Sábado, 30 Septiembre 2017 00:00 Guayaquil

El payaso, un artista de la alegría que resiste al paso del tiempo

Los payasos Luis Lorenzo, ’Sombrerito’, y Emilio Plaza, ’Toffy’, esperan clientes en las calles Santa Elena y Luque.
Los payasos Luis Lorenzo, ’Sombrerito’, y Emilio Plaza, ’Toffy’, esperan clientes en las calles Santa Elena y Luque. Foto: César Muñoz para El Telégrafo

Boyacá y Clemente Ballén son las calles del centro de Guayaquil en las que nació la payasada. Ahí se congregan estos artistas a ofrecer sus servicios.

Redacción País Adentro

La recompensa económica de su profesión está basada en la alegría ajena; de esa manera se podría resumir el diario andar de los payasos de las calles Boyacá y Clemente Ballén o de los que se ubican en los alrededores del Mercado Central, en Lorenzo de Garaycoa y Aguirre, centro de Guayaquil.   

“La época dorada pasó”, dijo Vicente Muñoz Palacios, primer presidente de la Asociación de Payasos del Ecuador (APE), creada el 11 de julio de 1979. Con los años, la agrupación se dividió por provincias.

‘Garabato’ es el nombre artístico del hombre que frecuenta las calles Boyacá y Aguirre, lo que antes se conocía como la Feria del Juguete La Raspa. El lugar logró fama por albergar en la década del setenta, mesas de madera con juguetes a la venta, siendo la meca de los payasos hasta los años 80.

Esto originó la aparición de los payasos, que fueron encausados en las tablas del teatro y la alegría ajena por la chilena María Teresa Baeza. “Ella nos enseñó que al final queda la satisfacción de una sonrisa”, dice Palacios.

El hombre, de 62 años, se para con un colorido álbum lleno de fotos y recuerdos de los años en que viajar fuera de Guayaquil era común y bien remunerado.

“Tengo seis hijos adultos. Uno de ellos trabaja conmigo pero cuando los fines de semana queda libre de la empresa en la que labora”.

Su vida está hecha en el sur de Guayaquil, en la cooperativa 17 de Septiembre, Fragata. Allí, ‘Trampolín’, su hijo menor, perfeccionó lo que fue su ilusión juvenil.

“Ahora la vida me golpeó con fuerza pero siempre la recibí con una sonrisa pintada en la cara como cuando me contrataron para una fiesta infantil aniñada. Ese día mi madre falleció 30 minutos antes de iniciar el evento. Los que estamos en esto sabemos que el show debe continuar”, afirma ‘Garabato’.

El precio de un espectáculo con un profesional de la “alegría” es de $ 70, que se lo puede negociar hasta en unos $ 50. Todo dependerá del cliente o si en la semana es el primer trabajo que se concreta.

En la actualidad “la competencia es feroz”, dice Palacios, al referirse que hay parvularias ofreciendo -en las redes sociales- espectáculos a bajos costos al que adicionan actos como hora loca, bailes, karaoke, etc.

‘Rasputín’ es otro asociado al medio artístico. Él sube a los buses urbanos de la misma zona donde la  payasada mantiene sus tradiciones en las instalaciones de su asociación, en el centro de la urbe.

El hombre recita de memoria la “Poesía del Payaso”, con la que asegura identificarse aunque reconoce que la canción del mexicano Javier Solís, ‘Payaso’, también suena con fuerza entre sus añejos compañeros de profesión.

Freddy Ruiz asegura que no paga pasaje por frecuentar la línea 45. Los conductores suelen parar el automotor para invitarlo a subir y así ofrecer su espectáculo pagado por unas monedas que al  final del día suman entre $ 20 y $ 25.

Sus locuras son la esencia de un niño inspirado por ocurrencias y llevado a un ‘mundo’ poco apreciado, pero que hasta hace años era requerido con desesperación.

La payasada se ha multiplicado a nivel nacional mientras estos artistas frecuentan los negocios de venta de piñatas, caramelos y globos, donde sus talentos para hacer reír son apreciados y remunerados. (I)

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