Jueves, 05 Octubre 2017 00:00 Columnistas

Historias de la vida y del ajedrez

¿Qué se esconde en ese huevo?

Izq: Derek Simmons y su esposa Jessica, iniciadores de la cadena solidaria. Der: vista parcial de la cadena que salvó a nueve personas.
Izq: Derek Simmons y su esposa Jessica, iniciadores de la cadena solidaria. Der: vista parcial de la cadena que salvó a nueve personas. Fotos: Internet
Ramiro Díez

Dos acontecimientos, uno de odio y otro de amor, se han dado casi en forma simultánea. El de odio y locura es noticia internacional. El de amor y solidaridad, nadie lo conoce ni menciona, aunque ambos sucedieron en el mismo país, no lejos ni en el tiempo ni en la distancia.

El primero, el de Las Vegas, vuelve a estremecer al mundo. Un millonario de 65 años, sin problemas aparentes, con meses de antelación, decidió convertir un concierto en  una pesadilla. Y lo logró, antes de suicidarse. Dejó 60 muertos y más de 500 heridos. Una noticia más que pronto será borrada por otra, con su respectiva carga de dolor.

Días atrás, no lejos de allí, una tarde soleada permitió a los seres humanos mostrar lo mejor de nosotros. Derek Simmons estaba en la playa, con su esposa, cuando descubrió que la gente, arremolinada, miraba hacia el mar. Pensó que era un tiburón y se acercó, curioso. Pero era más temible.  El mar, caprichoso, originó una resaca que se tragaba a nueve personas, entre ellas a una familia de seis, que incluía a dos niños y a una abuela de 67 años.

El grupo sabía nadar pero los esfuerzos eran inútiles. Cada vez más, el mar los alejaba de la playa y todos estarían ahogados en minutos. Sin pensarlo, Simmons empezó a gritar para formar una cadena humana y se adentró en el mar, tomado de la mano de su esposa Jessica. Uno a uno, se fueron sumando voluntarios rescatistas que conformaron una cadena humana de ochenta personas que se adentró más de cien metros en el mar de olas encrespadas. Al final, Derek y su esposa se soltaron de la cadena, avanzaron más, y cuando llegaron hasta la mujer de 67 años, ya había sufrido un ataque al corazón, tragaba agua, y estaba casi inconsciente.  En un momento  pensaron que había muerto.

Pero la llevaron hasta la cadena humana y así, empujón tras empujón, la abuela alcanzó la playa donde la recibió una ambulancia. La mujer sobrevivió. Y de idéntica manera salvaron a las nueve personas.

Eso es el ser humano. Se trepa a un bombardero o a un piso alto, sin razón alguna, para matar a personas que no conoce, o arriesga la vida por otras personas a las que tampoco conoce.

Ya lo decía un poeta: “¿Quién me dirá si un huevo es de torcaz o víbora? La mente no sabe leer lo que en el tiempo asoma. El hombre, como el huevo, en nidos de dolor será serpiente, y en nidos de piedad será paloma.”

Eso es lo terrible del ajedrez. Que no existen almas de paloma. Por suerte es solo un juego.

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