Jueves, 24 Agosto 2017 00:00 Punto de vista

Punto de vista

¿Cómo y para qué se fundaban pueblos en América? 1646

Pedro Reino Garcés, historiador/cronista oficial de Ambato

Suponiendo que en un régimen de derecho se respetan las disposiciones y los acuerdos legislables, habría que pensar que la fundación de pueblos tenía una normativa regular. Pero saber que la colonia fue un régimen no solo monárquico y jerárquico, sino autárquico por esencia, es una verdad encubierta modernamente. Diremos que también fue una estructura mágica, mítica, sublimizada y deificada en extremo. Esto nos da la medida de la herencia que tenemos, de ser pueblos donde las leyes se acatan pero no se cumplen.

Los primeros momentos de la colonia tienen un indicador constante: se fundaban pueblos por un interés denunciativo de controlar territorios por parte de la audacia manejada por la ambición desmedida de inversionistas en guerras de conquistas. De ahí la lucha fratricida entre ‘adelantados’, como en el caso de Almagro, Alvarado, Benalcázar, Orellana, Ramírez Dávalos, y muchos otros ligados a nuestro memorial historizado. Todos estos están deificados, inmortalizados y patentados a la gloria por nuestra moral enajenada que tiene miedo de quedarse en una orfandad de pasado, según piensan los mestizos que hemos heredado un laberinto de traumas.

Hay dos caminos para los fundadores: uno es dar categoría de pueblo hispano a un poblado indígena que previamente había sido destruido, o que acababa de estar humeante o en cenizas. Un segundo camino es fundar un pueblo sin ni siquiera haber pisado su territorio ni haber conocido su suelo. Se fundaron pueblos ‘de oídas’. Este es el caso de las fundaciones de los Santiagos de Quito y Guayaquil, por competencia burocrática. Tal vez podamos mencionar un tercer camino que será resultante de una segunda instancia un tanto más sosegada a las primeras ambiciones. Aquí estaría la fundación de pueblos de segunda categoría, como los asientos y tenientazgos, que pudieron haber sido hechos con trazado en lugares donde nada existía de huella indígena; aunque también, y con mayores frecuencias, estos asientos fueron la ratificación de la existencia previa de los núcleos vernáculos.

En este caso estarían los pueblos de Tungurahua de primera instancia, como Mocha y Hambato; y luego  los llamados pueblos fundados por don Antonio de Clavijo, que para nuestro caso son Quero, Tisaleo, Quisapincha, Pelileo, etc. En realidad no fundaron nada, sino que establecieron puntos de administración para emplear a, llamémoslo así, los empresarios de las conquistas. Es más, no importaba mucho lo que iban a ganar, sino el rango que necesitaban como respaldo para explotar a los indígenas.

La fundación de pueblos tenía una categoría netamente burocrática, porque necesitaban emplear a la gente de su ‘empresa dominadora’, nombrando tenientes, alférez, corregidores, doctrineros, entre otros. Había que  legalizar la usurpación de las tierras y los bienes de los indios vencidos. En un pueblo fundado a la manera castellana se asignaban solares de privilegio, en entornos a plazas mayores, a iglesias, a casas de cabildo, etc. Se disponía de solares de segunda categoría para el pueblo llano y hasta para indígenas que fueron necesarios para que dichos núcleos se conviertan en los llamados asentamientos.

En un libro escrito por Reyes Fernández Durán, que para nosotros pareciera ser una juntura de apellidos, pero que se trata de una mujer doctorada en la Universidad Complutense de Madrid, quien en 2011 ha publicado “La corona española y el tráfico de negros”, encuentro citado a su vez a un autor llamado Domínguez Ortiz y a su libro: Política y hacienda de Felipe IV. Ahí se dice “el asiento era un contrato individual o colectivo, suscrito por uno o varios asentistas por el que se comprometían a entregar una determinada cantidad de dinero a la corona, en el lugar y para el propósito que se determinase durante un año, el pago se escalonaba en mesadas y al Consejo de Hacienda competía la elaboración de estos contratos. Los asentistas eran los financieros de la corona.” No en vano, muchos documentos que he revisado en la zona centro andina ecuatoriana, se fijan a los asentistas y los montos con que contribuían a la Real Hacienda.

En todo caso, la misma palabra está ligada a fijar el vínculo de la esclavitud de negros, así como la fijación de una territorialidad. (O)

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