Martes, 08 Noviembre 2016 00:00 Justicia

En la biblioteca de la cárcel resaltan los cuentos creados por privados de libertad

Los cuentos son cortos y guardan mensajes positivos sobre la amistad, los miedos, la familia, entre otros temas.
Los cuentos son cortos y guardan mensajes positivos sobre la amistad, los miedos, la familia, entre otros temas. Foto: William Orellana / El Telégrafo

Uno de los internos era periodista deportivo en Colombia. El narcotráfico lo llevó tras las rejas, pero aprovechó el tiempo para ‘montar’ un programa de radio desde su celda y destacar como escritor.

Karla Naranjo Álvarez

El gato Cachirulo permanecía escondido en una bota. Carlos y su hermano no querían que su madre los descubriera, pues tenían prohibido llevar animales a casa.  Los niños educaron al minino y la dedicación persuadió a la progenitora para dejarlo ser parte de la familia.

Más de 30 años han pasado. Carlos Llerena convirtió a su mascota de la infancia en la protagonista de un relato ‘El Gato Casanova’ escrito en su celda, en el Centro de Rehabilitación Social Regional de Guayas, donde se realizó el proyecto ‘Cuentos de Libertad’.

“Yo me parecía mucho a Cachirulo, pues tenía una vida desordenada. Él andaba de techo en techo, así como yo al serle infiel a mi esposa. Por vivir así terminé preso, pues me acusaron de una violación”.

El privado de la libertad es licenciado en Educación y mantuvo una relación con una alumna y otras mujeres más.

El hombre -de frente amplia y nariz larga sobre la cual reposan anteojos- toma su cuento impreso en un colorido pliego adornado con ilustraciones y pasea su mirada por los párrafos que ha leído incontables veces. En el último de ellos se detiene, roza el papel y lee la idea principal: Cuántas veces, por reír un poquito hoy se llora mañana.

Los surcos de su rostro se acentuaron en la cárcel, donde hace cinco años pasa sus días y noches, sus insomnios, penurias, dolores y sobre todo sus reflexiones. Aún no alcanza ni la mitad de su condena, pero no se desanima; en cambio se consuela con lo aprendido. “Yo creo que si esto no me pasaba nunca hubiera cambiado”.

Carlos está sentado en un pupitre de madera en la Biblioteca acomodada en la planta alta del área educativa del pabellón de mínima seguridad. Las estanterías están repletas de libros, mapas, dibujos.

El aula tiene ventanales enrejados desde donde se divisan las áreas en las que los presos se capacitan en el ámbito laboral o se recrean con música y deportes.

También se observan los pabellones de mediana y máxima seguridad. Cada edificación parece calcada.

El bello silbido de Michelle

Gabriel Moreira confiesa que su obra favorita es ‘El Gato Casanova’ y luego la que él escribió: ‘El bello silbido de Michelle’. Así inscribió a su hija hace ocho años, pero en la obra es una bebé de un año y siete meses. “Yo trabajaba y hacía mis cosas... robaba”, confiesa.

“Cuando nació Michelle ya no quería hacerlo más. Salía a ‘taxear’ y cuando pasaba por la casa le silbaba, siempre a la misma hora”. Gabriel enriquece su narración reproduciendo el sonido que impulsaba a su hija a asomarse por el balcón. La escena se repetía cada tarde.

“Cuando caí preso ella se enfermó. Mi esposa me decía que parecía que moriría. Luego de 18 días la volví a ver y ella identificó mi silbido”.

Seis años y tres meses transcurrieron desde aquel día y Michelle sigue visitando a su padre para contarle todo. “Aún me faltan diez años para tener una vida normal con ella. Todo fue por el dinero”, se reprocha.

Jean Carlos Arteaga, de 37 años, describe la celda en la que habita hace seis años como un lugar donde se experimenta la soledad, la angustia y la verdadera reflexión. El joven también se inspiró en sus vástagos al escribir el ‘Jardín de la esperanza’. “Cada emoción la uso para meditar. La cárcel no deja de ser cárcel. Dios me da esperanza”.

El miedo es peligroso

El polaco Mariusz Jacek Bembnowski es el más alto de los siete internos que escribieron los cuentos. Su piel es blanca y sus ojos azules parecen volverse grises. En su narración ‘El bosque perdido’ se refiere a la superación de los miedos.

Desde hace cuatro años está privado de su libertad. En ese entonces no sabía español, las únicas palabras que conocía eran: buenos días y te quiero. “A veces nos dejamos arrastrar por los miedos generados por raíces del pasado. Eso influye en todo lo que hacemos”. Mariusz recuperará su libertad en menos de un año y no quiere volver a Polonia. Su vida y su amor están en Ecuador.

Guido Antón espera en otro pupitre su turno para hablar acerca de su obra ‘El reloj de arena’, en la que expone el valor de la amistad. Advierte que le gusta hablar bastante, casi tanto como escribir. Conversa rápidamente y sin trastabillar. Por momentos bromea: -¿Estoy hablando mucho?

En la mesa abre un cuadernillo. Las frases lucen apretadas entre las líneas. Para diferenciar una historia de otra pinta los títulos con resaltador. “Tengo más de 200 historias cortas”.

El interno, de 39 años, cumple una condena por tentativa de asesinato, pero no comenta detalles.  Guido no tuvo una madre ni un padre. “Me dicen que soy la vergüenza de la familia, pero no lo soy. Dios me dio identidad. Soy capaz y talentoso”.

Una radio desde la celda

Germán Ocampo es el más risueño del grupo. La mayor parte de su cabello es blanco, sus ojos cafés claros y sus mejillas coloreadas de rojo. El ritmo de su voz delata que es colombiano. Cuenta que en su país fue periodista deportivo y en uno de sus viajes a Ecuador se dejó convencer de transportar droga. Paga una condena de ocho años de privación de libertad.

El periodismo no lo dejó fuera de su vida y lo practicó en el pabellón de máxima seguridad; entre internos que han cometido los delitos más graves. A diferencia de las otras áreas donde hay cuatro internos por habitáculos en este régimen hay máximo dos personas.

Germán creó un programa radial nocturno. No tenía un estudio, ni un micrófono, pero sí una potente voz que hacía eco desde las 19:00 hasta las 21:30 los martes, jueves y sábado. “Contaba historias de la vida real, otras eran de novelas y otras me tocaba inventármelas. También hacíamos concursos”.

Él escribió la obra fantasiosa ‘El circo de Cristal’. “Escribir para los niños es más difícil que para los adultos”, asegura.  Mientras espera su ansiada excarcelación disfruta el hecho de que él y sus compañeros fueron premiados por escribir las obras, que estando libres nunca hubieran hecho. (I)

Datos

Privados de libertad escribieron relatos que no superan las dos páginas como parte del proyecto ‘Cuentos de libertad’ realizado en el  Centro Rehabilitación Regional Guayas.

Los internos fueron capacitados en técnicas narrativas durante un mes. Las historias basadas en vivencias personales fueron el factor común. Solo uno de los autores se dejó llevar por la fantasía.

El proyecto, en el que participaron el Ministerio de Justicia, la agencia Publicitas, Urbanofilms y Paperbook, fue nominado a los premios Effie Awards, los galardones de mayor relevancia en la industria del marketing y la publicidad.

‘Cuentos de libertad’ fue premiado con plata en las categorías ‘Sin fines de lucro’ y ‘Relaciones publicas’. Un interno dijo sentirse como el futbolista Messi recibiendo el ‘Balón de Oro’. (I)

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