Viernes, 30 Diciembre 2016 00:00 Justicia

Un fallo errado de un tribunal de EE.UU. llevó a un inocente a morir en la silla eléctrica

Un fallo errado de un tribunal de EE.UU. llevó  a un inocente a morir en la silla eléctrica

Jesse Tafero fue electrocutado en 1990, en Raiford, estado de Florida. Este caso generó la oposición a la pena de muerte. Hoy la decisión del jurado tiene que ser unánime para imponer esta condena.

Redacción Justicia

La pena de muerte, conocida como pena capital, existe en Estados Unidos desde antes de la independencia. Al momento se ejecuta en 31 estados y también a nivel federal en los sistemas legales civiles y militares, pero tiene limitaciones establecidas en la Octava Enmienda de la Constitución. Florida cuenta con más ejecuciones, pero Texas tiene el liderazgo.

La mañana del 20 de febrero de 1976 transcurría en el condado de Broward, Florida. Una patrulla de caminos cumplía con su rutinario recorrido con dos policías a bordo del carro, cuando en una parada de tráfico vieron un vehículo estacionado y decidieron acercarse para constatar que todo estaba en orden.

El vehículo tenía cinco ocupantes, el conductor Walter Rhodes, los esposos Jesse Tafero y Sonia Jacobs con sus dos hijos, uno de 9 años y otro de 10 meses de edad. Los policías Phillip Black y el canadiense Donald Irwin, un visitante de Ontario y amigo de Black, caminaron en dirección al automóvil estacionado y notaron que algunos dormían plácidamente. Ellos los despertaron y le pidieron al conductor que saliera del automotor.

Todo estaba bien hasta que uno de los uniformados, Black, vio en el piso del carro un arma y el escenario cambió. Se produjeron disparos y los policías perdieron la vida; las circunstancias se volvieron confusas. Quién disparó fue el dilema a resolver. Surgieron hipótesis y la verdad se enredó en los hechos.

Resulta que Tafero estuvo en prisión, a los 20 años, por intento de robo y delitos contra la naturaleza, y había salido momentáneamente del penal con libertad condicional. El arma estaba registrada a nombre de  Jacobs, quien la había comprado a petición de su cónyuge porque él no podía tener armamento o volvería a prisión.

Acusaciones entre sí

Las acusaciones mutuas entre Rhodes y Tafero no se hicieron esperar una vez que fueron detenidos: uno decía que el otro había disparado y el peso mayor de la justicia le cayó a Tafero por su situación legal y porque el arma era de su cónyuge.

Las huellas dactilares de Rhodes y de Tafero estaban en el arma y, según el exconvicto, Rhodes se la había entregado para conducir y desaparecer de la escena, tesis que el otro desechó. La huida fue novelesca: lo hicieron en la unidad policial y después se deshicieron del vehículo, secuestraron a un hombre y lo despojaron de su automóvil para continuar el escape.

En un control de carretera fueron detenidos los tres adultos. El arma estaba en el cinturón de Tafero. Las pruebas científicas arrojaron más oscuridad al asunto. Rhodes tenía residuos de pólvora compatibles con quien había disparado, pero Tafero también; además, en Jacobs y el hijo de 9 años se detectó un cuadro de residuos en menor medida.

“Estaba en el lugar equivocado, en el momento equivocado”, le repetía Jacobs a los investigadores y afirmaba que fue el amigo de su esposo, quien tomó el arma y disparó. Ella lo acusó de esto y de un pacto macabro con el fiscal del caso para involucrar a ambos en el proceso penal. La pareja recibió pena de muerte y Rhodes fue a prisión porque llegó  a un acuerdo con la Fiscalía y así logró una sentencia reducida de asesinato en segundo grado.

En el juicio, Rhodes declaró que Jacobs disparó primero desde el asiento trasero, luego Tafero tomó el arma y mató a los dos agentes; después se retractó de su testimonio en tres ocasiones, en 1977, 1979 y 1982, indicando que él ejecutó a los policías, pero finalmente volvió a su testimonio original. Tafero y Jacobs continuaron su relación a través de cartas. Ella aprendió yoga para pasar el tiempo y enseñó esta disciplina a las otras prisioneras.

Ejecución en silla eléctrica

Jesse Tafero fue electrocutado en 1990 en Raiford, estado de Florida. La escena fue terrorífica porque el rostro del acusado se quemó al desencadenarse un problema técnico en la máquina. Usar una esponja sintética en lugar de una esponja de mar -necesaria para proporcionar  mayor conductividad y una muerte rápida- llevó a los verdugos a intentar la ejecución por tres ocasiones, siendo la última la que produjo la muerte del acusado luego de siete minutos tortuosos.

La ejecución de Tafero conmocionó la conciencia de Rhodes, que declaró la verdad: él fue quien mató a Black y a Irwin.

El caso se convirtió en una causa célebre que levantó a miles de oponentes contra la pena capital, y peor aún con los agravantes de ejecutar a un inocente en una acción brutal en donde la justicia erró con consecuencias nefastas.

Condenas para Jacobs y Rhodes

Aunque el jurado había recomendado cadena perpetua para Sonia Jacobs, el juez Daniel Futch, conocido como ‘Máximo Dan’ por su reputación de sentencias duras, impuso la pena de muerte.

Ella, que estaba en una pequeña celda de una prisión de Florida, cargó esa cruz durante cinco años, pues cambió su condena a cadena perpetua y en 1992 quedó libre.
Rhodes salió de la cárcel en 1994, primero con libertad condicional por buena conducta.

Los niños de  la pareja Tafero quedaron al cuidado de los padres de Sonia hasta que murieron  en un accidente de aviación en 1982 y allí se separaron siguiendo caminos distintos.  

Las vueltas del destino llevaron a Sonia Jacobs a enamorarse de Peter Pringle, un irlandés que estaba sentenciado a muerte (le pondrían una cuerda alrededor del cuello para terminar con su vida porque también se lo acusaba de la muerte de dos policías, pero resultó inocente, al igual que Tafero). Se conocieron cuando ambos disfrutaban de una segunda libertad y se casaron en 2011. Ahora son activistas contra la pena de muerte. (I)

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