Martes, 27 Septiembre 2016 00:00 Justicia

'Elquin' tiene la oportunidad de resarcir los daños causados sin internamiento

Los menores que cumplen las sanciones son reingresados al sistema educativo, pues es uno de sus derechos.
Los menores que cumplen las sanciones son reingresados al sistema educativo, pues es uno de sus derechos. Foto: Cortesía

Las medidas no privativas de libertad son: amonestación (llamado de atención), servicio comunitario, imposición de reglas de conducta, orientación y apoyo psico-socio-familiar y libertad asistida.

Redacción Justicia

La vida de ‘Elquin’ cambió luego de que los policías lo descubrieron vendiendo drogas en una esquina del cantón Durán. El adolescente tiene 17 años y las marcas en su piel le recuerdan que no ha pasado mucho tiempo desde que dejó de contaminar su cuerpo con marihuana y ‘H’, elaborada con residuos de heroína y otros químicos perjudiciales. Su rostro está lleno de carachas, al igual que sus brazos. ‘Elquin’ rememora que con sus manos se despellejaba. “Me caía en pedazos”.

Cada miércoles, el muchacho y otros menores asisten a charlas psicológicas en el Centro Integral de Seguridad (CIS), en la vía Samborondón, en el cantón del mismo nombre. Esta es una de las cinco medidas socioeducativas no privativas de la libertad que pueden ser dictadas a los menores; es decir que no son asilados en alguno de los 11 centros de adolescentes infractores que funcionan en Ecuador.

Cinco medidas alternativas

502 adolescentes del país cumplen estas disposiciones que pueden ser: servicio a la comunidad, amonestación (llamado de atención), imposición de reglas de conducta, orientación y apoyo psico-socio-familiar y libertad asistida. El juez precisa el tiempo y puede disponer más de una opción. De acuerdo con cifras del Ministerio de Justicia, Derechos Humanos y Cultos, el 80% está reinsertado.

Narcisa Barona, líder de la Unidad Zonal de Desarrollo Integral (UZDI) de la Zona 8, que comprende los cantones Guayaquil, Durán y Samborondón, explicó que las medidas tienen como objetivo que los chicos asuman su responsabilidad por el delito cometido, reparen los daños causados y a la vez que sean restituidos sus derechos.

“Por ejemplo, cuando identificamos que un adolescente no está estudiando, lo insertamos en el área educativa y le hacemos un seguimiento pidiendo su boleta de calificaciones. Ellos saben que si incumplen su obligación pueden cambiarles las medidas por otras más severas”.

Lo primero que los adolescentes aprenden es la importancia de las reglas, el respeto a la sociedad, los deberes y derechos que tienen. “Tenemos un porcentaje mínimo de reincidencia. Desde hace dos años que empezó el trabajo de la unidad recibimos 599 menores y menos de 1% recayó”.

Barona especificó que las infracciones más comunes son robos, peleas en las calles y colegios, manejar motos y tricimotos y -en mínimo porcentaje- venta de droga.

El cambio de ‘Elquin’

“Era tremendo. No le hacía caso a nadie. Era consumidor de drogas y eso me arrastró a robar, a comportarme mal con mis padres, ni siquiera los saludaba.

Las personas con las que me llevaba ya no querían hablar conmigo”. Esta es la quinta vez que ‘Elquin’ asiste a las charlas psicológicas y siente que ha aprendido más que toda su vida.

“Mis padres sí me enseñaban, me explicaban lo que me podía pasar. Mi madre lloraba, me mostraba fotos de cómo era yo antes de estar en el vicio. Era un buen estudiante, tenía excelentes calificaciones, pero hasta el colegio lo dejé. Pasaba en la calle desde las 07:00 hasta las 23:00, drogándome y vendiendo la droga. Me perdí en el tiempo, no sabía qué día era, qué mes, ni qué hora”.

‘Elquin’ regresó al aula del tercer año donde ve a sus compañeros inhalando estupefacientes. Aseguró que después de todo lo que sufrió está decidido a no caer, pero es consciente de que no puede ‘torear’ a su fuerza de voluntad y prefiere no compartir con las personas que están en el vicio. “Solo hola y chao”.

Los amigos de su infancia lo volvieron a incluir en los ‘peloteos’ y lo mejor es que ya puede correr sin sentir que va a perder la vida ahogado por agitarse. Sus padres establecieron nuevas reglas en casa y ahora las cumple; además, su hermano menor también dejó la adicción luego de que él le contara lo duro que fue pasar el ‘mono’ (así denominan al síndrome de abstinencia) lejos de su familia y encerrado en el Centro de Adolescentes Infractores (CAI). “Recuperaron la confianza en nosotros. Hasta nos compraron una máquina de videojuegos. Antes hubiera sido imposible, porque todo vendíamos para conseguir la droga”.

Vínculos de padres e hijos

Máximo acompaña a su hijo ‘Carlos’ a las charlas y sin quejarse. Pues desde la primera vez que acudieron juntos, hace seis semanas, siente que hubo cambios.

“A mí me acerca a él y él siente mi apoyo. Le digo que el delito lo cometió él, pero que parte de la culpa recae en mí por descuidarlo. Lo abandoné de bebé y lo conocí cuando cumplió 10 años. Como padre aprendo mucho de cosas que dejaba escapar, como la importancia de la relación con Dios”.

‘Carlos’ tenía buenas calificaciones y obedecía a sus padres, al menos eso parecía. En la calle conoció a jóvenes que andaban en malos pasos y no supo decir que no a la hora de ser seducido con dinero fácil y vanidades.

Un día fue descubierto cometiendo un delito que su padre prefirió no revelar, pero -aseguró- no tenía ninguna relación con el consumo de drogas. “Salió en la prensa y quería que la tierra me tragara. Mi niño se había metido en un gran problema y yo lo desconocía, yo no lo había educado así. En la calle nuestros hijos son muy vulnerables. Es una gran idea que les den otra oportunidad sin estar encerrados”. (I)

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