Lunes, 19 Septiembre 2016 00:00 Cartón Piedra

Diálogo

Pablo Montoya, el hombre que mira el tiempo

Pablo Montoya, el hombre que mira el tiempo
Foto: Lylibeth Coloma / El Telégrafo
Fausto Rivera Yánez. Editor de Cultura

En el discurso de aceptación del premio Rómulo Gallegos 2015, el escritor Pablo Montoya (Barrancabermeja, 1963) recordó a Reinaldo Arenas. A través de la figura de «ese cubano alucinante que atravesó un mundo poblado de persecuciones», el autor de Tríptico de la infamia (Literatura Random House), obra con la que alcanzó uno de los máximos galardones literarios en el mundo hispanohablante, dijo que «desde tiempos antiguos el hombre ha puesto de manifiesto su sensación de desamparo ante el horizonte que el mundo y sus sociedades le han ofrecido».

«Nuestra condición es el desamparo», escribió Arenas, y Montoya interiorizó esa idea, esa afirmación encarnada en la piel de un hombre exiliado y vejado por el más rancio de los poderes, para escribir la novela ganadora, la cual narra, desde la mirada de tres pintores europeos (Jaques Le Moyne, François Dubois y Théodore de Bry), el horror y el encanto que experimentaron ante el encuentro entre Europa y América, en el siglo XVI.

«¿Por qué me he preocupado por tres pintores en cierta medida desconocidos? ¿Por qué en mis anteriores novelas he puesto como protagonistas a un poeta romano libertino, a un fotógrafo francés obsesionado por la desnudez humana y a un naturalista neogranadino extraviado en las guerras de Independencia?», se preguntaba en su discurso. «Porque creo que, como una antorcha que está siempre a punto de apagarse, el arte es una de las maneras que existen para dignificar al hombre en su capacidad de resistencia y la más paradigmática para mostrar su deterioro», se respondía.

Pablo Montoya, antes de ser galardonado con el Rómulo Gallegos y, hace dos semanas, con el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso (que reconoce la trayectoria de escritores de habla hispana), era un autor que pasaba desapercibido en la literatura latinoamericana, mas no en la colombiana. Solía ir de su casa a la universidad, donde es maestro de literatura francesa, regional y de su país; luego, del aula de clases a la biblioteca, de la biblioteca a su casa y de su casa a eventos académicos. El ritual se repetía todas las semanas, con esporádicos viajes que hacía por sus proyectos de escritura.

Ahora todo es diferente. No hay país ni encuentro literario al que no se lo invite, o medio de comunicación que no quiera hablar con él. «El asunto de la visibilidad es algo muy difícil de manejar», dice en el bar del Hotel Hilton Colón, donde se hospedó mientras participaba en la reciente edición de la Feria del Libro de Guayaquil.

De publicar originalmente en editoriales pequeñas y artesanales, pasó a ser parte de una de las empresas de mayor circulación en América Latina y España: Random House. Varias de sus obras ya han sido reeditadas por ese sello, como Adiós a los próceres y Terceto, el cual reúne tres libros (Viajeros, Trazos y Programa de mano).

La obra de Montoya, quien estudió música, tiene una fuerte relación con la pintura, los viajes, los sonidos y la reinvención de la historia. También ha experimentado y mezclado todos los géneros: cuento, ensayo, poesía, novela y crítica literaria. Empezó a escribir en el pequeño municipio colombiano de Tunja, y luego partió a París, donde llegó a tocar la flauta en las estaciones del Metro. Fue profesor invitado de La Sorbona y actualmente es maestro titular de Literatura en la Universidad de Antioquia.

Si a Pablo Montoya hubiera que definirlo física e intelectualmente, habría que leer la semblanza escrita en clave de prosa poética que hace de Edward Hopper, en Terceto: «Ese hombre mira la noche, mira los astros, ese hombre mira el tiempo, mira la nada, se mira a sí mismo desde la quietud y se mira partiendo. Ese hombre mira la historia diluida en el pasado, diluida en el futuro, diluyéndose ahora. Ese hombre, un trazo de tinta recostado sobre la ventana, mira un camino sin llegada. Flaco como una línea, sin cara, ese hombre soy yo».

¿Por qué la historia define su escritura?

Me preocupa mucho el pasado. En realidad, ahora que tengo edad para reflexionar sobre eso, pienso que el presente es demasiado fugitivo, el presente es nuestra vida, pero se nos escapa porque es muy rápido. Mientras que en el pasado, detrás de nosotros hay un montón de tiempo, ahí está la tradición de dónde venimos, de lo que somos. Y eso es lo que me ha interesado, indagar en todos esos personajes que nos anteceden o en algunos momentos cruciales de nuestra historia. Además porque pienso que el futuro es inasible, es algo improbable. Entonces lo que tenemos como seres humanos es pasado. Hay un vasto territorio que nos antecede.

¿Y por qué conjuga historia con arte?

Me interesa plasmar en mis libros la relación entre el artista y la sociedad, indagar en ese ser humano que se preocupa por la belleza, por cultivar su sensibilidad, por aprender, por interpretar el mundo de una manera cognitiva.

Lo que me gusta es ubicar a ese tipo de personajes en situaciones —digamos— conflictivas. Todas mis obras cuentan eso.

Cuentan eso desde el inicio de su carrera...

La sed del ojo, mi primera novela, cuenta la historia de un fotógrafo del segundo imperio en Francia que toma fotografías obscenas porque estaba persiguiendo la belleza del desnudo, pero al mismo tiempo estaba enfrentado a un medio social que lo persiguió, que lo metió a la cárcel. En mi otra novela, Lejos de Roma, se plantea la relación entre el poeta y el poderoso, el dictador. En Los derrotados está el intelectual, el hombre de conocimiento que se mete en la militancia revolucionaria, y cuento qué es lo que pasa cuando sucede ese encuentro.

En Tríptico de la infamia muestro la relación entre artista y sociedad. Cuento la historia de tres pintores que están buscando, de alguna manera, el camino hacia la belleza, y, de pronto, se les atraviesan esos terribles momentos de la historia, como son las guerras de la religión y la conquista de América.

Para su escritura no hay un soporte fijo, un género establecido...

Soy un escritor preocupado por cultivar los diferentes géneros literarios. La novela es el género más tardío de todos. Empecé escribiendo cuentos, luego me aventuré a un tipo de microficción poética, de poema en prosa, una escritura fragmentada. También ejerzo el género del ensayo, de la crítica literaria.

Cada libro tiene su proyección frente a un tema determinado. Muchos de mis textos, como Viajeros, son como una especie de cantera, porque a partir de ellos he escrito mis novelas. En Terceto, por ejemplo, hay un personaje que se llama Ovidio y ese es el personaje de mi novela Lejos de Roma, que no se consigue acá pero sí en Colombia. Es una de las novelas más bien recibidas, con Tríptico de la infamia.

¿Hasta qué punto hay fidelidad cuando aborda la historia?

Yo reinvento el pasado. No soy historiador y mi manera de aproximarme a la historia es literaria, no científica. Lo que sí hago son trabajos de lectura, de investigación, de rastreo del entorno. Mientras más me informo sobre el pasado, más libre me siento de poder reinventarlo.

En Tríptico de la infamia me documenté de todo ese siglo XVI, de todo ese telón de fondo histórico que hay ahí. La obra está construida, literariamente, sobre un montón de lecturas, de anotaciones, de visitas a archivos, de conversaciones con historiadores, de recorridos por las ciudades, pero el motor que mueve todo es la reinvención, la imaginación literaria.

Ese es mi faro. La luz no me la da la historia, me la da la poesía y la literatura.

La ficción ante todo...

Creo que la literatura cuando se ocupa de la historia —particularmente en América Latina— tiene varias posibilidades. Una es construir los relatos históricos respetando fielmente lo que supuestamente pasó, y ahí se hace una especie de trabajo arqueológico que a mí no me interesa. Hay gente que lo hace, que escribe novelas históricas y que te dice al final cuáles fueron las fuentes que consultó, qué libros leyó, como para decirte «esto que usted está leyendo es verdad». La literatura es eminentemente un campo ficcional, inclusive las novelas históricas son, sobre todo, novelas, y hay que leerlas desde esa perspectiva.

He tratado de cuestionar ciertas maneras de comprender nuestro pasado, sobre todo el de América Latina, y eso es justamente lo que intento hacer en Tríptico de la infamia: decir «bueno, ese encuentro que hubo entre los dos mundos fue un encuentro completamente traumático, violento», y lo narro a partir de la mirada de unos artistas, porque usualmente los escritores latinoamericanos, cuando se aproximan al siglo XVI y a ese encuentro entre América y Europa, están dándole la voz a los guerreros, a los misioneros, o idealizan un poco la voz de los vencidos, de los indígenas, de las víctimas.

Pero los artistas no necesariamente eran víctimas, tenían privilegios...

Mi novela está escrita desde el bando de los vencedores, pero los protagonistas no son vencedores. Ellos hacen parte del bando, pero también son vencidos. Las guerras de religión los violentaron, destruyeron su obra, mataron a su gente querida. Aquí no están hablando los indígenas, sino los europeos victimizados.

Me parecía importante darle ese giro a la historia para tratar de mermar, de cuestionar esa idea de que la conquista fue un momento épico, maravilloso. Fue un trauma muy fuerte para los americanos porque venimos de una herida, de una grave herida, y esa herida es que esta civilización se construyó sobre un crimen. Aquí llegaron los españoles, los europeos en general y acabaron con todos.

¿Y eso sigue sucediendo?

Ahora hay diferencias. Imagínate que la Iglesia católica, que durante mucho tiempo estuvo vinculada a los procesos de conquista, ya ha pedido perdón. El Papa pidió perdón en Bolivia a los indígenas, a los descendientes de los indígenas. En la Encíclica que escribió, dice que hay que escuchar las sabidurías ancestrales indígenas de América para aprender a cuidar nuestra casa en común, nuestro ambiente. Dice que hay que escucharlos a ellos. ¡Imagínate! El Papa diciendo eso en el siglo XXI.

¿Confía en ese tipo de gestos?

Pues yo creo que sí, porque la voz del Papa está basada en una serie de voces latinoamericanas, de voces del mundo africano, asiático, de voces religiosas o vinculadas a la religión que están muy cerca de los indígenas, y que se están dando cuenta de que la manera en que las comunidades nativas se enfrentan al mundo, a la naturaleza, es una de las más efectivas. Sí, yo creo que se ha dado un paso adelante.

Acabo de leer la Encíclica de Francisco y me quedé perplejo, siento que es un personaje que piensa como yo, en gran medida.

¿Qué es lo que más destacaría de la Encíclica?

Francisco está diciendo a los capitalistas «bájenle, bájenle el volumen, el secreto de la vida no es la productividad, ni la economía extractivista, ese modelo es completamente fallido, hay que mermarle la velocidad a todo eso y tenemos que pensar en la naturaleza y, sobre todo, en los menesterosos», que es un discurso que la Iglesia siempre ha manejado.

Lo que pasa es que esa Encíclica está muy permeada por la ideas, me parece, de la Teología de la Liberación. Hay un gran teólogo brasileño que se llama Leonardo Boff, y creo que es el ideólogo de esa Encíclica. Oigo la voz de Boff por todas partes cuando leo la Encíclica, sobre todo lo que tiene que ver con la ecología.

Así como se han dado esos cambios en los discursos de instituciones rígidas, en su país también se vive un momento crucial en términos históricos. ¿Cuál es su postura frente al plebiscito por la paz?

Apoyo ese plebiscito porque soy un pacifista incondicional. No acepto las guerras de ningún tipo, bajo ninguna justificación. Ojalá todos los ejércitos fueran eliminados, pero bueno, tú sabes que la economía del mundo está basada en la venta de armas, entonces eliminar la guerra es ¡puff! Heráclito decía que la guerra es la madre y el padre de la historia.

Esperemos que el posconflicto sea un período en el que además de ayudar a consolidar la paz entre el Estado y la guerrilla, merme otros factores de violencia que siguen permaneciendo. O sea, la paz definitiva no va a haber, porque aún existen las bandas criminales, el paramilitarismo o el narcotráfico. Esos problemas no se han resuelto y no se van a resolver con la paz. Este proceso de paz va a ayudar a que se despejen muchas cosas y, sobre todo, a que haya más dinero para invertir en sectores en los que antes no se invertía porque todo iba para la guerra. Desde que se hizo el cese bilateral del fuego no ha habido ningún muerto en Colombia entre el Estado y la guerrilla de las FARC.

Crecí toda mi vida oyendo muertos, muertos, muertos, muertos, de un bando y del otro, pero desde que firmaron el cese bilateral del fuego, no ha habido muertos. Y hay que considerar que este conflicto ha tenido más de 300 mil muertos, o 400 mil, esas cifras no se saben.

¿Y cuál es el deber, si existiera, de los escritores frente a este momento?

Creo que los escritores tenemos una tarea muy dura en este período, de mirar el horror, de nombrar esa violencia. La hemos nombrado pero todavía no sabemos en realidad qué pasó en esa guerra, cuántos muertos hubo; no sabemos dónde están las fosas comunes, cuántos desparecidos hay, dónde están. Colombia es un país terrible, infame. El caso de los falsos positivos es de las cosas más horribles que le pueden pasar a un país, y ahí están comprometidos Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe, como ministro de Defensa y presidente de ese entonces. Ellos son los máximos responsables. Todas esas cosas terribles que dejamos atrás, que ojalá dejemos atrás, tienen que narrarse o poetizarse, qué se yo. Creo que de ahí surgirá una gran literatura, sabes, porque la gran literatura surge de esos períodos turbulentos y la labor del escritor es esa: dar la cara, mirar y escribir.

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