Lunes, 14 Noviembre 2016 00:00 Cartón Piedra

Las claves de los archivos

Las claves de los archivos
María del Pilar Cobo, Correctora de textos y lexicógrafa

De vez en cuando, llegan a los museos muestras que cuentan sobre la vida de grandes escritores. En estas muestras suelen aparecer manuscritos, cartas, borradores, primeras ediciones, artículos y varios materiales de archivo que han sido recuperados por los curadores. Este material suele llamarnos la atención por su valor anecdótico, pues nos da información sobre el autor: con quién mantenía correspondencia, cómo era su letra, en qué soporte escribía, etc. Sin embargo, luego de la exposición, este material suele archivarse, vuelve a los cajones de donde fue sacado, o acaso se convierte en el tesoro de un coleccionista o de la familia. El archivo del escritor, que guarda una información importantísima sobre su obra, se convierte en objeto de colección o, lo que es peor, se ‘archiva’.

Solemos pensar que cuando un libro ha sido publicado todo lo que lo precedió ya no sirve. ¿Para qué conservar un manuscrito o un borrador si la obra ya ha sido editada? En el tiempo de la modernidad, lo arcaico se desecha, se reemplaza, se elimina. Van a la basura archivos completos de escritores porque pensamos que lo que realmente vale es el libro editado, encuadernado, publicado, que al fin y al cabo es una obra muerta, terminada, vacía, seriada. Los archivos de los escritores (no solo los literarios) nos cuentan sobre su historia y sobre la historia de lo que crean. La correspondencia, por ejemplo, es importante porque nos da una pauta acerca de las relaciones que el autor mantiene a lo largo de su historia, y no por una cuestión voyerista, sino porque en esas cartas también está su obra. En los temas que le interesan, en las personas con las que se comunica.

Los manuscritos también son importantes. En la época actual, el manuscrito ya no se refiere solo al material escrito a mano por el autor sino también a las obras originales, es decir, las que no han sido editadas aún. En relación con el material escrito a mano, suele darnos claves interesantísimas sobre los autores, por ejemplo, cómo era su letra, cuál era su manera de organizarse para escribir, qué tachaba y que conservaba en los textos, qué soporte prefería o si escribía en cualquier parte. Pueden encontrarse entre los archivos materiales insólitos como servilletas con esbozos de historias o poemas escritos detrás de un recibo. Todo este material pretextual, que solemos mirar como basura, guarda la huella del escritor y convierte la obra publicada en un ser viviente; nos da la clave sobre el proceso y también sobre la persona que está detrás de él.

Así como el material escrito a mano, los múltiples borradores que anteceden a una publicación son también una clave muy interesante, pues muchas veces la obra publicada no se corresponde con los borradores que la precedieron. Hay autores que escriben un texto y no se atreven a publicarlo porque no les gustó o piensan que no es el momento, pero toman partes de este para alimentar otros textos. En otras ocasiones, conocer aquello que no se difundió o darnos cuenta de que ha sido publicado parcialmente nos informa acerca de los momentos históricos que ha vivido el autor o de su contexto personal. Algunos no publican por la censura impuesta o por la autoimpuesta, pero el borrador está ahí para darnos las claves.

Sería interesante que todos tuviéramos la costumbre de cuidar nuestros archivos y los de nuestros antepasados. Archivar con conciencia no es llenarnos de basura, es guardar un legado, conservar las huellas de los autores, descubrir las claves de las obras, dar sentido a los textos publicados, es un acto de amor. Y, por supuesto, es un mayor acto de amor si compartimos esos archivos, si no los condenamos a que sean piezas de museo o nuestros tesoros personales.

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