Sábado, 01 Octubre 2016 00:00 Regional Centro

En el barrio santa rosa se ubica un taller que evoca la época dorada de las artesanías

Segundo Pilco es capaz de fabricar hasta 100 trompos al día

El taller de Segundo Pilco es además una vitrina que sirve para apreciar a diario su trabajo manual.
El taller de Segundo Pilco es además una vitrina que sirve para apreciar a diario su trabajo manual. Foto: Elizabeth Maggi / para El Telégrafo

Las partidas se desarrollan en parques, plazas e instituciones educativas. Algunos docentes promueven el juego porque desarrolla la imaginación.

Elizabeth Maggi

Ismael Flores lanza por el aire el trompo de madera para hacerlo girar y recibirlo en la palma de su mano. Sin perder tiempo, lo envuelve con la piola y lo baja hasta el suelo. Es una pirueta sorprendente.

Satisfecho con su habilidad, este niño de 9 años agarra con su mano el juguete y observa fijamente a su amigo Klever. Es un reto y este tendrá que esforzarse para superarlo.

Esta escena es todavía cotidiana en la capital de Chimborazo. Niños y jóvenes se reúnen a a jugar con este objeto de madera de cerote que tiene una punta de metal. Practican en los patios de las escuelas o en las plazas y parques.

Los intentos por dominarlo generan retos y largas partidas para hacerlo ‘bailar’, ‘dormir’, ‘el puente’, ‘el columpio’ y ‘la silla’.

“Es emocionante cuando no se cae. Solo se necesita paciencia y mucha práctica. Me costó tiempo aprender los trucos, pero les he ganado muchas apuestas a mis amigos y cada vez soy mejor”, explica Ismael con una mueca de picardía.

En un mundo en el que la tecnología ha ganado espacio, parecería que el trompo no podría atraer a los chicos del siglo XXI. Sin embargo, profesores de instituciones públicas han trabajado para que este juego no desaparezca.

En las horas de cultura física los  docentes se encargan de enseñar a los alumnos. Para los profesores que superan los 50 años, estas tertulias les traen gratos recuerdos  de aquellos tiempos en los que el trompo prevalecía sobre cualquier otra diversión a la intemperie.

“Hace 30 años, cuando las calles no estaban llenas de carros, desplegábamos nuestro talento con alegría y seguridad. Incluso nos escapábamos para jugar. Por eso, queremos introducir esta diversión que ayuda a mantenerlos activos y a desarrollar su imaginación”, comenta Jorge Paredes, profesor de la escuela Amelia Gallegos.

Los historiadores no están seguros del origen del trompo, pero se le atribuye una antigüedad de 6 mil años. Los incas lo conocían en América del sur y en la Sierra centro se han encontrado restos arqueológicos similares al trompo actual en Chibuleo, en el cantón Ambato.

En Riobamba, los expertos en este juego saben que una pieza de calidad asegura victorias. Y un sitio para comprar piezas bien elaboradas es el barrio Santa Rosa, la cuna de obreros y artesanos.

En ese lugar se podía encontrar todo tipo de artesanías en 1940. Un trompo costaba un sucre y la piola 20 centavos. Un precio difícil de  pagar para los niños. Por eso, muchos chicos hacían trabajos para los artesanos y así obtenían el juguete con esfuerzo.

Con el tiempo, algunos migraron, otros fallecieron o se emplearon en haciendas e instituciones. Hoy, el artesano Segundo Pilco, de 75 años, mantiene viva esta tradición.
Abrió su negocio en 1975.  Sus maestros siempre se burlaban de su poca habilidad, pero Pilco no se desalentó y ahora es uno de los más apreciados fabricantes. “Empecé por capricho. Después le tomé gusto y lo hacía tan bien que luego los artesanos más antiguos me pedían los trompos para revenderlos”, dice Pilco.

El rechinido de las bisagras de las puertas de su casa avisa a sus vecinos que empezó la jornada. Usa un torno movido a pedal y una rueda o manubrio. En 15 minutos elabora un trompo. Puede hacer 100 al día. (I)

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