Lunes, 17 Octubre 2016 00:00 Cartón Piedra

Diálogo

Jorge Eduardo Benavides: «Añoro la gran novela de Vargas Llosa sobre el fujimorismo»

Jorge Eduardo Benavides: «Añoro la gran novela de Vargas Llosa sobre el fujimorismo»
Foto: Daniel Molineros / El Telégrafo
Luis Fernando Fonseca, Periodista

Sentado en la biblioteca que dejó el crítico literario lojano Benjamín Carrión (1897-1979) en Quito, el escritor arequipeño Jorge Eduardo Benavides (Perú, 1964) suelta una frase imposible de olvidar a la hora de ir a una librería: «Hay lecturas que nos muestran cierta vocación de analfabetismo».

El ensayista y narrador dice —sin pesimismos— que la lectura siempre ha sido una actividad de las minorías y que los best sellers, como Cincuenta sombras de Grey (de E. L. James), no garantizan que luego sus lectores vayan a acceder a otros títulos de mayor calidad.

No todas las lecturas son buenas...

Vivimos con la creencia de que cualquier cosa que se lee lo convierte a uno en lector. Eso no es cierto. Hay lecturas que no te van a llevar a leer otras cosas mejores. Es decir, si un libro que lees es de mala calidad y consumo rápido, no vas a pasar de eso a pedir algo de Mijaíl Bulgákov al librero que te vendió lo primero.

Hay gente que va a la librería por una vez en su vida, como pasa en España (donde él reside), y compra un libro porque está de moda, porque un amigo se lo recomendó. Pero el gusto por leer es como el del paladar, se educa, y si el niño no lo hace, será un adulto que no sabrá comer ni leer.

¿Quién es más importante en esa educación del gusto lector, la academia o la crítica literaria?

La educación en el sentido de tener la fortuna de crecer en un entorno en el que se lee cotidianamente es mejor que todo. Eso va más allá de la pedagogía, ya que todos tuvimos un profesor a quien recordamos con cariño porque nos iluminó en algo y nos hizo lectores; pero también recordamos, de mala gana, a los profesores mata vocaciones que hicieron que detestemos para siempre la literatura. No hay una propedéutica de la literatura, pero sí del entorno, una guía providencial que incluso puede ser un amigo que te da a leer algo y, luego, cada uno va buscando su canon personal.

Ha dicho que en España hay quienes van a las librerías por recomendación de amigos, algo que sigue siendo excepcional en América Latina...

Los criterios con que se compara el índice de lectura español son europeos y, en eso, no estamos entre los puestos descollantes. Además, tenemos que diferenciar entre el libro que se vende y el que se lee. En las sociedades de consumo se pueden comprar muchos libros, pero no necesariamente leerse. Y si se leen no necesariamente se valorarán como buenos.

En España se venden muchos libros, se lee menos y, con criterio, poquísimo. No creo en esa idea elitista de que haya, per se, una buena y mala literatura desde el principio de los tiempos, pero hay una literatura que uno sabe que está hecha simplemente para atender a una moda, que es inmediata, y no es más que un producto de consumo. Eso lo saben editores, libreros y los escritores, incluso. Esa literatura casi nunca deja una huella ni hace que un lector se estimule para seguir leyendo otras cosas mejores.

Y en lo digital como soporte la calidad aún es menor que en el papel...

La gente muy joven cree que los de mi edad no sabemos mucho de tecnologías. No es así. Yo estoy fascinado, trabajé en una revista de análisis sobre tecnología y sabía del tema cuando otros no existían, mientras se utilizaba un mando a distancia para cambiar de canal. Los mayores conocemos esto desde que empezó, lo cual puede ser ventajoso.

Estamos a las puertas de lo que va a reconfigurar no solo nuestra forma de comunicarnos sino de entender la propia literatura. Estas discusiones tampoco son nuevas. La primera discusión tecnológica se dio entre Platón y Aristóteles respecto a si las palabras se las lleva o no el viento, aquella frase que ahora decimos en un sentido peyorativo. Pero la discusión de ellos era sobre cómo se iba a llevar a cabo el proceso de aprendizaje, por lo escrito, que era lo novedoso u oral, que llega a todos. Era una discusión sobre los soportes. Nosotros estamos teniendo una discusión similar incluso sobre lo que es real y lo que no. La virtualidad nos va a exigir replantearnos posiciones filosóficas sobre este tema.

¿Eso traerá mucha incertidumbre?

Por supuesto. Todas las nuevas tecnologías lo hacen. El problema consiste en que hay un negocio muy grande entre la tecnología y el usuario y si no hay un conocimiento del humanismo, la tecnología no sirve para nada. Es decir, si ahora tengo al alcance de la mano toda la literatura que quiera, la voluntad de leerla es clave.

La pregunta que debemos hacernos hoy es si entraremos o no en una especie de Edad Media con alta tecnología, en la que dejamos de sumar, caminar y, ante la pérdida de la privacidad, estamos expuestos a cualquier escarnio e infamia. El conocimiento está ahí pero debemos aprovecharlo. Ese es un problema más filosófico que tecnológico.

La tecnología es útil o no, depende de cómo se use, pero nunca es mala en sí misma: Si yo entro a Internet exclusivamente para ver pornografía y, luego, me paso a ver a un youtuber que tiene serios problemas en deletrear la palabra ‘gato’ en menos de quince minutos, el conocimiento no me va a llegar por mucho que tenga una Mac con el último sistema operativo y navegue en la infrarred. Hemos perdido una gran libertad que es tener acceso a todo al no demostrar la responsabilidad para administrarla.

Sus cuentos se inscriben en un realismo urbano y están ambientados en la Lima de los años ochenta. ¿Qué habría pasado en la literatura peruana si no hubiese existido la guerra del Gobierno de Fujimori contra Sendero Luminoso y la tragedia que eso significó?

Pues hubiéramos tenido otro tipo de literatura porque esos hechos marcaron muchísimo nuestra época. En los noventa me fui a vivir a España, pero viví en el Perú lo que era el terrorismo —que significó 50 o 60 mil muertos en diez años, algo terrible, una especie de guerra como la de Colombia pero superacelerada— y el primer y nefasto gobierno de Alan García (1985-1990), con su inflación a niveles astronómicos.

Si algo bueno se puede sacar de eso, dicho con todas las cautelas del caso, es que hubo una literatura rica, compleja y dolorosa que emergió, afloró de esa ciénaga de tristeza y podredumbre social.

Entonces, los escritores hicieron un verdadero ejercicio de introspección y de mirar a su sociedad de una manera distinta. Resultaba muy difícil escribir algo que se escapara de lo que ocurría, que no tuviera que ver con bombas, con Sendero..., con los paros armados, cortes de carreteras, asesinatos de policías o huelgas. Eso que respirábamos era parte de la situación para la gran mayoría de los escritores peruanos, como lo ha sido para los colombianos. Aunque también hubo una literatura de evasión, evidentemente, una que ni se me ocurre criticar. Pero había tanto dolor en ese tiempo que se produjo la literatura de la violencia que ahora es todo un subgénero.

La incursión de Mario Vargas Llosa en la política peruana inspiró una reflexión en el escritor mexicano Juan Villoro: «Solo una sociedad con bajos niveles de lectura puede aspirar a que un escritor sea presidente»...

Llevo una apuesta con un amigo en Arequipa: el día que no se le aparezca Vargas Llosa en una conversación, en una nota periodística, en algo... lo invitaré a cenar. Es imposible que eso ocurra porque en Perú fue una persona muy influyente, pero no tanto como escritor sino como intelectual que opinaba, una figura que no existe en otros países más allá de Hispanoamérica, porque en EE. UU. el escritor es el escritor. Cuando Norman Mailer opinaba era de vez en cuando. En España los escritores opinan, sí, pero no se les toma para el mundo de la política como francotiradores intelectuales. Vargas Llosa aglutinó la frustración que había en la sociedad respecto al gobierno de ese momento (inicios de los noventa), lo demás solo fue un alud. Él no pensó en ser candidato hasta que los partidos más conservadores se dieron cuenta del potencial que tenía en un escenario político desgastado y suspicaz con los candidatos habituales. Por eso, él mismo dice, en El pez en el agua, que llegó un momento a partir del que no avanzaría.

Todo esto ocurre porque no tenemos sociedades lo suficientemente maduras como para poder diferenciar intelectuales de políticos. Ahora, en el Perú quieren que el chef Gastón Acurio sea candidato, por ejemplo. Cada vez que tenemos a alguien más o menos influyente en el relato nacional, queremos que sea presidente. Eso demuestra que estamos huérfanos de una clase política.

¿Cómo recibió Cinco Esquinas, la última novela del Nobel Vargas Llosa?

Él sigue escribiendo pese a su ajetreada agenda, que lo saca de los límites de lo literario, y ahora cuenta un período de la vida peruana que es muy interesante, no obstante que yo hubiese querido una novela de más envergadura para albergar el tema de la corrupción del fujimorato.

Es una novela de la cual yo hubiese querido más páginas. Tengo la sensación de que narró una parte, muy bien contada, de un tema grande, con pericia, pero pudo abarcar más. Añoro la gran novela de Vargas Llosa sobre el fujimorismo.

¿Cuánto tiempo le tomó dejar de sentirse extranjero en Europa?

Me lo he preguntado muchas veces. Cuando uno se instala en otro país, tarda en llenar su cabeza con lo que le rodea. Toda mi vida literaria, prácticamente, la he hecho en España (antes de llegar allá solo tenía un pequeño libro de cuentos publicado en Perú). En ese sentido, soy un escritor español: mis editores eran de allá; pero mis temas siguen siendo peruanos.

Uno tarda mucho en llegar y situarse en el país que lo acoge, para mí eso supuso unos 6 o 7 años, olvidarte de que estás en un país en el que eres extranjero. Irse a España es como mudarse al lugar de los primos lejanos, con el mismo idioma y cultura, incluso algunos acentos. Sigo siendo peruano pero tengo una parte española porque llevo la mitad de mi vida ahí, sería absurdo no sentirme parte de donde me he formado, donde están mi trayectoria literaria, mis amigos y mi vida.

No creo que pase lo mismo si vives en un lugar con un idioma que no es el tuyo. Ahí siempre serás extranjero. Siempre tu inglés o francés será otro si naciste en Hispanoamérica. Hablarás palabras que no conoces o pronuncias mal y, para los escritores, eso es fundamental.

Hay toda una tradición de la novela histórica en América Latina, usted también situó una trama en las guerras de la Independencia...

En El Enigma del Convento hay dos escenarios: el precioso convento de Santa Catalina en Arequipa; y la corte de Fernando VII. Siempre he sido un lector de novelas históricas complejas, como Creación, de Gore Vidal o Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar. Esa tradición hace que a los escritores nos cueste mucho hacer una documentación para sostener relatos en este género, pero, sobre todo, el juego de ir contando una historia sobre cómo vivimos los latinoamericanos nuestra Independencia de España, que no es tan maniquea como nos la suelen contar.

Parece que los hispanoamericanos, un día, nos hubiéramos hartado de la invasión. Pero éramos todos españoles, llevamos trescientos años siéndolo y, de pronto, un grupo dijo: ‘Ya, pero somos unos españoles de más lejos’.

Fuimos una sociedad que se fragmentó, fue muy doloroso ese proceso y es lo que me interesó novelar.

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