Viernes, 25 Agosto 2017 19:00 Política

Análisis

Los transportistas ‘despertaron’ y castigan a Quito. ¿Qué hay detrás?

Redacción Política

“La guerra de los cuatro reales” (abril, 1978), aquella célebre movilización social que alcanzó ribetes de rebelión popular cuando caía el telón de la dictadura militar, es un hito de hasta dónde puede escalar el problema (¿siempre irresoluto?) de las tarifas del transporte urbano en la capital ecuatoriana.

Ayer, el escenario fue básicamente el mismo -Quito-, sin embargo, la naturaleza del problema mutó y las proporciones se dispararon. Quito sufrió un duro castigo por la decisión unilateral de “la clase del volante”, que exige el alza del pasaje, sin asumir compromisos reales en cuanto a la mejora de los servicios que ofrece, ni responsabilidades tangibles para mejorar la seguridad del usuario.

Los dirigentes del transporte urbano son, hoy por hoy, la contraparte de un contrato social que privilegia su exigencia, mientras ponen a las autoridades contra las cuerdas y les obligan a decidir ante los hechos consumados. Es la táctica de siempre, pero también -curioso esto- es la táctica que se descongela luego de una década en que los transportistas lograron, por la vía de las concesiones directas de los poderes central y local, lo que antes conquistaban en las calles con el alza de los pasajes urbanos.

En cualquier caso, más allá del juego de tácticas y estrategias políticas, terreno que los dirigentes del transporte se conocen de memoria, la que paga los platos rotos es la población de la capital y de sus zonas aledañas. No puede ignorarse que Quito, en efecto, está ante un problema colectivo de envergadura: alrededor de 3 millones de personas se quedaron desde ayer sin transporte público y nadie sabe cuándo ni cómo terminará la medida de hecho.

Todo esto ocurre mientras el Alcalde de Quito tampoco cuaja una respuesta sólida ni estructural, y prefiere patear la pelota para adelante, en su afán de comprar tiempo, justamente cuando ese factor político merma su radio de maniobra.

El actual servicio del transporte urbano de la capital se sustenta en un viejo modelo de negocio que muestra profundas fisuras estructurales y castiga siempre al usuario.

Ante esto, el parche colocado por los gobiernos centrales y municipales apenas sirve para prolongar la agonía, no para sanar al enfermo. Se dirá que se vislumbra la salida estructural (el metro); hasta tanto, alguien debe ponerse la camiseta de la ciudad y evitar que sea castigada. (O)

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