Sábado, 19 Noviembre 2016 00:00 Palabra Mayor

Mirar el envejecimiento de manera positiva permite vivir con plenitud

Reunirse con amigos, hacer deportes y romper la rutina contribuyen a mejorar la calidad de vida.
Reunirse con amigos, hacer deportes y romper la rutina contribuyen a mejorar la calidad de vida. Foto: Fernando Sandoval / El Telégrafo

La autoestima en los adultos mayores facilita tener mejores relaciones, autoconfianza y aceptar nuevos retos sin miedo al fracaso.

Palabra Mayor / gerontogeriatria.org

Aprender a envejecer es la tarea que corresponde a todo ser humano, al igual que aceptar los cambios físicos que se experimentan a medida que transcurre el tiempo.  

Mucho depende de cómo se mire o se supone que será nuestra vejez para que esta etapa se viva con plenitud o relegado en una habitación.

Cuando se llega a ser un adulto mayor, en muchos casos se pasa a tener una reducida autonomía y autoconfianza, lo que puede llevar a tener una autoestima baja.

Es necesario -señalan los especialistas- sentirse a gusto consigo mismo y con las personas que están a nuestro alrededor. Esto permitirá tener mejores relaciones y aceptar nuevos retos sin miedo a fracasar.

El envejecimiento lleva asociados cambios físicos que implican un proceso de adaptación psicológica a la nueva imagen personal.

En este sentido, no dejar de lado el cuidado del aspecto físico con el paso de los años refuerza la identidad y trabaja la autoestima, lo que incide de manera positiva en la salud y en la calidad de vida, tal y como indican los especialistas de Sanitas Mayores, organización española que ofrece servicios especializados para los adultos mayores.

Prestar atención adecuada al aspecto físico potencia la autoestima y refuerza la identidad del mayor. Y es que, tal y como afirma el doctor David Curto, jefe de Gestión Asistencial de Sanitas Mayores: “Los cánones de belleza de la sociedad, muy ligados a la imagen de juventud, no ayudan a aceptar los cambios en la imagen producto de los años. Es fundamental no infravalorar la importancia de sentirse bien a todas las edades. Dedicar atención y tiempo al aspecto físico ayuda a verse mejor, a quererse más y a asumir mejor estos cambios”.

Además, el cuidado de la imagen personal comprende tanto elementos de estética como hábitos de salud e higiene personal como la higiene bucal, la hidratación de la piel, la ducha diaria o el cuidado del cabello, que afectan de manera directa a la imagen personal.

“La manera de vestir, el peinado o, en el caso de las mujeres, el maquillaje contribuyen a la imagen total, incluso pueden darnos pistas para interpretar el estado de ánimo”, apunta el doctor Curto.

En este sentido, continuar dedicando tiempo a uno mismo a través del cuidado de la imagen personal mejora -además- la autoestima, refuerza la identidad, potencia la capacidad de observación y promueve la interacción social.

“Es importante no abandonarse, quererse y aceptarse a cualquier edad y asumir con naturalidad el paso de los años. El continuar con el cuidado rutinario de la imagen ayuda a esa aceptación, lo que evita caer en la desgana y por tanto redunda en una mejor salud psíquica”, afirma el jefe de Gestión Asistencial de Sanitas Mayores.

En el ámbito residencial se debe “facilitar a los profesionales, familiares y usuarios las estrategias y herramientas adecuadas para mejorar la idea que se tiene de uno mismo y la valoración que se hace de esta. Los recursos son amplios: desde un simple consejo a la hora de vestir hasta programas de actividad física, un taller de maquillaje o servicios de peluquería”, explica Curto.

En el caso de aquellas personas en las que el autocuidado no es posible y precisan de la ayuda de otras para realizar las actividades de la vida diaria, los responsables de su atención directa -tanto familiares como profesionales- asumen un papel clave. En este punto, el cuidado de la imagen se realiza desde la perspectiva de ayudar a mantener, en la medida de lo posible, la autonomía de la persona. Respetar la privacidad y establecer rutinas para los hábitos de higiene diaria o para vestirse son otras dos pautas que ayudarán en esta labor.

“Es importante no olvidar que la imagen es el primer reflejo físico de nuestra personalidad, por lo que es importante fomentar la autonomía de elección, incluso en personas dependientes. Por ejemplo, la ropa -uno de los elementos que más influyen en la imagen personal- expresa mucho acerca de la persona. Casi todos los pacientes con demencia tienen dificultades para vestirse; en este caso habría que incorporar a los necesarios criterios funcionales, criterios que también ayuden a estas personas a sentirse bien con su aspecto”, señala el doctor Curto.

Potenciar la autonomía es fundamental en todas las etapas de la vida y más en la vejez. Cuando los familiares piensan que no somos capaces de realizar alguna actividad o de mejorar en algo, acaban dándonos más ayuda de la que necesitamos, haciéndonos más dependientes de lo que somos.

“Las personas adultas mayores  no deben conformarse con ello, aunque al principio pueda ser cómoda esa situación, es totalmente perjudicial”. (I)

La vejez, más que un problema, una oportunidad

El fenómeno del crecimiento explosivo del colectivo social al que se ha dado en llamar la tercera edad promete colocarse al frente de las modas temáticas culturales en el transcurso de los 25 próximos años.

Se trata de un fenómeno mundial y queda claro que no se circunscribe a los países desarrollados. En lugares como Brasil, México o China, ya se citan anticipos de un panorama demográfico que hace variar aceleradamente la llamada pirámide poblacional.

En Argentina, el Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía (Celade) de la Cepal calcula que para 2050 los mayores de 60 años serán el 25,3% de la población.

Este aumento se contrastará con la evolución del rango etario de 0 a 14 años, que será superado en número por los mayores de 60 a partir de 2035, según una publicación de La Nación.

En Ecuador se aproximará al 10% de la población total, es decir, más de 4’000.000 de personas mayores de 65 años. Las razones de este fenómeno parecen obvias: una esperanza de vida en ascenso aliada con unos índices de natalidad cada vez más bajos.

Hace años el tema ha abierto camino en los estudios sociales y económicos. Sin embargo, podemos afirmar que aún no se ha tomado conciencia exacta de la urgencia con la que debe ser encarado por los gobiernos, en respuesta a su real dimensión demográfica y, por lo tanto, sus efectos políticos, sociales y económicos.

No se trata de la llegada de una catástrofe ni mucho menos, sin embargo, sí representa y requiere un profundo cambio en la forma de pensar la sociedad, la familia y la educación. Unas pocas pautas pueden ayudar a emitir criterios eficaces a la hora de investigar el tema y, sobre todo, tomar decisiones tanto a nivel de las empresas como del Gobierno.

Existe la urgencia de encarar y resolver una situación que anteriormente nunca se había planteado en ninguna parte del mundo. Si bien ya se iniciaron investigaciones sobre la naturaleza y los cambios que implica este fenómeno de los hábitos de consumo y educación, y sobre la oferta de todo tipo de servicios inmateriales, aún resultan en extremo insuficientes.

Es recomendable intentar definirlo con seriedad y profundidad para colocarlo en un contexto realista, luego poder diseñar una respuesta adecuada que redunde en un incremento del bienestar general.

La sociedad en su conjunto debe tomar conciencia de que está en juego la asimilación oportuna de una segura situación, que si se encara con tiempo, prudencia y realismo, puede pasar de ser un problema a convertirse en una oportunidad.

El adulto mayor debe dejar de aparecer en la sociedad meramente como un jubilado o un consumidor pasivo, para adoptar una función que permita aprovechar y disfrutar de su experiencia y sabiduría.

Por otro lado, la capacidad de trabajo y de reflexión ya no se difumina cuando la persona transita su sexta década, sino más cerca de los 70-75 años. Todo lo contrario, esta es la edad de la reflexión y el consejo, de la invalorable transmisión de la sabiduría.

La familia es tradicionalmente un factor importante para apoyar a las personas mayores y la buena disposición existe, pero lo que a menudo está ausente es el conjunto de ideas, prácticas, actividades manuales y deportivas que pueden contribuir a posicionar a la persona mayor en este rol de transmisión de su conocimiento, que conlleva una vida inmensamente feliz. (I)

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Viernes, 18 Noviembre 2016 22:43

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