Lunes, 31 Octubre 2016 00:00 Editorial Cartón Piedra

Manual de instrucciones para hacerse grande: El mundo de Alba

Editoriales

Sobre Alba, ópera prima de Ana Cristina Barragán, se puede ensayar un primer detalle trascendente: no es para verla con unos nachos con queso. No solo porque la directora camina al filo de la intimidad. Hay en esta historia un ritmo que recuerda a filmes como Huesos, de Pedro Costa, o La ciénaga, de Lucrecia Martel, obras que requieren que el espectador enfrente con cierto respeto: está llena de planos largos que muestran a gente en silencio. Eso explica la cantidad mínima de diálogo que tiene esta ópera prima, premiada en distintos festivales a escala internacional: hablan los ojos, hablan los gestos, hablan los espacios, hablan los colores.

La película explora el turbulento paso de una niña de 11 años a la pubertad. Interpretada por Macarena Arias (una actriz que tardaron casi medio año en encontrar), Alba atraviesa un momento —ya de por sí difícil— en medio de coyunturas familiares que alcanzan para trastornar a cualquiera. Su madre está gravemente enferma y debe convivir con ese ser extraño que es su padre, Igor (Pablo Aguirre). Alba sigue siendo Alba, callada, mirona, una Igorcita que, como quien no quiere la cosa —y a decir verdad, no quiere— realiza algunas «abyecciones menores» (como las llama Daniela Alcívar Bellolio en la crítica que publicamos en este número) para encajar, aunque nunca termina de acoplarse, en realidad, a nada. Llena de texturas, la película funciona en varios niveles que toman forma alrededor del eje que la atraviesa: ese destino dramático, inevitable, que es crecer.

Recién estrenada en las salas de cine de todo el país, Alba aparece también para confirmar que otra generación ha irrumpido en el cine ecuatoriano. En la edición anterior de CartóNPiedra, nuestra colaboradora Vanessa Terán apuntaba un dato mayor alrededor de la figura de Barragán: «Pertenece a una generación de cineastas que han podido filmar sus primeras películas con relativa facilidad, gracias a una mayor apertura del Estado y del público». No es solo una cuestión de edad, es también de temas, preguntas y abordajes: ahora, al parecer, se está mirando más a —citando de nuevo a Daniela Alcívar— «modestas progresiones de destinos ordinarios», como sucede en otras películas recientes de cineastas que rondan los treinta años, como Saudade o Feriado.

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