El taller de los collantes abrió en 1958

Madera y romanticismo para crear mesas de billar

- 07 de octubre de 2017 - 00:00
El local acoge a Moisés Castro, un venezolano que a más de aprender trabaja para traer a su familia a Ecuador.
Foto: César Muñoz / EL TELÉGRAFO

La actividad es de lunes a viernes. Los sábados es día de entregas de los juegos de salón de antaño.

El olor a madera fina es perceptible en el taller de los hermanos Francisco y Eduardo Collantes. Ellos son de los pocos y tal vez de los últimos artesanos en los que sobreviven los saberes de crear juegos de salón.

La actividad se desarrolla casi con el mismo estilo que se tenía a finales de los años 50, en la época en que los futbolines eran el pasatiempo preferido.

De aquella época -donde los pedidos de mesas de billar, pipón, futbolines y trompos no daban tregua a las herramientas y manos de los artistas- solo han quedado unas fotos colgadas sobre el escritorio de Francisco, quien asumió el rol de director del taller, instalado desde hace 12 años en las calles Noguchi y Brasil, centro sur de la urbe porteña.

En este proceso de creación el romanticismo sí existe y es el motor que mantiene vivo el legado de Ernesto Collantes, progenitor de Francisco, quien resalta los orígenes ambateños de su padre y el “eterno” idilio con el Guayaquil antiguo, el de madera con clavos de herreros.

El tiempo es imparable y el negocio ha perdido espacio ante las importaciones y falta de promoción de estas actividades de antaño, cree Francisco Collantes.  

Esta situación ha causado que las ventas mensuales de hace algunos años -que se redondeaban entre ocho y diez mesas de billar- queden reducidas a unas dos o tres cada 30 días y con algo de suerte, agrega.

Esto obligó a diversificar la oferta del taller que logró productos como: pasamanos, mesas de comedor, molduras, duelas, puertas, etc., sin olvidar su fuerte: las mesas de billar.    

En Ecuador el tablero de billar tiene su propia medida, 2 metros con 34 centímetros de largo por 1 metro 44 centímetros de ancho, algo que sin razón aparente se empezó a manejar a nivel nacional.

Los costos por una mesa de billar nacional eran hasta hace poco tiempo de $ 1.500, pero para tener trabajo y ganancias se las comercializa en $ 1.200. En otros países como Colombia y Perú se usa el tamaño estándar internacional o las de competencia que alcanzan valores de hasta $ 15.000. Estas elaboraciones contienen materiales importados.

Francisco, de 51 año, reflexiona sobre la importancia de tener políticas de conservación para las maderas nobles y finas que suelen usar como: cedro, amarillo, roble; por esa razón, empezó a reciclar en las casas antiguas de la ciudad que son derribadas, lo que muchos consideran desperdicios pero que tienen unos 150 a 200 años.

“El tiempo nos dio satisfacciones con aquellas mesas que hizo mi padre y las que hemos mantenimiento, eso habla de la calidad de cada producto que logramos”, refiere.

Francisco de manera intrínseca cumple con el adagio en casa de herrero, cuchillo de palo. “A pesar de mi pasión, no poseo espacio para tener una mesa de billar en mi casa, una pena”, menciona.

A un costado permanece Eduardo Collantes, el otro heredero que por los años y algunos problemas de salud ha dejado el peso de cortar y martillar la madera por el de laquear y manejar el torno.  

El hombre camina despacio y recuerda a su padre, con quien empezó a trabajar antes de poner su propio taller  que prefirió dejar para unirse a su hermano.

Eduardo refiere que Guayaquil y la vía a Samborondón son los sitios donde más compran mesas de billar, mientras que para la Sierra lo que más se suele despachar son futbolines que alcanzan los $ 500, con la garantía de más de 50 años dedicados a estas actividades.

“Si el cliente no tiene experiencia se da unas clases y se prueba la mesa como se hizo con los campeones de antaño: Galo Legarda y José Viteri, quienes compraron en este negocio”.  

Para Eduardo tener niños cerca del taller es ideal para su otro amor, los trompos de madera que se venden según el tamaño entre $ 2 y $ 3.

La tradición dura con estos artesanos que imparten sus conocimientos sin reservas ni egoísmos al que quiera aprender. (I)

Eduardo Collantes confecciona trompos, un pasatiempo que genera más risas en niños que dinero. Las mesas de billar pesan en promedio unas 600 libras. Foto: Cesar Muñoz / EL TELÉGRAFO

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