metas, si es que se quieren alcanzar de verdad. El indicador principal de esta fase es la eliminación del condicional “podría si quisiera”, para poner a prueba un puedo real. Ahora el lema es “yo puedo” poner algo realmente en funcionamiento, aunque sea necesario mucho tiempo y superar grandes dificultades. El entusiasmo por este trabajo supera las posibles exigencias del propio yo. La fuerte sensación de encontrarse en mitad de la vida, estresado pero lleno de energía e invencible, hace que vuelva a ser fácil olvidarse del envejecimiento.

A pleno rendimiento, las personas entre 40 y 50 años atraviesan la mitad del día, la mitad de la vida, teniendo en cuenta que una esperanza de vida de 80 o 90  no es nada raro en una sociedad moderna (según datos de principios del siglo XX). A partir de ahora el número de años por venir será siempre más pequeño que el de los que han pasado.

El envejecimiento nos sigue los pasos como un acosador, que no mantiene una distancia constante y al que por ello no podemos ignorar. La unión natural de cuerpo, alma y espíritu para entrar en una nueva fase vital provoca turbulencias que recuerdan los enfados de la pubertad y que también se pueden alargar varios años.

En esta época, la serenidad solo es posible si estamos muy dispuestos a dejarnos llevar por esa transición.  (I)

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