Jueves, 17 Noviembre 2016 00:00 Columnistas

Historias de la vida y del ajedrez

Cuidado: La metamorfosis del rebaño

Cuidado: La metamorfosis del rebaño
Ramiro Díez

Cuentan de 7 amigos en un show de strep-tease: seis de ellos miraban a las mujeres ligeras de ropa, mientras el otro solo observaba a sus compañeros. No, era homosexual, sino psicólogo Y está bien mirarnos con más frecuencia. El otro siempre es un espejo que sirve para conocernos.

Un experimento para ver cómo somos, se realizó en la Universidad de Stanford. Allí eligieron a 24 estudiantes considerados de personalidad estable y cero conflictiva, para jugar a “Presos y Carceleros”. Los que tuvieron la mala suerte de ser presos, fueron detenidos por la policía en sus hogares, delante de los vecinos, en distintos lugares, y fueron esposados, les tomaron fotos y huellas dactilares, los despojaron de sus ropas, les dieron un baño antipiojos, recibieron un uniforme humillante, y les pusieron grilletes en los tobillos.

Los carceleros cumplían dos instrucciones: no violencia física y hacer respetar la ley y el orden.

Los voluntarios en el papel de carceleros, sufrieron el cambio más dramático de sus vidas. Ellos, elegidos por su temperamento dulce y equilibrado, descubrieron todos los demonios que llevaban dentro. Ante cualquier disgusto, imponían castigos degradantes e irracionales a los prisioneros. No comida, no hablar con los otros presos, no baño, no derecho al sueño, ejercicios intensos y restregar los sanitarios sin guantes.

Cada día, los del papel de carceleros fueron más autoritarios y despectivos. No importó que los prisioneros pidieran ayuda médica. Uno de ellos, con una crisis real de epilepsia, nunca fue atendido. Los carceleros, a lo largo del experimento, en ningún momento presentaron problemas para conciliar el sueño. Jamás se cuestionaron su papel.

Por su parte, los prisioneros cayeron en la depresión y el abatimiento y solo hablaban de las condiciones del presidio, como si no hubieran tenido ni fueran a tener una vida distinta. Se hicieron cada día más silenciosos y pasivos, más obedientes. Cuando el experimento tocó techo, los científicos decidieron interrumpirlo… Hubo protestas encrespadas por parte de los carceleros voluntarios. Querían seguir en su papel. Después de un tiempo, cuando miraron los videos de sus acciones cotidianas, ellos mismos, avergonzados, pidieron ayuda psicológica para liberarse del oscuro placer de autoritarios y torturadores.

Nada más claro: los humanos, inmersos en un grupo cualquiera, ganan en fuerza lo que pierden en inteligencia. Por eso el ajedrez es inteligencia. Porque es uno contra uno.

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