Análisis

Correa desempolva un viejo fantasma: el regionalismo político

- 24 de septiembre de 2017 - 08:52

Rafael Correa es un político de respuesta rápida, verbo torrentoso, pausa ocasional, micrófono potente. Al combinar estos recursos mediáticos, en general, desata el vendaval y sus interlocutores sucumben. A guisa de ejemplo, recuérdese lo que ocurrió con la periodista española “Anita” Pastor. Lo más reciente acaba de pasar hace pocas horas en Bogotá, con Rafael Pardo, director de la revista Semana.

Durante 26 minutos, el ex presidente habló del presidente ecuatoriano y del de EE.UU. Rememoró a su manera la figura de Fidel Castro. Abordó las crisis políticas brasileña y venezolana. Se refirió al caso de corrupción regional Odebrecht. Destacó el ejemplo de sociedad que representa Uruguay…

Entre tanto temas, Correa proyectó uno de particular interés para la sociedad ecuatoriana: las causas de la actual crisis política del movimiento gobernante Alianza PAÍS (AP), de la cual él es uno de los líderes históricos. Interés y atención son relevantes, porque el ex presidente hizo una lectura preocupante y lesiva para el país del porqué de su ruptura con el Jefe de Estado, Lenín Moreno: el factor regional, el regionalismo abierto y puro que se creía superado o en vías de extinción, precisamente durante la década en que él gobernó el Ecuador.

Ante la pregunta del periodista -“¿Cómo explicar lo que ha ocurrido?”- es decir, al ser consultado sobre cuáles son las razones de su ruptura con el actual presidente, estas fueron las palabras de Correa: “Para analizar la política ecuatoriana no puede limitarse al eje ideológico izquierda-derecha; hay otro eje muy marcado: Sierra-Costa (…) Siempre ha habido un grupo muy centralista, que nos trata despectivamente como ‘los monos ladrones, ignorantes’, que cree que todo debe dominarse desde Quito, etc., que estaba muy resentido, porque desde hace 10 años un costeño estaba en la presidencia. Y esa dimensión regional es sumamente importante; probablemente más importante que la dimensión ideológica”.

Esta sorprendente lectura no se queda ahí. El ex mandatario reveló que “esto se agravó –ahora uno cabos- en el 2013, cuando mi vicepresidente aquel entonces, Lenín Moreno, después de 6 años, dice ‘yo no quiero ya participar’ –él es de la Sierra, nació en la Amazonia pero toda la vida vivió en Quito-, y yo propongo como candidato a la vicepresidencia a Jorge Glas, que también era de la Costa, pero los dos vivíamos en Quito. ¡No se imagina la presión que tuve: ‘que cómo es posible, se rompe el equilibrio regional…’. Qué equilibrio regional, somos un solo país; la mitad de la lista nacional (de AP) era de Quito, por favor”.

En ese momento, por confesión propia, Correa sacó a escena a otro personaje: “Yo nombré a Jorge Glas porque necesitaba quien impulse los sectores estratégicos (hidroeléctricas, petróleo, refinería, multipropósitos, etc.), que era la nueva etapa que yo anuncié en la campaña del 2013 que tenía que seguir el país. Eso nunca me lo perdonaron, lo tenían muy guardado. Por eso, desde el inicio odiaron a Jorge Glas; me odiaban a mi pero no tenían justificación. Hasta que aparecieron casos de corrupción y ya justificaron su odio. (Hoy) todos somos corruptos, hay que ‘descorreizar’ al país, hay que perseguirnos por todos los medios, entonces todo se justifica… Ahí hay parte de la explicación, pero lo que ha pasado es increíble”.

Si lo que ha pasado en Ecuador en estos 4 meses resulta increíble para Correa, no menos increíble resulta su explicación regionalista sobre la crisis política dentro de AP. De ahí la derivación práctica de su lectura: “No voy a permitir que esta gente, con la traición, arrase con todo lo logrado; no voy a permitir que se juegue con nuestra reputación; somos gente honesta, íntegra; a nivel internacional tengo reputación”. La trilogía de su estrategia es clara: atacar a Lenín Moreno por el lado de la “deslealtad, la mediocridad, la inmoralidad”, ya que el actual gobierno puso “nuestra cabeza en bandeja de plata para la prensa”.

Despejadas las dudas, ahora sí, lo que viene es cosa de tiempo. (O)

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