Lunes, 21 Noviembre 2016 00:00 Punto de vista

Punto de vista

La prensa guayaquileña y el 15 de noviembre (Segunda Parte)

Ángel Emilio Hidalgo

En el contexto sociopolítico de la huelga general de noviembre de 1922, hay que entender el entramado de relaciones entre las élites comerciales y bancarias de Guayaquil y la prensa de tendencia liberal, nítidamente representada por diario El Universo, del empresario orense Ismael Pérez Pazmiño, en la medida en que sus opiniones editoriales coincidieron con la posición de ese influyente sector económico.

Frente a lo anterior, cabe analizar la retórica utilizada por El Universo, antes de establecer si fue un actor político con estrategias propias o un vocero cercano a los sectores bancarios y/o del gobierno, afín a sus intereses o acaso reproduciendo los contenidos de su proyecto político.

Para ello, he seleccionado algunas publicaciones aparecidas entre el 12 y el 19 de noviembre de 1922. Entre la primera y la última, media únicamente una semana, tiempo suficiente para entender el rumbo vertiginoso que tomaron los acontecimientos, luego de la declaratoria de la huelga de los trabajadores del tranvía y de la Empresa de Luz y Fuerza Eléctrica.

Según el historiador Ronn Pineo, estimulados por el éxito de la huelga de los trabajadores del Ferrocarril, los empleados del tranvía pidieron “más dinero (salarios), horarios más cortos, estabilidad, condiciones de trabajo más seguras y ser tratados con respeto. Específicamente, pedían un aumento de 80 centavos para los conductores y 1.60 sucres diarios más para los choferes. Pidieron un día laborable de ocho horas y más pago por sobretiempo […] Eran 28 puntos en total, pero todos eran bastante moderados. Sin embargo, los gerentes no estuvieron de acuerdo y, cuando los rechazaron, los trabajadores llamaron a la huelga”.

Los trabajadores eléctricos contrataron como abogados a José Vicente Trujillo, quien había asesorado a la Confederación Obrera del Guayas, y a Carlos Puig Vilazar, quien defendió a los obreros del ferrocarril en la última huelga. Otros actores políticos fueron el gobierno y los militares, quienes mostraban creciente preocupación por la radicalización de los huelguistas, pues veían que, al paso de los días, las masas desbordaban el control de los líderes.

A este respecto, seguimos a este autor cuando cuestiona a los historiadores militantes de izquierda, de haber exagerado el peso de los líderes en las revueltas populares: “Estas manifestaciones -acota Pineo-, como la que tuvo lugar en Guayaquil, pueden más bien ser entendidas como ejemplos de rebelión democrática espontánea”. Es decir, por el análisis de las fuentes, descartamos la supuesta articulación del movimiento. Por el contrario, se observa una constante improvisación y falta de claridad en los objetivos de los huelguistas.

Llegado el 12 de noviembre, El Universo publicaba, en primera plana, un manifiesto del presidente José Luis Tamayo, quien llamaba “a la altivez guayaquileña”, “en estos momentos de reivindicaciones sociales”. Por otra parte, el titular principal reza: “Después de la huelga”, donde se asume una actitud optimista por la posible superación del conflicto, al tiempo que se llama a “que todos encaucemos una acción atinada y respetuosa encaminada a obtener la baja del cambio”. En este momento, El Universo nuevamente se pronuncia -ya lo había hecho el 10 de noviembre, al pedir “atacar el origen del problema”- y toma posición respecto al debate que se sucede al interior de los grupos obreros, sobre mantener las reivindicaciones originales o pedir la baja del cambio. Pineo es enfático en decir que, desde el principio, “muchos obreros habían pensado que los aumentos de sueldos iban a ser de poca utilidad si es que el sucre seguía devaluándose”. El argumento sería, entonces, volver a la ley de cambios que rigió entre junio y septiembre de 1922, “para sostener al sucre”, idea que se repetía sin mayor conocimiento de causa y que insistentemente sostenían los abogados.

Cabe aclarar, sin embargo, que no a todos los obreros les convencía la idea de la baja del cambio, no solo porque Narciso Véliz en su hoja volante lo esclarece al decir que “no teníamos que ver nada en el asunto del cambio”, sino porque en el transcurso de las deliberaciones de la Asamblea, una vez anunciada la huelga general, surgieron voces disconformes como la del obrero Alberto Díaz, quien según El Universo, el 13 de noviembre, “instó a sus compañeros que no debían dar vivas a nadie y que eso de dar vivas a los síndicos podría tener malos resultados”. (O)

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