Análisis

Moreno sube el tono, la crisis de AP se agudiza, el desenlace se acerca

| 30 de Septiembre de 2017 - 22:30

Rafael Correa destapó el cofre pestilente del regionalismo sin medir sus efectos. Su afán de explicar “lo increíble” del trago amargo que digiere a cuentagotas (junto con ciertos militantes “duros” de Alianza PAIS, AP) llegó tarde y mal. Los hechos se imponen. El expresidente descendió de la mayoría a la minoría dentro de AP, movimiento que meses atrás lo situó como su líder vitalicio.

Increíble, de verdad, lo que vive el país este momento de desenlace político, cuando se proyecta el nuevo mapa político en la era neocorreísta y nadie tiene claro el devenir. En palabras del viejo Churchill: en tan corto tiempo han pasado tantas cosas, que afectaron a tantos dirigentes que estuvieron tan imbuidos de tanta grandeza...

Antes del 24 de mayo de 2017 era impensable un Lenín Moreno alzando la voz, pronunciando un discurso duro, denunciador y crítico. Su mensaje, en el “espíritu de la Constitución de Montecristi”, fue un misil dirigido al seno de AP, movimiento que arrastra sus propias cadenas, entre el espejismo político del momento (unidad en la diversidad) y la crudeza de la 'realpolitik' (fractura estructural atizada por la corrupción).

Este 30 de septiembre, Moreno subió los decibeles e hizo 'clic' con el reloj político. Ahí calzaron tiempo y espacio, evidenciando su estrategia de no dar puntada sin dedal. Al tiempo que se dirigió a la conciencia de las bases de AP, el Jefe de Estado señaló con el dedo y rompió irremediablemente con el expresidente Correa. De paso, puso su grano de arena para sepultar políticamente a Jorge Glas. Audaz jugada política a tres bandas de Moreno.

Esta grave ruptura estaba dada y no era noticia nueva. El detalle radica en el momento, el lugar, el contenido y el contexto. El sábado, Moreno giró radicalmente en Montecristi, cuando una facción de AP recordó en Quito las horas aciagas de Correa 7 años atrás. Ahí, la línea dura de AP habló de los valores éticos de la revolución ciudadana, de la década ganada, del peligro que representa la traición a los principios ideológicos de AP, etc. Pero los símbolos políticos cuentan tanto como los mensajes. Desde Manabí, Moreno acusó ese mismo día -emblemático en la historia de AP- a quienes, a título de revolución, han cometido fechorías, se alzaron con fondos públicos y hoy enfrentan graves problemas con la Justicia.

En este escenario de tensiones y denuncias, ¿dónde calza la enésima ratificación de lealtad de Correa a favor de quien ostenta el cargo de Vicepresidente sin funciones, quien, en la víspera se puso como protagonista de la “segunda hoguera bárbara” que supuestamente se prepara contra él?

Colocados en las antípodas, Moreno el presidente, y Correa el expresidente, los 2 personifican la dialéctica política ecuatoriana del momento. El primero, como Jefe de Estado, lleva la iniciativa y marca la línea del debate. El segundo, como político influyente y 'autoexiliado', reacciona, ataca, obstaculiza. El primero suma fuerzas; el segundo ve diluirse su capital político.

El discurso de Moreno tiene cada vez mayor onda expansiva y se afianza en la denuncia contra la corrupción que cada día muestra capítulos trágicos y costosos para el erario nacional. La tendencia le favorece. En cambio, el discurso de Correa, reactivo desde hace 4 meses, va un paso atrás, a veces salpicado de frases, citas y datos en clave de descalificación permanente. Moreno gana fuerza en la acción, Correa se desgasta en la reacción.

La crisis de AP se acerca a la hora de los hornos. Es decir, se avecina otro ajetreo político dentro y fuera del movimiento, alcanzará a varias instancias estatales y tendrá trascendencia nacional e internacional. La idea del bloque único se disipa a paso acelerado y los demonios de la ruptura acechan. Ya nada será como antes. Los 30 de septiembre se han vuelto un karma para AP. (O)