Historias de la vida y del ajedrez

Estos son, los que espían con pasión…

- 21 de septiembre de 2017 - 00:00
Izq: Sigmund Rosenblum, que intentó asesinar a Lenin. Centro: Mata Hari: víctima de sus dobles juegos. Derecha: El más grande de todos los espías: Joan Pujol, agente británico, que engañó a Hitler, y a su servicio de inteligencia, cuantas veces quiso.
Fotos: Internet

Los espías no siempre tienen final feliz.

Uno fue el ruso Sigmund Rosenblum, conocido por sus gastos extravagantes, por mentiroso, fanfarrón y mujeriego, se considera inspirador del famoso 007. Era un tipo capaz de cualquier cosa. Conspiró para asesinar a Lenin, pero fracasó en su intento. Luego intentó derrocar al régimen soviético, pero esta vez fue capturado y fusilado enseguida.

Otra inolvidable fue Gertrudis Zeller, conocida como Mata Hari, mitómana holandesa que se decía bailarina oriental, con una insaciable pasión por los uniformes militares. Así que el escenario de la Primera Guerra Mundial, le sirvió para que ella misma se creyera el papel de espía en contra de los alemanes que le entregaban información intrascendente a cambio de sus dotes amatorias.

Mientras tanto, militares franceses que recibían grandes sumas de dinero para, supuestamente pagar a Mata Hari sus informes, le tendieron una trampa, la acusaron de ser agente de los alemanes, la fusilaron una madrugada de septiembre y así no tuvieron que rendir cuentas de todo el dinero que se habían robado con el cuento de los pagos a la “espía alemana.”

Pero el mejor de todos fue Joan Pujol, un catalán, agente doble, que engañó a Hitler y a su servicio de inteligencia cuantas veces quiso, al punto que fue condecorado por el Fürher mientras era, en verdad, agente del servicio británico. Pujol creó una red imaginaria de colaboradores nazis en Europa y, cuando algo salía mal para los alemanes, él mismo se encargaba de supuestamente matar al agente que nunca había existido, diciendo que por haber fallecido no había podido informar a tiempo, y publicaba notas luctuosas en periódicos locales, que los alemanes daban por ciertas. En más de una ocasión, Hitler envió dinero para compensar a la viuda y a los huérfanos de su agente muerto en servicio.

Al final, Pujol simuló su propia muerte y llegó agazapado, como migrante anónimo, a un pueblecito venezolano donde montó una tiendecita de barrio, como cualquier vecino. Alguna vez, un escritor hizo un descubrimiento de novela: el famoso espía doble vivía en Venezuela y el gobierno británico, jubiloso, lo invitó a Londres para condecorarlo. Era el año de 1984 y la Guerra Mundial ya estaba lejos.

En fin: eran otros tiempos, otros personajes, otros espías que se jugaban la vida y que se recuerdan, con algo de nostalgia, por la calidad de sus acciones, por el brillo de sus inteligencias.

En el mundo del ajedrez no hay espías. Todos, desde el rey hasta el peón, se sabe a qué bando pertenecen y que han nacido para matar.

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