Lunes, 26 Septiembre 2016 00:00 Cartón Piedra

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«Igualito al original»

«Igualito al original»
Hugo Avilés Espinoza (En conversación con Mario Suárez y José Miguel Cabrera)

Aquello de que la ficción supera la realidad se ha vuelto un lugar común. Y es que se trata de una paradoja contundente. Lo cierto es que ese es el leitmotiv para el argumento y montaje de Mucho Lote, los peldaños del poder. La puesta en escena es sostenida por un personaje que nace como un nexo ácidamente humorístico para hilar los fragmentos de una obra experimental. El personaje va ganando tal presencia que termina convirtiéndose en lo que motiva la opinión teatral en esta ocasión. La vida de muchas figuras públicas está signada por una historia triste, melancólica, sufriente que potencia las mayores o menores cualidades con las que haya llegado a su glorioso presente, porque alcanzar una meta sin denodados esfuerzos es, por decir lo menos, poco meritorio cuando no aburrido. Pero ¿cuándo es cierto? Quizá cuando el azar se junta con las oportunidades, las simpatías y las influencias, entonces se empieza a ascender los peldaños del poder.

La Mucho Lote fue una vendedora de buseta que un venturoso día, gracias a su voluptuosa figura de puro origen manabita —de donde también proviene su nombre— recibe la propuesta de postularse para ser una reina de belleza, y gana; luego, como incuestionable consecuencia de tan grande logro, es electa asambleísta, jerarquía de la que es prontamente despojada por cantar una emblemática canción patria al ritmo de reguetón, lo cual no la desanima, al contrario, le abre las puertas de un brillante futuro como exitosa tecnocumbiera, sitial en el que, por ahora, nos despide cantando y bailando juntos.

Tal es el argumento de Mucho Lote, los peldaños del poder, una trama que podría parecer banal de no ser por ese sentido de ilusoria realidad con la que todos en algún momento hemos pensado llegar a las altas esferas del poder político, matizada con un texto cuidado en el que la ironía y la sátira cumplen a cabalidad su función de género teatral, sin ofender, y fiel a un rasgo de su definición: «Aunque originalmente la sátira se utilizó para la diversión, su pretensión real no es el humor en sí mismo, sino un ataque a una realidad que desaprueba el autor, usando para este cometido el arma de la inteligencia»1.

¿Recomendada? Claro que sí. ¿Por qué? Porque si Guayaquil «prefiere» reír, entonces que sea con un humor inteligente, y esta obra lo despliega en varios de sus elementos.

El texto es uno de ellos. De prolija elaboración por parte de Mario Suárez (Piñas, 1976), las palabras reflejan con atino lo que al actor le interesa contar, y lo que personaje necesita decir; ergo, hay tal cuidado en el uso de la palabra escrita/hablada que se convierte en una fortaleza sobre la cual se apuntala el montaje.

No se trata de nada del otro mundo, pero trabajar con locuciones regionales suele caer en la tentación de la burla paródica, y este no es el caso de la obra. Muestra de ello es, por ejemplo, el uso del pretérito en su modo de hablar serrano: «Me han puesto a…», en lugar del «me pusieron a…», que es más formal, pero menos propio de la oralidad del personaje. Esta virtud del uso del lenguaje va un poco más allá del factor gramatical, y, en muchos momentos se instala desde el valor semántico de la palabra, por ejemplo, al decir (en aparte): «Cuando vengo a Guayaquil como cebiches… de la Rumiñahui, para no perder el acento». Entonces, los actos de habla de la pieza emergen de una dramaturgia de actor-personaje que no suma ni resta un vocablo más. La Mucho Lote habla desde el trance en que se sumerge cada vez que vuelve y se instala en la escena.

El personaje, interpretado por Mario Suárez, está construido desde lo corporal, preeminentemente, y si bien no es un cuerpo que danza, ejecuta una partitura de movimientos con la que configura una corporeidad coherente. Una premisa notable es «la altura» —su talla—, para corresponder a la intención ideológica de grande, arribista, aspiracional, o sea, por los peldaños del poder también se asciende desde la apariencia, y la figura de la Mucho Lote así lo dicta. Para lograr este propósito, se eleva en un par de zapatos de altísima plataforma, confeccionados por el actor («el personaje empieza cuando me pongo los zapatos», ha dicho Suárez), que, al mismo tiempo que lo elevan veinte centímetros, se asemejan a unos modernos coturnos como los que usaban los farsantes del teatro griego. Eso, sumado a un fantástico aditamento de prótesis de glúteos y pechos, más cuatro pelucas y un tocado, nos entrega el personaje que la pieza exige: una mujer enorme, no como si se le hubiera ido la mano en las cirugías, sino alta y voluptuosa, lo que asombra al que la ve y afirma su dominio del escenario. Todo esto, a favor de la interpretación, demanda un alto manejo de la energía que Suárez ha aprendido a dosificar sin mermar la fuerza del personaje, sino recuperándola en las canciones que hilvanan los cuatro momentos temáticos en los que el actor canta con una voz de contralto, descansada y melodiosa.

La escenografía bien podría categorizarse en una estética «chola kitsch» compuesta por un letrerito ‘pseudo broadwayno’, que se erige en la cabecera de un telón de papel plateado, y flanqueado por otros dos telones rojos que, a todas luces, intentan trasladarnos a una histriónica pomposidad, digna de un night club de medio pelo. De este escenario se sirve el personaje para favorecer sus rápidas transformaciones, que ocurren en un vestuario único sobre el que operan varios elementos que caracterizan cada uno de los actos.

La banda sonora es igual de prolija. Editada para integrarse con el audio —que es, en general, el de un micrófono abierto—, está ecualizado para no distorsionar la variación de decibeles entre la voz del personaje y las pistas pregrabadas.

Se sugiere, eso sí, revisar un par de transiciones para el cambio de look de la Mucho Lote entre cada acto. En esos momentos, el ritmo de la obra podría verse afectado por los silencios —a veces tan extendidos que resultan incómodos—. Nada que una exploración creativa no pueda solucionar.

Mucho Lote, los peldaños del poder nos traduce: es una expresión de lo que somos, en la que las contradicciones son parte de la cotidianidad, y esto lo descubre la tecnocumbiera: «Mi mánager —que también es mi marido— ha emprendido una campaña para que los albañiles piropeen a las chicas que pasan, porque es una costumbre que se está perdiendo». Entonces todo encaja en la tesis de «ser una imitación del original», desde la cual el director Jorge Parra ha juntado todas las piezas de un rompecabezas al que más de uno intentará clasificar. ¿Es cabaret político? ¿Es un unipersonal de drag queen? ¿Importa tipificarlo? Salga de sus dudas, y váyasela a ver. Ahora se presenta los sábados en El Altillo, Café Cultural (Esmeraldas y 9 de Octubre), donde una breve escalerita los llevará a un confortable lugar que, a lo mejor, comienza a ser su ascenso por «los peldaños del poder».

Notas

  1. https://www.britannica.com/art/satire

 

 

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Lunes, 26 Septiembre 2016 11:40

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