Jueves, 04 Mayo 2017 00:00 Columnistas

Historias de la vida y del ajedrez

Travestis caribeños, ecuatorianos, africanos…

A la izquierda, la más grande, es una leona con melena. A su lado, un macho. Derecha: pez mero que se convierte en hembra al cumplir los diez años.
A la izquierda, la más grande, es una leona con melena. A su lado, un macho. Derecha: pez mero que se convierte en hembra al cumplir los diez años. Fotos: Internet
Ramiro Díez

Conocí a un travesti. Parecía un payaso disfrazado para el más extravagante carnaval. Su piel era rosada, con franjas azules y amarillas, y con lunares rojos en todo su cuerpo. De repente, aquel personaje, como en un acto de magia, perdió todos los colores, su cuerpo se cubrió de un marrón oscuro y empezó a poner huevos.

Ese travesti medía apenas 40 centímetros y tras un minuto volvió a ser el macho lleno de colorines, se acercó a los huevos y los bañó con su esperma para fecundarlos. Ese transexual era un serranellus, pez que mide unos 40 centímetros y que habita las aguas cálidas del Caribe. Si está solo, solo se reproduce. Si encuentra un macho, se convierte en hembra, o al contrario. Por suerte los moralistas no hacen mucho buceo, porque acabarían con todos ellos.

Acá en Ecuador también tenemos otro travesti, aunque no tan bello. Mide hasta un metro y es de aspecto corpulento, con un rostro feroz que no inspira mucha confianza. Y es perseguido por su carne: es el pez mero, que habita nuestro mar, aunque también se encuentra en lugares tan distantes como el Mediterráneo.

Nuestros meros nacen todos machos. ¿Y las hembras, entonces? Cuando el mero va envejeciendo, poco antes de los 10 años, ya con gran tamaño, se convierte en hembra capaz de almacenar muchos huevos para garantizar la reproducción. Por eso los pececitos cuentan el chiste de dos meros hembras, ya viejas, que se encuentran y recuerdan cuando eran jóvenes y muy machos.

Si bajo las aguas existe alguna doctrina animal que rija la moral de los peces, esto, sin duda, debe causar escándalo. Lo mismo está sucediendo en África, en Botswana.

Allí, en ese país africano, a los leones, reyes de la selva, les nació la competencia. Varias leonas se están portando como machos. Ahora rugen como leones, marcan territorio con sus orines, tienen melena, matan a los críos de las otras leonas, como solo lo hacen los machos para aparearse, a la vez se quieren aparear con otras leonas y ya no cazan, porque las únicas que cazan son las hembras.

A los científicos esto no los escandaliza como a los moralistas, pero sí los preocupa porque quieren conocer las causas del cambio. Y no es la primera vez. En un zoo de Suráfrica una leona desarrolló melena y se comportaba como león. Un análisis demostró que tenía –por supuesto– niveles altos de testosterona y que nada tenía que ver ni con el pecado ni con la perdición de su alma. Pero quieren conocer, sin condenarla, la razón de estos cambios y coincidencias.

En ajedrez, al único que se condena es al que no sabe lo que pasa.

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