Martes, 15 Noviembre 2016 00:00 Punto de vista

Punto de vista

Donald Trump y el jingoísmo del siglo XXI

Daniel Kersffeld. Analista político internacional

Más allá del resultado sorpresivo de las últimas elecciones presidenciales de Estados Unidos y de las antipatías y rechazos que Donald Trump pueda llegar a generar en torno a sus postulados frente a las minorías o los pueblos latinoamericanos o, sencillamente, de todo aquel que pueda ser diferente del modelo WASP (White, Anglo-Saxon and Protestant), una cosa es segura: su predicamento no es nada nuevo, sino que, por el contrario, está anclado en lo más profundo de la historia norteamericana. Trump sería, en este sentido, el último y más acabado representante de la corriente “jingoísta”, una expresión de ideas de clara raigambre imperialista, surgida en pleno siglo XIX en momentos que Gran Bretaña y luego también Estados Unidos comenzaban a rivalizar en términos de expansionismo y de ocupación de nuevas áreas y territorios a nivel mundial.

El jingoísmo, como ideología extrema del patrioterismo, el imperialismo y el racismo tuvo varios exponentes en Estados Unidos, particularmente en las filas del Partido Republicano y bajo la inspiración de la Doctrina Monroe (“América para los americanos”) expresada por primera vez a fines de 1823. En 1885 el filósofo e historiador John Fiske dio a conocer su clásica obra Manifest Destiny en donde planteaba que Estados Unidos conseguiría expandirse no gracias a su potencial bélico y económico, sino a su superior condición humana, situación que al mismo tiempo los convertía en responsables morales de aquellos pueblos inferiores (como los latinoamericanos) a ser conquistados. En ese mismo año también era publicado el popular ensayo Our Country, del secretario general de la Alianza Evangélica, Josiah Strong, quien predecía la formación de un gobierno imperialista bajo la égida anglosajona y cristiana.

Por su parte, el historiador Frederick Jackson Turner supuso hacia 1893 que la causa de la debilidad relativa de Estados Unidos tenía una raíz económica vinculada a un problema de falta de espacio territorial, por lo que esta nación se vería en la obligación de extender su frontera hacia otros confines.

A partir del historiador Howard Zinn y de su clásico libro La otra historia de los Estados Unidos, podemos notar la existencia de otros “profetas” de la época como Henry Watterson, John Burguess, Charles Denby y Brooks Adams, quienes plantearon la inevitabilidad del expansionismo norteamericano unido a una capacidad redentora y salvadora de los más altos valores de la humanidad.

Por otra parte, y mientras que el senador por Indiana, Albert Beverige, aseguraba que, por gracia divina, su patria era directamente responsable del destino de la humanidad (“el comercio mundial debe ser nuestro y lo será”), Henry Cabot Lodge, historiador y presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, dejaba en claro que si las grandes naciones estaban apropiándose de todos los “terrenos baldíos”, Estados Unidos no debía salirse de esa línea.

A su vez, John Hay, secretario de Estado entre 1898 y 1905, opinaba que cuando el expansionismo “llega a una región rica en posibilidades, pero improductiva debido a la incapacidad o negligencia de aquellos que la dirigen, la raza o sistema incompetente caerá, como la raza inferior siempre ha caído y desaparecido ante el ataque del superior”. De igual modo, los presidentes William McKinley (1897-1901) y Theodore Roosevelt (1901-1909), ambos del Partido Republicano, eran representantes de un jingoísmo cuasi religioso, con sus ambiciones patrióticas por convertir a Estados Unidos en una potencia global, más allá incluso de la esfera americana: así, el primero llegó a afirmar que la bandera estadounidense era la “esperanza de los oprimidos” en cualquier sitio del mundo, en tanto que el segundo confesó su deseo de “ver a Estados Unidos como el poder dominante en los litorales del océano Pacífico”.

Más de un siglo pasaron desde entonces, período en el que exgobernantes republicanos como William H. Taft (1909-1913), Warren Harding (1921-1923), Calvin Coolidge (1923-1929) y Herbert Hoover (1929-1933) retomaron distintos aspectos del jingoísmo clásico para hacer valer la expansión creciente de  Estados Unidos en las primeras décadas del siglo XX. Posteriormente, presidentes también republicanos como Dwight Eisenhower (1953-1961), Richard Nixon (1969-1974), Gerald Ford (1974-1977), Ronald Reagan (1981-1989) y George H. W. Bush (1989-1991) sentaron las bases de la Guerra Fría y de la competencia descarnada con la Unión Soviética hasta su implosión en 1991. Finalmente, George Walker Bush (2001-2009) se convirtió en el primer mandatario republicano en gobernar Estados Unidos como una única potencia hegemónica a nivel global, generando en su función renovados conflictos en Oriente Medio y la oposición de buena parte de las naciones latinoamericanas.  

Hoy, con Donald Trump (2017-2021) un nuevo jingoísmo, más agresivo y más frontal, ha tomado cuerpo en Estados Unidos: resta por ver cómo se manifiesta en estos tiempos de oscuridad e incertidumbre, pero también de máxima alerta y resistencia. (O)

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