Lunes, 31 Octubre 2016 00:00 Cartón Piedra

De las palabras a los hechos

Los 'cirujanos' del lenguaje

Los 'cirujanos' del lenguaje
María del Pilar Cobo, Correctora de textos y lexicógrafa

Hace unos años, corregí un libro que se publicó en una editorial pequeña y nueva de Ecuador. Cuando fui a la presentación, mi nombre no constaba en los créditos, ni siquiera había una huella que indicara que el libro fue corregido por alguien. Al comentarle esto al editor, que era bastante nuevo en esas lides, me preguntó: «¿Y eso se pone?».

En otra ocasión, investigaba acerca de los perfiles de correctores que requieren las editoriales ecuatorianas, y llamé a una para que me informaran sobre los correctores.

Luego de mucho tiempo en la línea, me comunicaron con el departamento de ventas, para que les comentara cuántos quería. Esta editorial también se dedica al negocio de útiles escolares y la secretaria pensó que lo que yo necesitaba era información sobre los correctores de tinta blanca. Obviamente, no contaban con correctores.

Para esa misma investigación, hablé con varios medios de comunicación. En uno me dijeron que no tenían correctores porque asumían que los periodistas escribían bien y era suficiente con el corrector del procesador de textos. Estas anécdotas son una muestra del poco valor que se da a la corrección en muchos ámbitos.

No solo pasa en Ecuador. Cuando asisto a congresos de corrección, es constante la queja acerca del ‘silenciamiento’ de la corrección en el campo editorial, pese a que nuestro trabajo es igual de importante y necesario que el de cualquiera de los participantes en el proceso de edición de un texto. Esta ‘invisibilidad’ se debe a varios aspectos, como la falta de una oferta formal de capacitación en el campo de la corrección (al menos en Ecuador), la suposición de que quienes escriben lo hacen bien, la falta de presupuesto, la arrogancia de ciertos editores y escritores, y el poco valor que las personas que corrigen dan a su trabajo.

En relación con la corrección de textos en Ecuador, propongo un ejercicio simple: visiten una librería, miren los libros ecuatorianos y constaten si en los créditos consta el nombre del corrector, o al menos la información que indique que el libro fue corregido. Seguramente notarán que en pocas ocasiones se señala el nombre del corrector, mientras que sí se menciona el del editor y del diseñador. Esto no quiere decir, necesariamente, que el texto no haya sido corregido; en algunas ocasiones, como la de la primera anécdota, se trata de lamentables omisiones. Sin embargo, esta omisión, tanto en el crédito como en el trabajo en sí, puede jugar en contra de la misma editorial, pues el hecho de que exista un corrector funciona como una garantía de que el texto ha sido revisado, de que se ha ‘limpiado’ para que el lector tenga una experiencia de lectura agradable.

La corrección de textos no solo consiste en revisar las erratas tipográficas y ortográficas. La persona que se dedica a la corrección se acerca al texto como un cirujano se acercaría al órgano que va a operar: con mucho cuidado, con respeto, con los materiales listos, con el conocimiento necesario. Corregir es ‘operar’ un texto, revisar que esté sano, que funcione correctamente, es eliminar lo que dificulta la lectura, organizar las oraciones, dar unidad gramatical y coherencia al texto. Por esto todas las editoriales, y las instituciones que producen textos, deben incluir la corrección en el proceso previo a la publicación.

Nunca está de más recordar la importancia de la corrección de textos en todos los espacios que producen material escrito. Y hay que recordar esta importancia sobre todo ahora que los correctores estamos de fiesta, pues el 27 de octubre fue nuestro día internacional y en noviembre celebraremos en Lima el IV Congreso Internacional de Corrección de Textos. Los ‘cirujanos del lenguaje’ seguimos operando y de pie.

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