Jueves, 13 Octubre 2016 00:00 Guayaquil

Joel, el peluquero que impuso su estilo desde los años 70

Joel, el peluquero que impuso su estilo desde los años 70
Jorge Escobar, estudiante de la UCSG

Había terminado la escuela pero las urgencias económicas le impidieron a su padre financiar sus estudios en el colegio. Eso lo obligó a abandonar la humilde parroquia Borrero, en Azogues, capital de la provincia del Cañar, para buscar otros  rumbos  en la gran ciudad, a donde llegó con 14 años y acompañado por Homero, uno de sus 2 hermanos mayores que ya estaban residiendo en Guayaquil. “Fue  duro para mí, me acuerdo de que el puente de la Unidad Nacional todavía no se había terminado y nos dijeron: ‘bueno señores, llegamos en carro y ahora sí a la gabarra’. Yo veía tremendo río y me preguntaba si era verdad que llegaríamos”, recordó Joel Pinos, quien arribó en 1968 a Guayaquil.

Luego se dirigieron a la casa de Nelson, el mayor de los hermanos Pinos. Era una vivienda de construcción mixta ubicada en las calles Chimborazo y Cuenca, donde su cuñada los invitó a almorzar un cebiche de camarón. “Yo nunca en mi vida había visto un cebiche de camarón”. El objetivo medular del viaje era ayudar a sus padres que ya no tenían para los gastos básicos, a veces ni para la comida: “mi papá trabajaba 6 meses en el ingenio San Carlos y los siguientes 6 meses lo mandaban a la casa, entonces no había ingresos, por eso vine”.

Ya instalado empezó a aprender el oficio porque abajo de la vivienda su tío, Octavio Avendaño, tenía una peluquería donde sus hermanos aprendieron a cortar el cabello.  

“Después Nelson compró el negocio y de ahí durante 2 meses me pasé clavado viendo cómo hacía porque así se aprendía en esa época, mirando lo que estaban haciendo y de vez en cuando sacando filo a las tijeras y navajas”, narra.

No fue una imposición de los clientes sino de su conciencia. Dos meses después su hermano le dijo: “bueno pues, ya es hora de que te lances”, y lo hizo un día a las 18:00 cuando llegó un joven al que le advirtió que le iba a cortar gratis.

“Mi hermano dijo que le había quedado bien y el cliente salió satisfecho, yo estaba contento porque me di cuenta de que podía hacer bien mi trabajo. No le cobré porque estaba aprendiendo, le corté 6 veces gratis”. Luego empezó a afeitar. Un señor salió beneficiado por algunos meses: “le hice la barba 50 veces gratis porque mi interés era practicar”. Meses más tarde se quedó trabajando solo.  

“Entonces ya me gustó porque empecé a ganar dinero y a ayudar a mis papás. No puedo decir que la vida ha sido tan dura, pero este oficio demanda de mucha fortaleza porque se trabaja de pie”. (I)

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