Punto de vista

La atención centrada en la persona da bienestar y mejor calidad de vida

- 21 de Enero de 2017 - 00:00

Es un enfoque que se enmarca en una ética de máximos, es decir, propone modelos de cuidados que buscan la excelencia. Desde esta forma de entender la atención se aboga por el respeto a la intimidad desde la revalorización de la diferencia y desde la empatía ante la subjetividad de cada persona.

En otras palabras, no solo se trata de garantizar su protección (como derecho jurídico de obligado cumplimiento) sino también de comprometerse con modos de estar y hacer que permitan un acercamiento personalizado y cálido cuando se entra en la intimidad de cada persona (de hecho, la mayoría de los momentos y aspectos del cuidado).

El trato cálido implica cuidar a través de una interacción personal que busca el bienestar de la otra persona, que esta se sienta estimada desde la escucha, la cercanía y el respeto a su singularidad y a sus preferencias.

El trato cálido es un elemento de enorme importancia en las atenciones o intervenciones que entran de lleno en la intimidad de las personas, ante los momentos de mayor vulnerabilidad en los que estas pueden sentirse invadidas, amenazadas, incómodas, apresuradas, avergonzadas o humilladas.

Un trato cálido, y por tanto, siempre personalizado, previene el malestar y el sufrimiento. Incluye tanto los aspectos de comunicación verbal como no verbal y se ejercita a través del desarrollo de las diversas actitudes profesionales como son la empatía, la consideración positiva, la autenticidad y la aceptación incondicional.

Proteger la intimidad se convierte, por tanto, en una obligación para  las entidades, instituciones y  profesionales que dispensan cuidados. No puede considerarse un criterio negociable. Además, el trato cálido debe ser un elemento esencial en la buena praxis profesional, un objetivo que debería de estar siempre presente en los planes que buscan la mejora de la calidad asistencial.

Sin embargo, en la realidad y atención cotidiana de quienes precisan cuidados de larga duración, todavía existen muchas lagunas en relación a la intimidad de las personas y aún más en cuanto al logro de un trato personalizado y cálido. Se precisa avanzar hacia una nueva cultura en los cuidados, basados en la autonomía, la interdependencia y la intimidad, comprendiendo sus relaciones e implicaciones. Resulta especialmente importante sensibilizar sobre la necesaria protección de la intimidad en las personas con demencia, derecho que con frecuencia se vulnera desde la alienante consideración de que “no se enteran...”. Es imprescindible la reflexión/formación sobre los elementos y pautas que favorecen una buena praxis. Es indispensable un nuevo diseño de centros en los que existan tanto espacios comunes facilitadores de la interacción social como espacios privados donde sea posible el recogimiento, la actividad en solitario o mantener relaciones interpersonales de carácter íntimo.

Quiero acabar esta entrada con un comentario sobre una ignorada y, a mi juicio, enorme carencia de los centros residenciales de personas mayores españoles: la escasísima disponibilidad de habitaciones individuales. Déficit que se justifica, y por tanto se consiente, desde la planificación y provisión de servicios bajo argumentos economicistas. ¿Debemos seguir considerando inevitable, y por tanto aceptando, la obligada convivencia en habitaciones compartidas en los centros residenciales?
Las habitaciones deben ser concebidas y planteadas como espacios privados de vida donde las personas puedan estar solas si así lo desean (para descansar, llorar, reír, mantener relaciones íntimas, o hacer lo que a cada cual le apetezca…).

No podemos seguir alimentando la idea de que tener un espacio de vida privado sea un lujo. Responde a una necesidad humana y, en el contexto residencial, supone una condición indispensable para el ejercicio de un derecho legalmente reconocido. Algo habrá que hacer.

Por lo menos, de momento, no pasar por alto esta insuficiencia y tener claro que las residencias que no contemplen estos espacios de vida privada y de libertad, aunque cuenten con las autorizaciones pertinentes, no pueden ser reconocidas como recursos de calidad, lo que todavía hoy sucede al amparo de distintas normativas de acreditación y de certificaciones de calidad. (I)

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