Viernes, 14 Octubre 2016 00:00 Punto de vista

Intolerancia y aceptación

Claudio Campos, entrenador de fútbol

Vivimos tiempos donde el orgullo de un sacrificio ya no vale nada y lo que realmente importa es llegar aunque sea sin saber cómo. Cuando el balón comenzó a dejar sus primeras huellas en el mundo, sin lugar a dudas circulaba por momentos diferentes a los actuales y eso nos lleva a comprender ciertas cosas, pero no a aceptar nuestra cruda realidad que pisotea cualquier ilusión. Aquellos primeros soñadores disfrutaban un juego que les exigía, ante todo, mucho respeto por las formas y la búsqueda incansable de la belleza para el agrado del que honraba con su tiempo observando a un grupo de jugadores batirse dentro de un campo de juego. Sin ir muy lejos, puedo revisar en mis retinas muchos partidos de fútbol y revivir los aplausos que generaba  un futbolista cuando tiraba un taco como recurso, aunque no tuviera un buen destino; y ni hablar si alguno se atrevía a hacer fintas sobre la pelota intentando sacarse de encima al rival. En nuestra actualidad se exige practicidad, jugar fácil e intentar finalizar lo más rápido posible la jugada; situación que no está mal porque el balompié evolucionó y solicita obligaciones que no eran recurrentes, pero que en algún punto desvió el real sentido de este juego que por sobre todas las cosas se engendró inconscientemente para entretener y divertir aparte de también ganar. Los entrenadores de aquellas épocas se adueñaban del equipo y solo rendían cuentas al club una vez finalizado el torneo, porque seguramente en los análisis generales se revisaban también las intenciones y su grado de obtención, coyuntura que hoy es muy extraño ver, salvo proyectos muy consolidados que están llenos de paciencia y convicción. La pregunta que me hago cada vez que pasan los torneos es: ¿Para qué se participa?, ¿solo para ganar? ¿Ganar qué?, la respuesta más normal puede recaer en decir dinero, y sumar estrellas al honor del club, pero si en definitiva observamos qué es lo importante de esta pasión que no hace más que expresar nuestros propios sentimientos desde una manera distinta, es que no hay satisfacción más grande que sentirse identificado y bien representado por una idea que con mucho trajinar se intente plasmar con futbolistas que sepan interpretar por sobre todas las cosas la cultura de cada escudo. Y partiendo de esa premisa respetar algo fundamental, que es la propia historia. El fútbol está perdiendo magia y se encamina a un encasillamiento cruel, como es solo pensar en el resultado sin valorar algo más determinante, como son las intenciones y respeto al juego que todo equipo debe ostentar. La vorágine diaria de pensar que no salir campeón es un fracaso de a poco nos insertó como verdad absoluta que no es digno el que pierde en su ley y que puede ser valioso el que gana sin importar la manera, demostrando mucha intolerancia al juego y una enorme aceptación al resultado. No voy a pecar de ingenuo y no reconocer que, como todo orden de la vida, se realizan sacrificios para procurar ganar, pero tampoco evado la responsabilidad de cómo quiero acercarme a ese logro, porque con total seguridad puedo entender que aquellos que han obtenido resultados positivos, abrazados de la fortuna y la suerte, cuando se revisan en las imágenes no se sienten orgullosos, sino que más bien ingresan en un gran vacío  que se produce en su interior por la casualidad de lo que les tocó conseguir. Para poner ejemplos tangibles, debemos ser honestos y aceptar que este juego seduce a propios y extraños cuando es respetado por aquellos ejecutantes que primero se divierten y transmiten esa cualidad, asumiendo que el don con el que nacieron lo deben utilizar para llenar de satisfacción al exigente público y después a ellos mismos, con herramientas genuinas que persigan siempre la belleza que demanda un deporte que, de a poco, lamentablemente por las crueles exigencias de la actualidad, solo reconoce a los ganadores, cuando en realidad no debería ser así. (O)

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