Punto de vista

El eje de la confrontación vuelve a estar en el Pacífico

- 21 de noviembre de 2016 - 00:00

Uno de los cambios visibles de Estados Unidos en esta nueva etapa de su historia que comenzará el próximo 20 de enero de 2017, día en que Donald Trump asumirá la presidencia nacional, es una progresiva reconfiguración de su propia área de influencia como potencia global con capacidad de acción en cualquier lugar del mundo. No debe llamar la atención, por lo tanto, que de acuerdo a sus propios intereses nacionales (que también pueden corresponderse con las ambiciones de sus principales empresas y corporaciones), Estados Unidos redibuje los límites de su amplio espacio de dominio, no para recortarlo o reducirlo, sino para potenciar su propia capacidad como actor hegemónico.

Un ejemplo claro de este rediseño imperial lo tenemos en el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP, por su sigla en inglés), un ‘megatratado’ diseñado desde Estados Unidos para impulsar el libre comercio entre Asia, Oceanía y América pero, al mismo tiempo, para brindar una malla de contención a China, la principal economía de toda esta amplia región y, por estas horas, también de todo el mundo. Los países organizados en torno al TPP son actualmente 12 y se encuentran en ambas costas del Pacífico: Canadá, Estados Unidos, México, Perú y Chile, desde el lado americano; Brunei, Japón, Malasia, Singapur, Vietnam, Australia y Nueva Zelanda del lado asiático y oceánico.

Luego de años de discusiones donde primó el secretismo, finalmente el tratado constitutivo fue firmado el 4 de febrero de 2016 para su aprobación por los gobiernos y parlamentos de los Estados miembros.

Según el presidente electo, y más allá de todas las ayudas económicas realizadas, Estados Unidos no puede afrontar la competitividad de los obreros de países como Japón, Malasia y Singapur, una de las razones que explica su triunfo entre aquellos trabajadores industriales precarizados por una crisis económica que el todavía presidente Obama no fue capaz de revertir.

Sin embargo, otra razón, aquella que no se menciona públicamente, pero que está en el ojo del futuro gobierno republicano, tiene que ver estrictamente con la geopolítica del Pacífico, un área en disputa creciente entre Estados Unidos y China, pero en el que de manera progresiva aparecen también otros actores, de influencia creciente (y también, intencionalmente aislados del TPP), como Rusia e incluso la India.

El área del Pacífico se convierte de este modo en un escenario altamente complejo para un país como Estados Unidos, que históricamente ha construido su poderío como actor hegemónico en el escenario del océano Atlántico, marcado hasta mediados del siglo XX por su rivalidad con las potencias europeas
(Gran Bretaña, Francia y finalmente Alemania) y durante la segunda mitad del pasado siglo, por su guerra en ciernes con la Unión Soviética.

Las actuales disputas territoriales en el estratégico Mar Meridional de la China, entre este país y Filipinas; el histórico conflicto entre Rusia y Japón, aliado de Estados Unidos, por la soberanía de las islas Kuriles, reclamadas por ambos países desde el fin de la Segunda Guerra Mundial; la tensión creciente ente Japón y China por la soberanía de las islas Senkaku (según el primer país) o Diaoyu (de acuerdo al segundo); o bien la compleja coyuntura planteada por Corea del Norte, en su pretensión por convertirse en un actor de peso nuclear en el Pacífico norte, aún bajo el riesgo de un conflicto con consecuencias impredecibles, plantean un escenario nada sencillo para obtener la victoria en la pelea por conseguir la hegemonía del Pacífico.

En la búsqueda de aliados comerciales y eventualmente también políticos, no resulta extraña, en este sentido, la actual visita del presidente chino Xi Jinping a Ecuador, y su posterior gira por Perú (en el cierre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico-APEC) y finalmente por Chile. De igual modo, tampoco llama la atención el reciente pedido del primer ministro australiano, Malcolm Turnbull, a Donald Trump para que Estados Unidos preserve la ‘Pax americana’ en esta región.

En definitiva, se trata de una confrontación creciente, y al mismo tiempo envolvente, y en la que cada vez más actores tomarán parte para inclinar la balanza a favor de uno o de otro hegemón. (O)

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